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Un triste bolero
Pedro Biedma. 24.12.17 
El salón se encontraba repleto de bellas mujeres luciendo sus mejores galas, todas deseosas de que el príncipe de sus sueños apareciese y la rescatase del grupo de las ignoradas y fueran premiadas con un baile en el centro de la pista. De repente hizo su aparición el mejor de los galanes, el que las derrite con una sola mirada, un sueño imposible para la mayoría de ellas, se trataba, como no, de D.Tenorio (no podía llamarse de otra manera). Con su impecable frac, gomina en cantidad para marcar sus negros cabellos, bigote aturdidor igual que el de Errol Flynn y un caminar elegante como ningún otro, sin pensarlo anduvo hacia donde se encontraba ella, situada de espaldas. El agarró su hombro descubierto para que le prestara atención, sus miradas se cruzaron durante eternos segundos y sin mediar palabra alguna, se cogieron de la mano y la cintura y comenzaron a bailar, no les hizo falta hablar, sus ojos lo dijeron todo, sonaba un antiguo y triste bolero.
El lugar se convirtió repentinamente, en una pequeña caja de música antigua, donde ellos eran los protagonistas. La música de la caja cesó y ambos se despidieron hasta el próximo domingo, en el mismo lugar, ese día ella no esperaría junto al grupo de las ignoradas, ese día, Rosa, realizaría su entrada orgullosa y sonriente, acompañada de su galán, sabedora de ser la envidia del resto de señoritas.

A partir de ese domingo, la cita semanal se fue acortando paulatinamente hasta quedar en una cita diaria, donde el baile ya no servía de excusa para coincidir, cada día sumaban más minutos al tiempo que permanecían juntos, así hasta convertirse oficialmente en lo que todo el pueblo entendía como un noviazgo en condiciones. Vivieron un verano único, inolvidable, llenos de momentos de amor y de pasión, hasta que un día de primeros de otoño un hecho inesperado los iba a separar. Tenorio recibió una carta comunicándole que, por motivo de una de las costumbres más horribles adquiridas por el ser humano, la guerra, debía de abandonar su pueblo y unirse al resto de compatriotas para defender con su sangre, los intereses de su país.
En la última noche que pasaron juntos, las palabras apenas hicieron acto de presencia, esa noche el baile, la pasión y la tristeza acapararon todo el protagonismo. A la mañana siguiente y entre un mar de lágrimas, se despidieron prometiéndose amor eterno.
Tenorio subió al autobús que le alejaba de su pueblo, de su madre y de su amada Rosa. Marchó al encuentro de una guerra sin sentido, da igual el nombre de la misma, una estúpida guerra más, al fin y al cabo en todas, sólo hay perdedores y nunca existe un vencedor.
Transcurrieron los meses y las noticias y mensajes de amor que, en forma de carta, iban y venían con asiduidad, quedaron reducidas poco a poco a preguntas enviadas desde el frente y que nunca obtuvieron respuestas por parte de su amada Rosa.
Un día triste y lluvioso, un autobús procedente de la capital, realizó una breve parada en el pueblo, de él bajaron dos hombres de avanzada edad y tras una larga pausa, como si tuviese miedo a ser reconocido por alguien, descendió con parsimonia un Tenorio que en nada se parecía al que subió, hacía algo más de tres años, ya no tenía ese aspecto de galán irresistible, ni frac, ni gomina en el pelo, la muerte de su madre, las atrocidades vividas en la guerra, la herida por la que perdió un brazo y sobre todo el dolor sufrido por su corazón tras el olvido repentino hacia él,  por parte de su amada Rosa,  lo habían transformado en otro hombre.
No le esperaba nadie, aunque el aún albergaba la esperanza de que por algún motivo desconocido, Rosa no le hubiese respondido y siguiera esperando su llegada para poder explicárselo, pero no, la realidad no era esa. y no tardó en conocerla, bastó con una simple visita al bar del pueblo. Rosa se había casado con D. Antonio, un señor bastante mayor que ella y el más acaudalado de la zona, el hambre y las penurias traídas por la guerra seguramente habrían ayudado a que tomase esa decisión, comenzando una nueva vida, quizás sin tanto amor, pero donde reinaba la estabilidad para ella y para su pequeño hijo, un hijo de aproximadamente tres años y del que Tenorio no tuvo conocimiento de su existencia hasta aquel momento.
Quedó abatido, esa noticia le causó más dolor que la metralla recibida en el frente y por la que perdió su brazo. El niño se llamaba Antonio, tenía los cabellos negro azabache y los ojos color miel, igual que Tenorio, todos en el pueblo conocían la verdadera identidad del padre del pequeño, incluido D. Antonio, quién le ofreció sus apellidos, pero todos callaban la verdad. Tenorio tomo varias copas de vino antes de marcharse a su casa, donde ya no le esperaba nadie, sólo el reencuentro con su vieja colección de discos de boleros y sus recuerdos.
Unos días después mientras Tenorio estaba sentado en un banco de la plaza, pasaron junto a él tres personas, Rosa le miró y tímidamente desvió la mirada centrándose en colocar bien la camisa de su pequeño, los dos hombres, en cambio, clavaron sus ojos uno en el otro, como desafiándose, hasta que D. Antonio sonrío irónicamente y besó la mejilla de su mujer en señal de victoria, el pequeño se paró un momento y observó con tristeza a Tenorio, esta vez fue él quién avergonzado bajó su mirada y quiso ser tragado por la tierra. El niño preguntó a D. Antonio, "!papá¡, ¿quién es ese señor?", D. Antonio le respondió con brevedad y en voz alta, "un fracasado, hijo, sólo un es fracasado", al oír estas palabras un sentimiento mezclado de rabia e impotencia se apoderaron de él y corrió a refugiarse en el único lugar que le ayudaba a olvidarse de todo, aunque fuese sólo por un momento, el bar. Allí pasaba cada vez más horas y horas, intentando ahogar sus recuerdos en el alcohol, cuando su cuerpo le hacía señales de estar saciado caminaba tambaleante rumbo a su cárcel privada, se tumbaba en la fría cama hasta caer derrotado por el sueño, siempre con la música de fondo de un triste bolero.
El tiempo pasó y doce años después aún seguían coincidiendo los cuatro de vez en cuando, aunque ya no se sucedían  miradas esquivas ni desafiantes por parte de los adultos, ya sólo existía una sonrisa llena de cariño y complicidad entre el pequeño y Tenorio, un Tenorio cada vez más demacrado, derrotado y dominado por el poder maligno del alcohol.
Una tarde, ebrio como ya era costumbre, Tenorio tomó un arma que guardaba en el cajón de su mesilla y escuchando su canción preferida, decidió tomar camino hacia una de las cuatro puertas, que según dice la canción, son las que siempre tienen abiertas las personas como él. Cuando se encontraba a punto de apretar el gatillo de la pistola que apoyaba en su sien, sonó la puerta de su casa, no esperaba a nadie, ¿quién podía ser?, escondió el arma y tembloroso abrió la puerta, no podía imaginar quién era el visitante, se frotó los ojos para asegurarse que no era producto de su embriaguez, frente a él se presentó, el ya no tan pequeño Antonio, que le miró y sin mediar palabra se abrazó a él y le beso repetidas veces, Tenorio con lágrimas en los ojos y sin poder articular palabra alguna, le correspondió. Antonio entró y se sentó a los pies de la sucia cama, le pidió a Tenorio que le acompañase y le relató que desde el primer día que lo vio entendió que él era su verdadero padre y que, aunque a su madre, lo que le importaba realmente era el dinero, a él no, su corazón sin saber muy bien porqué le enviaba señales de que debía estar unido junto al suyo por encima de todas las cosas, después le pidió dos favores, el primero que lo esperase a cumplir la mayoría de edad para recuperar su verdadero apellido y abandonar su hogar e irse a vivir con él y el segundo que dejase la bebida, a él le habían contado que en el pueblo existió un antiguo galán llamado D. Tenorio y ese Tenorio debía de regresar para ayudarle a convertirse en el galán D. Antonio.
Tenorio abrazándolo fuertemente como si no lo quisiera dejar escapar, le prometió que lo cumpliría. Antes de salir y despedirse con otro cariñoso beso le comentó “por favor quita esa triste canción papá”. Antonio corrió hacia su casa y un nuevo Tenorio quedó llorando y riendo a la vez, sentado en los pies de su cama, al instante se levantó, tiro las botellas de vino que tenía, guardó la pistola en un lugar seguro y con rabia hizo mil pedazos ese disco de boleros, a partir de ese día sólo se dedicó a esperar y esperar hasta que pasado unos años Antonio volvió a pegar, y le recibió un galán con su impecable frac, gomina en cantidad para marcar sus negros cabellos, bigote aturdidor igual que el de Errol Flynn y un caminar elegante como ningún otro, y le dijo “adelante hijo, hoy comienza tu primera clase”. Esta vez no hubo despedida.

Una historia que pone de manifiesto el amor inmenso entre un padre y un hijo

Pedro Biedma 

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