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En el sesquicentenario de una inmortal obra literaria
María y Efrain, un amor de novela
Un amor por 150 años joven

Cuentos y relatos globales. 15.10.17 
Escribe Walter Pimienta Jimenz.-  María, la hija literaria del gran escritor colombiano Jorge Isaac, es hoy todavía –para mí- una hermosa jovencita de 150 años de edad, trasegando en el éxito en que al escribir sobre el amor, su autor se arriesgara a creer que el mundo, tiempo después, no variaría con relación al más puro sentimiento entre novios.
Releo a María hoy y  me  dan ganas de enamorarme de Carmen Rosa otra vez y de amar de nuevo, invadido de esa naturaleza donde la inmortal novela tuviera origen sereno y  cantares de pájaros y el camino empedrado de los enamorados, indefectiblemente conduzca a la pintoresca finca “El Paraíso”, escenario donde el  espíritu de ella pervive en su juventud inmarcesible sin necesidad de los consejos anti arrugas de Amparo Grisales y, procurándose codo a codo un sitio entre las mujeres de ahora preocupadas porque “sin tetas no  hay paraíso”; o las “Rosario Tijeras” de tijeras tomar, en pleno apogeo de la literatura de pacotilla de  T.V., con sus “reinas del sur”, sus capos y  capas y los transformes de prótesis que a él lo  vuelven ella y a ella él, en tiempos de zafos y Lesbos “a punto de cocá” tras la conquista de un hombre por otro  hombre y de una mujer por otra mujer.
El de María y Efraín fue  un amor  apartado  de los anteriores demonios del  mundo  actual, pareja de parejas que no  dejó que nada  ni  nadie les birlara el gusto de haberse enamorado en  la convicción de  cada mirada y en la percepción de cada sonido,  como se enamoraba antes, y  dejando a la imaginación el despertar de los demás  sentidos, creando emociones y estímulos que los jóvenes de este tiempo, de entrada y “de una” develan en el asalto de manos a correderas bajadas  y a  braguetas abiertas porque el amor de esta época no  se piensa, dizque se hace, y es lo más científicamente cerebral y anti infeliz posible si se comete la pendejada de practicarlo por amor…
María es  por excelencia la  novela romántica de la tierra americanas, la conquistó hace 150 años, 150 veces desde su primera edición en 1867…y  la recorrió en igual número de ocasiones e intenta ahora  reconquistarla en la misma cantidad de oportunidades mientras en el  mundo exista el amor…Era, es y será esta la novela de los colegiales; la que se alcanzaba a leer en un año no queriendo pasar a la siguiente página para  que no se nos  acabara el entretenimiento imaginando enredaderas y  cañaduzales en la finca “El Paraíso”, bañada por  riachuelos donde descansar descalzos los pies, mientras ella, María, sin esperanza de salvación médica, fiel a la promesa del primer amor (Efraín), moría hoy y revivía mañana “parapléjica del alma”…
Hay  que entender como  era el amor hace 150 años para  también entender a María prendida de un “te prometo volver”… que le dijera Efraín con voz campesina al marchar a sus lejanos estudios…y entonces concluye uno que lo de ellos fue un amor que de haber sido llevado al matrimonio, hubiese sido un matrimonio anti divorcio, como debía ser, referente de una promesa indivisible, referente del amor  sano y  de todo eso que se acumula en el corazón y que tiene un solo y único nombre: amor.
María regresa, regresa hoy  más joven que nunca antes tomada de la mano de  Efraín que jamás la desvaneció de su mente al  tiempo  que de las entrañas de la Cordillera Occidental, la música de un tiple se escucha amigable y ellos, perdida la razón de los 150 años de la  juventud, se besan en la presencia de pájaros obligados a cantar o, mejor, a predicar al mundo la alucinante irrealidad de un beso  interminable.
Yo  tendría ocho o nueve años de edad a lo sumo cuando, en mi  Juan de Acosta natal, instado por  mi  madre, escuché por  la radio la novela María, escrita para gente de pueblo; con relinchos de caballos, ladridos de perros, cantos de gallos y mugidos de reses y  todo aquello me  hablaba de lo mío con el  patrocinio de “Top”,  el blanqueador para ropa que desde entonces eliminó  al “jabón de bola” y al manduco…Y fue  tal la sensación de dominio de la teatral narración que no me perdí uno solo de sus capítulos, dibujos que hacía en mi mente y que luego, en la escuela primaria, con baratos lápices de color marca “Calamarí”- que más que colorear  rayaban- , “pintaba” en cualquier  hoja de papel, dando rienda suelta a los verdes paisajes del Valle del Cauca, escenario donde Efraín y  María, a falta de televisión en Colombia, diseñaron un mundo en olor  a poesía surgido de la pluma de Isaac, tocado por el amor  puro e inocente de los quince años y retomando  adversidades que le dejaban al lector, en este caso a mí  como  oyente, un nudo en la  garganta pasado con agua para  seguir escuchando o  leyendo…Haciendo que ellos, conservando intacto el sabor de la miel de sus apetecidos labios, nunca incurrieron en romper  los límites de la carne, viviendo la exacta temperatura del  amor  primero; ella casi niña, de largas trenzas pastoriles y  él, cinematográficamente buen mozo, de intachable  postura, “intatuado” ni en  la piel ni en el alma, sin pirsin…y los dos, estremecedoramente humanos, atados de corazón hasta el  día de la entrega del telegrama de la muerte.
Hoy, cuando  entre enamorados lo  que se  hace es el sexo  prepago y  no el amor  que es otra cosa, qué difícil es encontrar en el mundo Marías y  Efraines que por señas y  guiños de ojos se enamoren, con carteros  tocando a la puerta entregando  misivas donde asomen corazones flechados y no “emails” llenos  de  mujeres escasamente vestidas con una cuota de tela puesta en lo de adelante y otra en lo de atrás, inspiradas todas ellas no en la suavidad canturriante de  un pasillo colombiano sino en un “erótico” y “enorme serrucho” creado por una mente malsana y  sin talento y que la mujer y el hombre, abrazados, “baila en la  cama.

walter pimienta jimenz <walter53pimienta@hotmail.com>
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