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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
Baltasar…

Cuentos y relatos globales. 16.07.17 
Un campanero de campanillas
*…”Es mejor lo digan las campanas y no las palabras”.
Con consideración y  deferencia a sus hijos, nietos y nietas.
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.-
Hay historias modestas, humildes, sencillas…y esta es una de ellas; historias que parecen un cuento, con héroes de valor anónimo, casi ignorados y que regresan a la mente y hacen volver la vista atrás…y allí están.
De Baltasar,  el  dueño de  estas memorias, supe alguna vez hizo de campanero municipal por su propia iniciativa y decisión,  quehacer en el que expuso  pericia, destreza y práctica. Lo de campanero seguro fue para él un “oficio” de segunda mano porque su legítima y verdadera  ocupación era el campo, cultivando y cosechando la tierra con la fe y la  dedicación de quien saca de ella, y con el sudor de la frente, el sustento de los suyos.
Baltasar fue la impronta de una época, ligado a  un tiempo que el mismo tiempo quiere hacer borrar  en la mala memoria de quienes no quedan recuerdos porque acudir al pasado no les sirve para  decirnos quienes fuimos, quiénes somos, y quienes seguiremos siendo y hasta cuándo…
Tan temprano  como el Sol, ordenado por  el  padre  Fuentes, subido al campanario por una larga escalera de madera colocada en la parte externa de la iglesia, Baltasar tocaba las campanas de la primera misa y de la fiesta patronal con el tono y el ritmo que requería la alegre celebración y  así todos  regocijar  a San Juan o a la Inmaculada  Concepción.

Tener un campanero era de lo  más  colonial y español  en los pueblos  de América y el  nuestro lo  tuvo: fue  Baltasar, quien  con  tañidos  al  bronce hacía “parar la oreja” y  levantar la cabeza ligeramente  ladeada  a quienes entendiendo el metálico   sonido  percibido, en actitud  expectante desentrañaban si    tocaba a repique de fiesta, a alarmante  incendio o a sentidos  dobles de muerte, sacando  de ellas un atentico  lenguaje de siglos que en la  oscuridad  de  los años no se dejó  como  reliquia.

Fue Baltasar el anunciante  de  importantes protocolos civiles y  castrenses: la llegada  de un obispo, de un nuevo sacerdote, el comienzo y el final de  las elecciones o del censo poblacional, los  homenajes a la patria… en tiempos en que desde  la atalaya  de la iglesia se convocaba a los rituales propios de la  de la eucaristía y él, sin ser prelado, a inapelables golpes de bendecidas  campanas, alejaba del  pueblo al diablo y  desorientaba a las  brujas en vuelo… En tanto que, idóneo en su  papel,  por encima de inclinaciones políticas  e ideológicas, hasta tocó el  toque de queda a las nueve de la noche,  la hora  señalada en tiempos del  gobierno  militar del  General  Rojas  Pinilla ante  la orden marcial de los alcaldes   Maceo  o  Sastoque, acorde  con el  criterio ejecutivo de quien  a su  vez era  el Jefe Supremo  de  las Fueras  Armadas en el país.

Entre  dobles que hiciese  sonar Baltasar,  los agonizantes,  implorando con oraciones la  infinita misericordia Divina,  ya  de manos del padre Fuentes, del padre Bravo o Cortés, en funciones de sus órdenes sacerdotales, recibieron en el  pueblo sus  últimos auxilios  espirituales y el perdón de los pecados cometidos…Era el agónico toque a muerte, lúgubre  y duro y  sin  ganas de extinguirse, en  número de 33, recordando  la edad de Cristo,   y  retumbantes  para  que  todos  se preguntaran…¿Quién murió?...Y de paso recordar  a  los vivos la  inflexible e inapelable  finitud humana,  emitidos con  la  grave  tonalidad del  trágico  suceso…Mientras  una romería consternada  y  triste se dirigía al domicilio del difunto o al cementerio a sepultarlo  porque las  horas de aquel  tiempo y el de este, pasaban y  pasan y seguirán pasando lentamente como el desfile de un entierro…

Tocar  las  campanas  como  las  tocara Baltasar, un campanero de  campanillas,  es ahora menester  de antaño y añoranza medieval  que  hace  decir a muchos : «cualquier  tiempo pasado fue mejor»…Pero qué abrumante tristeza si con la muerte de él, por siempre enmudecieron…¡Qué tristeza en el aire y el cielo! ¡Qué silencio en la iglesia! ¡Qué extrañeza entre los muertos!

Walter53pimienta@hotmail.com
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