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Crónica del olvido
Nostalgia de los trompos de noviembre
Cuentos y relatos globales. 05.11.17 
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez
"Trompo de siete colores,
sobre el patio de la escuela
donde la tarde esparcía
sonrisas de madreselvas,
donde crecían alegres
cogollos de yerbabuena,
trompo de siete colores,
mi corazón te recuerda."…

Autor; Alejandro Galaz.

Camilo, mi hijo, acaba de cumplir seis años de edad cuando le regalé su primer trompo de palo. Recuerdo me preguntó si era armado y de cuerda. Es un trompo de madera, puro guayacán, le respondí, dejándolo con la inquietud y para que fuese la prueba a que lo sometiera la que a sus inquietudes respondiera.

Era noviembre, por costumbre, el mes del trompo en mi infancia y en mi pueblo natal. Y traigo esto a cotejo porque ayer entré a una cacharrería del centro de la ciudad y en esta vi una caja de cartón llena de ellos pero hechos de pasta. Pensaba que los recordados artilugios poseedores de la felicidad infantil otrora, habían desparecido para siempre y que encontrar uno como los que yo usara de niño, sería pieza de museo... igual imaginé resultaría también casi imposible encontrar en estos tiempos a un grupo de niños jugando con ellos en las arenosas calles de los pueblos o en los frescos y sombreados patios de las casas de ayer...

De la caja en mención saqué un trompo, era totalmente de color rojo espanto. Lo miré sin conmoverme; le faltaba la perfección de su cuerpo torneado y el olor a madera fresca... Y entonces me acordé de Camilo quien por lo menos gozó de uno de aquellos... y con el de pasta en las manos, de nuevo en mi mente sus preguntas inocentes: ¿Papi, es armable? ¿Es de cuerda?...Y mi respuesta simple pero verdadera: "No, hijo; es de madera, puro guayacán".

Quienes en los días de noviembre, hecho de palo, tuvimos un trompo vivo bailando sedita en la palma de la mano, sabemos de la admiración que por siempre le profesáramos a este juguete que nuestro padre nos diera o hiciera por vez primera, convirtiendo sin espera su juego en esa especie de alegría inacabable con la cual, en mi infancia, hasta dormía con uno de ellos guardado dentro del bolsillo de mi pantaloncito cortico y soñaba que en el umbral de la puerta de la escuela, en lance inderrotable contra otros, era un niño que no quería crecer...

Tenían los trompos de palo de mi infancia, las marcas y muescas de la gruesas y callosas manos de quienes a punta de machete los hacían...y poseían todos la colorida y concebida emoción de que en esa etapa de la vida sus dueños estábamos vivos en todo momento, en cada instante...Fue esa la impresión que quise despertar aquella vez en mi hijo Camilo cuando fue niño, haciéndole descubrir, como cosa seductora y mágica y del otro mundo, que la felicidad, a veces y según con los ojos con que la miremos, puede estar contenida toda en la fascinación y la sencillez de un trompo de palo, a lo mejor imaginado y pensado por la nobleza de alguien bajo la sombra acogedora del mismo árbol que por dentro, de la manera más exótica, lo contenía...

Ya no hay trompos sobrevivientes de la carpintería nacional. Los desarmables, los de cuerda y bailados a control remoto, en una desmedida invasión de libre comercio, quitaron a los primeros el encanto de sus giros inacabables y, en mí, de paso, solo son hoy el recuerdo remoto de mis voladores de septiembre y de mis zancos de octubres lluviosos... y entonces me siento extraño o, mejor, extranjero en mi tierra...Y así también, sin cómo volver a los tiempos de mis trompos de noviembre, tampoco poder retornar al de los palitroques de los palitos de bombón sacados del pequeño arrume con otro de ellos,  y al de a mi tren de laticas de sardinas amarradas unas detrás de las otras... y al de los yo-yo de Coca Cola y a las bolitas de uñita que tenían el ojo de un gato metido adentro...

Con manos grandes y callosas, los trompos de mi infancia en noviembre y en el pueblo, los hacían Julián Macoca, Josecito y Simanca, los carpinteros de siempre y también quienes, sin ser serlo, enternecidos porque alguna vez también fueron niños, sobreviviendo en sus hijos, como yo en mi hijo Camilo, ahora pedimos y añoramos plazas areneras para lanzar siquiera uno en las calles de un mundo más humano y menos virtual...

No he conocido hasta hoy juego más perfecto que el del trompo, tal vez por su sencillez, y porque intuyo en él que los niños de ayer nunca entendimos el aburrimiento navegando en un mundo donde asociados, veíamos en su danzar algo así como un juguete con alma propia, inspirada en el mismo soplo de vida que Dios diera a Adán cuando este no era más que un fresco muñeco de barro en sus manos y acabado de hacer...Y tal vez asimismo porque era el juego del éxtasis en la diversión de pillarnos el número de vueltas que con su fuerza de huracán originaba un alegre bullicio de niños más niños que nunca...

En verdad que la experiencia inolvidable de quienes alguna vez, como en mi caso, de niños, bailamos un trompo de palo y lo cogimos en la uña afirmados en el primor de sus siete colores, y vimos en la mirada de nuestros hijos el brillo de la fantasía al hacer lo mismo, fundamento y base tenemos para preguntarnos hoy qué se hicieron aquellos padres con sus cuentos del gallón capón y de nunca acabar; qué se hicieron aquellos padres con sus cuentos de Tío Conejo y Tía Zorra; qué se hicieron aquellos padres con sus adivinanzas de respuestas a plazos... Busco en el libro de la vida de hoy estas cosas y veo que ya no están, como no está tampoco la nobleza de los trompos hechos de palo con olor a madera fresca, y en cambio sí están los concebidos en la inercia de los fabricados en pasta, traídos de la China y de contrabando, tirados en una caja de cartón muriendo en una triste ausencia de niños y de juego... y sin quienes por tanto, al mágico artilugio bailador sobre el que giraba el tiempo y ahora desempolvo la memoria, esto diga:
***
Trompo de siete colores,
sobre el patio de la escuela
donde la tarde esparcía
sonrisas de madreselvas,
donde crecían alegres
cogollos de yerbabuena,
trompo de siete colores,
mi corazón te recuerda...

Walter E. Pimienta Jiménez

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