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Crónicas del otro Macondo -Historias para  ganarle al olvido-
Leonor y mi última cana

Cuentos y relatos globales. 23.07.17 
Las canas no hacen más viejo al hombre cuyo corazón no tiene edad.
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez .- Hacia los  años  ochenta, en plena efervescencia romántica de “la marimba” y cuando el mundo era menos aburrido, conocí a Leonor Chávez Hernández, peluquera de oficio y estilista por los  especulativos eufemismos del idioma que no  del pelo… Por  fortuna, para  mí, una destacada estrella en el  arte… La mejor.
Leonor  conoce la  cara y  la  cruz de  mi  pelo, ayer algo negri-castaño y ahora canoso: Tiene 34 años de ser mi “peluquera científica” y tras ella, cual si  fuésemos  accionistas de una sociedad  en comandita, para donde se  traslada la busco y la encuentro porque nadie como Leonor,  en mutuo entendimiento de pelos, tijera y  peinilla, me  motila mejor y, por  ello,  justo  es reconocerle estas palabras como quiera que  viendo mi  primera  cana, se topa hoy con una cosecha fantástica de éstas, en percance con uno que otro pelo negro ceñido todavía a la  vieja tradición de no querer encanecer…
Leonor, dispuesta y pragmática, poda en mi  cabeza pelos como yo adjetivos en mis  crónicas; recorta cerquillos e incipientes patillas y entre  frases comunes de peluquera, hace en mi  cabeza,  sin excesos, el mismo  corte de siempre desde el siglo  pasado. El de parecerme  a un soldado romano…
Han pasado  34 años y  cuando  voy  a motilarme donde Leonor, lo  hago  como  si  fuera  la primera  vez;  se sabe  de  memoria mi exigencia y como  mi  corte ya  le es arqueológico, deja en éste, al  finalizar, su inscripción clásica de … “quedaste simpático y espero que  vuelvas”.
 En realidad, las cosas, la mentalidad y los  gustos  en cuestión de peluquería cambian de modo perentorio; pero en mi  caso, las  manos de Leonor conocen la  historia de  mi primera cana parida ahora en  muchas y en abundancia… y  es ella, Leonor, quien tiene la suerte también de conocer  la  última…
Esa estropeada  cana que  gana espacio entre  tantas, y  que sin  tiempo que  perder echa un  borrón a los años  de la alegre  juventud, y  señala el  comienzo del  camino de mi  vejez  como  un  lunar  blanco imposible  de  teñir, si  hablara en la  voz  de Leonor, seguro alegaría y  subrayaría con deliciosa fantasía por  lo  menos esto: “ déjatelas,  que se te  ven  bonitas”…
Llevo  mis  canas  sin traumas, son inocuas, no  duelen; y  tienen la virtud de atraerme a algunas jovencitas para  que les de consejos en tiempos atómicos aunque la  mayoría, luego de oírme, siempre dicen: “pa’ jodé a ese viejo”…
Con Leonor  me rio al  hablarle  de estas cosas, ella, convencida  poco a poco de que yo  también  tuve 20 años, sabe que no  hago de esta crónica algo  lacrimoso sino que, de vez en cuando , se me llenan los ojos  de llanto cuando con su  pinza me  arranca algunas  canas de las cejas y entonces le  digo: “ sácalas no joda por  criminales”…
De mis maravillosas canas sabe  mucho Leonor, admiró el pelo  de  mi  juventud ahora  vuelto  un  recuerdo y que hoy, “en el  bosque de éstas”, me son  una cosa recomendable cuando  sin censura,  con  voz llena de sentimiento, así  me alienta: “No a todos,  como  a usted, le lucen tanto”…
Dejémonos  de vainas, Leonor, tú y yo nos estamos poniendo viejos y mientras acomodas tu  tijera entre mis canas, busca, por  favor, la última; encuéntrala entre muchas, por ahí debe estar y  muéstramela, me es propia, me  pertenece; no me  la ocultes…a la larga,  soy  un  canoso prematuro con ribetes de Tarzán…
Con todo, Leonor, ¿cómo  no evocar, con cierta nostalgia, tu peluquería de la calle  38 con la carrera 41 en Barranquilla? La  historia de  mis canas confiesa que eso fue en el  siglo  pasado. De allí, acicalado por  tus  manos, salía como  un  príncipe al  que  esperaban las chicas cuando  el amor perduraba… dandy que  no abdicaba de flor en flor cantando  canciones  de  Piero  y  Sandro… Las Canas, Leonor, no  son  una contabilidad  de años, son  recuerdos buenos de  un  tiempo, nuestro tiempo, un  tiempo no  perdido y que  no hay  que  buscarlo como el  de Proust porque está  coleccionado en el  pensamiento de quienes quieren llegar  hasta más allá de los cien… Son  secretos de la adolescencia, de la  juventud…, sueños cumplidos y no  cumplidos que conmemoramos tantas veces al mirarnos en el espejo…
¡Qué  gran  validez tienen mis  canas, Leonor! Por  su  vigencia  sobre la  vida, son  del  otro  siglo… y, la  última, de este hasta  que  la diabetes me  haga soltar la pluma y  me vaya para la otra con  las manos vacías…
Me consuelo, sin embargo, Leonor, en que  hoy  por  hoy, muchos  no  llegan a conocer su  última cana, esgrimiendo contra esta el  tinte de moda…pero  ella impone  su  ley y  sale  porque  sale navegando entre “champues y geles”…, armas  secretas que nada le  hacen…Pero no  importa Leonor, volveré a motilarme en tu peluquería y a mi  última cana y nueva cana escribiré un poema o  muchos  poemas… Es  mi  digno pasaporte a la  vejez, por  eso  péinala… es  la puerta franca a una supervivencia que quisiera perdurable…
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