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Cuentos que cuentan
El cajón de "Yeyo"

Cuentos y relatos globales. 22.10.17 
*Nadie muere en la vispera, pero sí algún día.
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez..- Cuando Aurelio de  Jesús Morales Galvis, "Yeyo",  como  le decían en  toda  Baranoa, a sus  85 años de edad, después del último ataque de asma que sufriera  se enteró aquel viernes 12 de agosto que  nada  más le  faltaban cuatro meses y doce días para morir, resignado  y  pleno de  razón dejó  de beber pociones de ioduro de potasio, de bromuro y extracto de opio y, entonces, impulsado por  la aplastante realidad, a fin de evitarse imprevistos y "correquetecojos", sin que sus  familiares  lo  supieran, por la suma de $ 35.000, pesos se mandó a hacer  su  propio ataúd con Juan José, el  carpintero  del  pueblo.
Sin alarmarse, sin extrañeza alguna, con  la  compostura de  un  veterano  del  Ëjercito  Nacional y  cuadrándose  firme como en los tiempos en  que  siendo soldado sobreviviera a las  emboscadas de  "Sangrenegra" y  "Tirofijo"  en los montes de  Cajamarca, departamento  del Tolima, adoptando  la  colaboración de quien  con gusto ordena a su  sastre la confección de una camisa  y  un  pantalón, "Yeyo", hundido en  su  propio  alivio, se dejó  tomar  las medidas.
Había  previsto  aquel  momento. Lo esperó  por  muchos años y por eso, sin menor  prisa, conocedor  como  el  que  más, "Yeyo" escogió para  su  ataúd la  mejor  madera y  sin argumento  anticipado no  propuso un  modelo  de  lujo porque  le  costaba más, y  a él lo  que le interesaba era que lo ordenado le sirviera  para dejar  este  mundo con precisión  calculada envuelto  entre  espesas nebulosas de  paz y  lejendarios coros gregorianos de  tranquilidad.
Cuatro  días  después,  con el  asombro  de  su  mujer y de sus  tres  hijas, susurrando algo  entre  sus escasos dientes, manso de corazón y  diríase  también que  hasta satisfecho  y  contento, "Yeyo" recibió  su  caja  mortuoria augurándose al  verla un  viaje  feliz y  directo a la otra  vida.
-No vale mucho morir, un poco menos de $ 40.000 pesos, y   deja uno  este mundo sin ser estorbo para otros- pensó.
...Pero  he aquí  que el  encanto inicial de "Yeyo" se acabó  muy  pronto porque, llegado el  féretro a su  casa, luego  de examinarlo con detenimiento, acostándose dentro  de este para  medirselo, lo  encontró estrecho, muy  ajustado y  severo para  sus  dimensiones. Lo  sintió, además, algo  duro, falto  de  suavidad y  ofensivo a sus  nalgas y  al  tacto. No quiso  dar importancia al  caso  pero, siendo  razonable y  diciéndose  que cuando  uno  va a morir debe morir  bien, le defraudó  el  hecho  de  no poder gozar de su  propia  comodidad después de  muerto, condición humana a la  que, desde luego, tenía derecho por  pudor y  dignidad y, por  ello, desencajonándose con esfuerzo, ya  de  pie, lanzó un suspiro y ofendido, con la mirada  fija en el ataud, dijo:
-No  joda, nada  más esto  me  faltaba...Que el  cajón  no  me  quedara bueno.
...Y en consecuencia, "Yeyo" se sintió arruinado y  estafado, pues Juan José,  con elogiosas  palabras le aseguró  que  había seleccionado una buena madera y  que perdiera  cuidado, que le prometía un trabajo de  calidad y  de  primera; pero  no  siendo  así, sentenció que  su  ataúd, en tales condiciones, era  caro.
No  pudo "Yeyo" esperar hasta  el  día  siguiente y  viéndose muy  viejo para  buscar  enredos y  pleitos, sin violencia  y  más lúcido que  nunca, estas plabras  transfirió con Juan José, el  carpintero,  en el  taller de este:
-Aquí estoy  para decirte  que  me probé el  cajón y  no  me quedó  bueno. Imagínate...si no  quepo  en él  ahora que estoy vivo, ¿cómo será cuando  me atiese? Recuerda que el  muerto crece- señaló con aire indefenso al  tiempo que, en medio  del molor  a  cola pegante, agregó: Allá en la  casa dejé tu romántico cajón guardado  entre  las tirantas del  techo esperando  difunto. Yo no  soy  carpintero. En mi vida nunca he  cogido un martillo. Fui  soldado y después  boticario, pero lo  que sí  te  puedo asegurar es que  hay quien trabaje cajones mortuorios menos martirizantes que  los tuyos.
"Yeyo" se derrumbó  sobre  un  taburete que le ofreció  Juan  José, quien,  sin contestarle, le escuchaba porque  ante una persona que  tiene los días  contados toca darse por  entendido cerrando la  boca por dentro  y  por  fuera.
-No  sé que te  pasó. En algo  fallaste...y yo que  ya me  hacía a la  idea de que en mi ataúd me  vería  admirable... como pez en el agua... acostado boca arriba y  oyendo claritico los pésames hipócritas de quienes fueran a mi  velorio porque...¿sabes una cosa?...por  ahí  diecen que  el  muerto  no  ve  pero sí  oye...Y yo que me  figuraba los  gritos de  mi mujer y  de  mis  hijas llorándome desconsoladas y  diciendo lo  que  todas  las viudas y  las  huérfanas dicen ante el  rígido cadáver de su  esposo y  padre:  que  van a quedar desvalidas en la tierra porque  tan  bueno  que  era uno.
Juan  José, paciente escuchaba al  viejo; hizo una pausa en su  labor aquella tarde llegando a estimar que  "Yeyo" gemía  era de desolación y  siempre,  sin contestarle  nada, lo  volvía  a mirar por  un momento en  tanto el  anciano, de  vuelta esto le decía:
-Ten más  cuidado  la  próxima vez. Debes  hacer los  cajones un poco  más  anchos y  de  tapa  más  alta. Procura que en tus ataúdes  las  personas no  nos  veamos tan extraños y  como  si  no  quisiéramos  morir. Censurable me  pare  eso  Juan. Cuando uno  muere, muere y ¡Zas!... se acabó... que  ya habrá quien lleve a uno  en hombros al  cementerio porque el  muerto  hiede.
Sin  alterarse, el  carpintero, algo  encogido  de  hombros, seguía  escuchando a "Yeyo" quien,  como  un  baúl  abierto, con  sus  palabras dejaba oír  y  ver lo que sentía por  dentro.
-Debo decirte que después de reparar en  tu trabajo he  sacado  las  peores  conclusiones. Por  ejemplo, no amas  tu  trabajo y  haces a los futuros difuntos unos  cajones de cualquier manera porque, como  el  muerto  no  siente,  que se  joda...pero  conmigo  te  fregaste. Ves  averlo, hasta  puntillas por  fuera  le  dejaste al  mío. Lo  que  soy  yo ahí  no  me encajono. Se  que voy  a morir. Sé  que me  quedan cuatro meses y  doce  días para ello  y te  sobra  tiempo para  hacerme otro sin carreras y  como  Dios manda pues  ya está  pago. No  todo en la  vida es dinero Juan  José. Tu  obligación al  hacer ataúdes es que  los difuntos se vayan en ellos bien muertos, es cierto, pero  contenstos  no  joda.
Entonces el  carpintero asintió con la cabeza, se  puso una  mano en la  barbilla, en la otra cargaba una escuadra y un metro y, sin indignación  alguna, dejó a "Yeyo" decir estas otras cosas:
-Sólo  me  falta decirte esto: Ves a mi   casa y  recoge ese  cajón e intenta hacerme otro que me  quede  bueno y  todo volverá a estar en su  sitio. Yo  te  prometo que  si en el  nuevo ataúd quepo con  comodidad, te escribiré antes de morir una carta de gratitud y  copia de  la  misma enviaré a los  venideros  difuntos del pueblo presentándote en ella como hombre  cumplido y  modelo de carpintero. No  se  te  olvide, soy  "Yeyo" tu  amigo  sincero.
...Y cuentan en Baranoa los hombres dignos  de  fe que al  día siguiente, sin  tiempo  para ajustar  con  Dios las  cuentas del alma, víctima de una desentería aguda que  no  tuvo bismuto que  la parara, en  la caja  mortuoria de "Yeyo", ellos llevaron a enterrar a Juan  José, el  carpintero del pueblo,  y  que  de Aurelio  de  Jesús Morales  Galvis leyeron los carteles de  muerto cinco años  después.

Walter E. Pimienta Jiménez
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