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Cuentos que Cuentan
El que espabila pierde

Cuentos y relatos globales. 20.08.17 
*El que es celoso, no es nunca celoso por lo que ve; con lo que se imagina basta. Jacinto Benavente (1866-1954) Dramaturgo español.
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- En el abismo de su desasosiego y desolado en su propio silencio, Molina teme que un día de estos se separa de su mujer o, lo peor, que llevado por el temblor de voces interiores que le suben por la sangre, la mate.
Molina está  convencido desde hace  diez  noches, que Juana Escuriaza  le  es infiel y hasta entonces creía que solamente  era suya y  que  nunca otro  hombre le  disputaría la frescura de aquellos labios de miel,  la gratitud de su cintura, la cena de  sus  seños paraditos y  la  gratitud de su  vergel…Y, en  tal  caso, una ira profunda e  insuperable, como  cuchillo, se le entierra en el corazón…
 Molina  jamás  ha  pensado  en el  suicido; lo  considera complicado e  indigno y  de  baja  categoría y, por  lo  tanto, prefiere impaciente elaborar los  argumentos mentales que le  lleven a la verdad, empapelando el pensamiento con nombres y  más  nombres  de  hombres de los cuales uno de ellos tiene  que ser, indefectiblemente, el  amante de Juana.
Buscando  calma, Molina leyó una de  las epístolas de  San  Pablo que aconseja sabidurías sobre el  matrimonio, pero en  la mitad  de  la lectura el  hígado se le anquilosó sin  poder borrar del pensamiento el  rostro de Juana, lo que le  hace perder el apetito y  olvidarse  siempre,  cada mañana, del  desayuno.

En su  precipitada ansiedad por  descubrirlo todo, Molina se derrumba por dentro y  en el  laberinto de su  desgracia, estremecido por  los celos, maldice su negro  destino y en el  “Estadero Pueblito Viejo”, de su  amigo Andrés  González, de Antonio Aguilar, cerveza  en  mano, canta y pide esta ranchera:

¡Ay que suerte tan negra y tirana es la mía!
Al haberte encontrado a mí pasó una vez,
Tan feliz y contento que sin ti vivía
Cuando yo ni siquiera en tu nombre soñé.

Hasta que una mañana fatal de mi vida
El destino te enviara mi suerte a cambiar,
Al instante sentí que tu imagen querida
Ya jamás de mi mente se habría de borrar.

Por  las  tardes, Molina  mira su  maleta de  viajero y  quiere  meter  en ella tres o cuatro  camisas, tres o cuatro  pantalones de  fundamento junto con lo  más fundamental para  irse, pero dándose cuenta que  no ha  llegado al  límite de la  verdad, considera continuar en  la lucha hasta  encontrar, a su  modo, una dolorosa e  insoportable forma de  victoria sin  sentido.

Molina se acordó del machete que guarda en un rincón de la cocina. Tiene un filo de espanto. Y en  manos del  fantasma de la amargura, siente el aletazo de un  ángel  bueno que  le  pierde en su  desorden y  le  borra el  mal  juicio irrazonable de su poca vocación de asesino…

…Que le habla, sí, Molina le habla. Que le hace algún favor que le solicite, sí, se lo hace. Que hasta  le  sonríe, sí, le  sonríe…, la convivencia doméstica  se  lo  exige; pero con  una caricatura de  adulterada alegría, moliendo un celo de  tigre apretado en el corazón… por  eso tiene diez  noches que no duerme, no es esto  para él una necesidad. Sabe que el que espabila pierde. Sabe que en el inquieto sueño de Juana, quien habla dormida, está la verdad, y  acostándose a  su lado, en el  refugio cobijado de su dolor de  hombre, espera… en cualquier  momento puede  ser… espera  pronuncie  un nombre  amargo, odiado; un nombre frenético para ella, un nombre que al  escucharlo de golpe le hará hervir la  sangre y…

De  su  lecho de  tristeza, con la  misma naturalidad de  siempre, Molina se  levanta cada día con la  falsa dignidad de  quien aparenta no saber nada, amaestrado por  un  silencio que le  carcome deteniendo en la  exactitud lineal del  reloj, el  sueño que no debe nunca asomarse a sus ojos, como si  se asoma sosegado en los ojos de los hombres que están en paz con su  conciencia y no  les tienta el  diablo.

Molina ama a Juana. Y cree que ella también le  ama; pero hace  diez  noches sintió que susurraba algo en  pleno  sueño y alcanzó a oír claramente y  expresado con pasión, dos veces, un apellido: “Molina”, “Molina”… y escuchado aquello, se  paró de  la cama y  se fue a llorar  a  la cola del patio.

-Me confesó el amante- se decía- y lo dijo dos veces en tono amoroso.

Molina se sintió más solo que nunca. Nada daba refugio a su tristeza…Y la recordaba cómo abrazada con frenesí a la almohada, hablando en sueños decía: “Molina”. “Molina”…

-Se apellida Molina, Molina- volvió a decir.

De pronto Molina cae en  la cuenta de que Juana  ha podido estar soñando  con él porque ese  también es  su  apellido;  pero la  angustia no  le deja y regresa a la alcoba en  silencio y su mujer vuelve en su  sueño a decir lo mismo: “Molina”, “Molina”… y  se abraza más y más a la almohada.

-¿Quién será?- se   interroga. Pregunta  que  para  él  nunca tendrá respuesta porque ocurre que en  la  angustia de  su  repaso mental, mal  contados lleva  ya 322 Molina,  el apellido que más pulula  en  su  pueblo… Juan  Molina; Cristóbal  Molina; Carlos  Arturo  Molina;  Simón Molina, Héctor  Molina; Bartolo  Molina; Jesús  Molina,  Fermín Molina; Ernesto  Molina; Gastón Molina, Augusto  Molina;  Juan de  Jesús  Molina, Venancio  Molina; Benjamín Molina; José Ángel  Molina;  Silvestre  Molina, Basilio  Molina; Eustaquio  Molina,  Alfonso  Molina;  Marcelino  Molina…

…Y  Molina, como si no  hubiese escuchado nada, dándose la  molestia de masticar su rabia, por  costumbre se acuesta  a su  lado y  en el  refugio cobijado de su dolor de  hombre, espera, espera porque el  que espabila pierde, espera porque en cualquier momento será; espera que en el  resto de  la  noche Juana sueñe y como dormida habla  en voz  alta, le  diga el  nombre  de Molina…

Walter53pimienta@hotmail.com


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