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MEMORIA
A los  seis años  del  fallecimiento  de  mi  madre, un 25 de octubre
Las gallinas de mi mamá, mueren de pie

Cuentos y relatos globales. 29.10.17 
*“Vida pa’ que no te acabaras... ¡Carajo!", como dijo Diomedes.
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez
- Atala, ándate o no  te  queda  una sola viva. Llévatelas  enseguida para  Barranquilla y véndelas  si es que alcanzan a llegar  vivas. Hay  peste  de  gallinas  en el  barrio y ya  las de Arcelia, la vecina, cayeron.
Así le dijo  mi  papá a mi mamá ese día, al  regresar  de la  casa  de  mi abuela  Cristina trayendo  la mañanera  noticia del desastre que diezmaba a los  gallineros  del  pueblo.
- Tendrás que acompañarme, hijo. No vayas hoy a la escuela. Son muchas y necesito ayuda. Confiemos en Dios y que  con su misericordia  pueda  venderlas- me dijo ella con voz de larga  preocupación. Serían  como las siete de  la mañana de un  marzo y  yo  tendría unos escasos  ocho o nueve años de edad cuando aquello.
Sin brote de esquizofrenia, corriendo detrás de ellas, las gordas gallinas se dejaron coger una por  una; las amarramos por  las  patas  con unos  ataderos  y atravesando los amarres con un palo, dispusimos el  viaje en el único  bus  que para entonces  había en el pueblo. Nos preocupaba que murieran en el camino.

- Vigilen que esas gallinas no se les mueran antes de llegar a Barranquilla; no quiero llevar animales  muertos en el  bus- nos advirtió Napoleón, el cobrador de los pasajes.
- Son inmortales- le contestó  mi  madre.
- ¿Inmortales?  Las de mi mamá no le amanecieron vivas. La peste se las llevó  todas- contestó él, con voz de desánimo y burla.
- Verás que sí las vendo- le ripostó  mi  mamá.
- Ojalá y  se salve siquiera uno de los que se las  coma-  auguró burlón y bromista Napoleón contando  billetes y regresando vueltos de la paga a los demás  pasajeros.
Abriéndose paso por  la  sinuosa y tortuosa Carretera del Algodón, procedente de  Juan de Acosta, el  bus que manejaba Marcial Cantillo (“Vacaloca”), llegó a Barranquilla y con las aves de corral cargadas en andas, nos bajamos  de éste en la carrera 38 con calle 72,  más exactamente en el  conocido  y  emblemático tanque del barrio  Las Delicias. Ya en tierra,  mi  mamá, en sus  mejores días de “comercianta”, con un “apúrate que todavía están vivas”, emprendió conmigo la apremiante  venta sin reconocer a primera  vista cuáles gallinas eran las  más delicadas.
A las  quince  gallinas, poco a poco,  se les acababa el  mundo,  y  como las llevábamos boca abajo, botaban agua por  el pico. La  más  vieja, de plumaje  negro, con cara de  gallina abuela, cerraba y abría los  ojos como  si  tuviera  sueño. Yo  oía  que  mi mamá  rezaba con una angustia queda… Y de  pronto,  he aquí  que sin pregonarlas,  diciéndole al  comprador que eran criollas y  de  pueblo, alimentas  con millo  y  maíz, vendimos  la primera a un tipo que  tenía  cara de  yugoslavo. Alegre,   quise recitar  de  memoria  un pregón de  venta que me  había  inventado, pero  me daba  pena.
Llevada  por  el entusiasmo de  la primera  venta que  persignándose  hizo  en nombre de  Dios y sin  saber  si éramos  infractores  de  la sanidad, en una bonita casa quinta  del mismo  sector,  sin reparos nos  compraron tres .
- Miré, señora,  qué  lindas… estaban estudiando  pa’ pavas. Ya  iban  por el  quinto semestre en la universidad  de  Juan de Acosya- dijo  mi  madre entre  sonrisas  a la satisfecha y  contenta  compradora.
Once  gallinas nos  sobrevivían sin saber,  ni ellas  ni  nosotros, en  qué  momento, ya no en el  gallinero de  la  casa sino en las desconocidas  calles de  Barranquilla, como gallinas en patio ajeno, morirían.
- De que  las  vendo,  las vendo, así me toque  ir a Cartagena- se dijo mi mamá dándose  vida  ella misma y de paso   a sus casi  agonizantes  emplumadas.
Llevando la  incertidumbre de una catástrofe avícola cargada en los hombros, repentinamente fuimos interceptados por un grupo de señoras  que salieron de la Iglesia  de  San  Francisco vestidas de oscuridad y  con unas  medallas del  sagrado  Corazón colgándoles del  cuello,  Estas, con vos  de salvación nos llamaron y  compraron tres más,  diciendo  que  le  ofrecerían el sábado un suculento sancocho reparador  al  padre Gabriel quien al parecer,  por lo  que escuché y por  achaques de salud que  padecía,  ya era  un  caso  perdido… pero quién  sabe...Ahora  nos  quedaban  ocho.
Al  paso,  porque  la misericordia  de  Dios funcionaba y no nos abandonaba,  un señor de sandalias,  compró  dos. Decía  que eran para  una amiga con la  que  bailaba vals en los espectáculos  culturales  que  en esos  años presentaban  en el  Teatro Metro. Estaba a la moda el señor.  Lucía poblado bigote silvestre, de cabellos  canos alborotados, de  pantalón a rayas  con cargadores y  una camisa  de  color  equivocado. Parecía  un  tipo  de  dinero porque  ni  rebaja  nos pidió en el  negocio.
Por sed; queríamos agua, y  por descansar  un momento  y  por un cumplido  infaltable, con las seis gallinas  restantes, llegamos  donde mi  tía  Julia, hermana de  mi  mamá, quien vivía en el mismo sector. Aquello fue el  alborozo de dos  hermanas que hacía rato  no  se  veían;  fuimos  recibidos con halagos y refrescos  y entre ellas se conversaba ahora de lo apremiante que era vender cuanto antes las  gallinas que  faltaban. Era determinante  que éstas, si en  verdad  tenían peste o no, murieran en manos de sus  compradores antes  que en las  nuestras. A mí,  aquello no me parecía muy  noble, pero no  tenía ni  voz  ni  voto para considerar algo en contra…
Coloqué  las   seis gallinas aún amarradas en  el piso del patio de la  casa de  mi tía. La negra estaba  triste… lo  confieso  ahora… qué  triste es ver a una gallina  triste… A la  blanca jabada, la  cresta se  le  había puesto  algo negra. El  resto  respiraba  con dificultad y se les había  amorsillado un poco el cuello,  no paraban de echar  agua  por  el pico y  me parecía que  pataleaban arrepentidas de  no haber  muerto antes en las garras de  un gavilán en lugar de ser llevadas en forma colectiva  por  la sombra  de una inconfirmada peste. Pretendí decirle  a mi  mamá  que les diera  suero; el  suero, oía decir en ese tiempo, servía  para  todo; pero  dándome  ánimo sacado  no sé de dónde, me dije: Las gallinas de mi mamá, mueren de pie…
La ciudad, en sí misma, ignoraba que  mi  mamá y  yo, por sus  calles  vendíamos  gallinas quizá enfermas o quizá no; pero ella,  tranquila  y  como  si  nada, sin tiempo  que perder, por  insinuación de  mi  tía Julia, conmigo  se dirigía a la  Clínica de la Asunción donde  se sabía  que con  caldos  de   paloma y  de gallina  de pueblo, los enfermos se recuperaban y  entre  susurros  de   moribundos pedían  más sopa recuperando enseguida  la palabra perdida y  salían  a  los jardines  de aquel centro médico a ver  el cielo en medio  de una primavera de aire  renovado y  flores de siempre estar. Hasta  allí, consideré que haríamos   bien  a los pacientes si por  su salud vendíamos algunas gallinas  a las religiosas que  dirigían la institución…, ¿pero  qué  tal  si  éstas,  en efecto,  tenían peste?
La verdad, con aire  ausente y algo  preocupado, acompañaba a mi mamá a la clínica pensando  en que si  uno  está  enfermo, lógico es muera  por  causa misma de la enfermedad que se  padezca; de pronto hasta por efectos  del  clima o, incluso, por  haber  cogido  una rabia muda; pero  nunca  por  haberse  comido un suculento sancocho  de  gallina criolla  de la que inocentemente nadie sabía  estubiera apestada.
Di un último  vistazo a las gallinas creyendo  que  ya  estaban muertas, pero no.  Parecía más  bien   que  tenían asma averiguando  dónde  había  aire. Les queda  poco  tiempo, estimé. El  caso fue  que, entre  dos extremos,  la  vida  y  la muerte, la Madre  Religiosa  Sor  Lucía, española ella por  su tono de  voz,  al  ver  las  gallinas enloqueció de entusiasmo y,  lejos  de sospechar  cualquier  cosa, las  compró  todas confiada  en la  gordura y  en el  concejo  de  mi madre  al decirle:
- Dan  un  sancho que revive  a un muerto y  son  de  carne  blandita, de poco  fuego. Las vendo  porque  no  tienen gallo  y  pueden morir aburridas   de soledad.
Sin más indicaciones, sor Lucía  pagó  las  gallinas y franca y  simpática, con alma de santa, hasta  nos  dio  las  gracias por  tan oportuna llegada a donde   éstas se requerían con urgencia.
Acción seguida, mi  mamá me dio  una mirada que  traducida  en el lenguaje de la prevención materna y sin correa en la mano quería decir: “quédate  cayado” aunque  mi  rostro  expresara  otra cosa… Y  saliendo  de allí apresurados, con otro… “apúrate que nos van a coger presos. Vayámonos  para  Juan de  Acosta  en el  primer  carro  que  pase”, sin que ella  tuviera  presente  la posible  gravedad  de  los hechos, vendió  sus  quince  gallinas sin ser depositaria, hasta ese momento, de  ninguna presunta muerte.
¿De  qué hablará  esta  crónica a continuación?... Se  preguntarán ustedes; pues de  mi   profunda  intranquilidad  al  día  siguiente, y, en consecuencia, al mediodía, luego  de  regresar  de  la escuela, intrigado y moviendo  para  uno  y  otro  lado  el dial, comencé a buscar   en  un  radio Philips  que  teníamos  la  segunda  emisión del  noticiero Forero  Sanmiguel Informa.
- ¿Qué  tienes? ¿Por  qué estas así? ¿Te  fue  mal  en la escuela?... Habla- me inquirió.
Su  exigencia  me  hizo recordar lo  del  día anterior y siendo  así,  con  voz  de asustado y lloroso, le  dije:
- Es  que estoy  buscando  la  noticia en que digan  que los enfermos de la  clínica  donde vendimos las  gallinas,  por  culpa de  nosotros, se murieron  todos…Acuérdate  que  Napoleón, el de  Arcelia,  nos  dijo que  ojalá y  se salve siquiera uno de los que se las  coman.
Como entenderán, ni lleguen  ustedes  a imaginar  siquiera que lo de mi   viaje a Barranquilla ese día,  para ayudar a mi  madre a vender sus gallinas pecadoras por ser gordas,  fue un cándido y delicioso paseo porque  cuando  dije  lo anterior, larga  y  diligente y  como  para acabar  ahora de contarlo, con  decisión de  regaño que  no  olvidaré  nunca  en  la  vida, hago  memoria  hoy de que esto, de manera  tajante  y dictatorial,  ella me  dijo;:
- ¡Tú eres pendejo¡… ¡Nada  ha pasado¡… ¡Ya se supiera¡ ¡No  ves que lo que no mata  engorda!
…Y entonces, desde esa vez  entendí  que la verdadera  vocación futura  de  mi  vida  sería escribir  y nunca convertirme en  un mal  vendedor de gallinas.

Walter E. Pimienta Jiménez

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