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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
El carton del Vale

Cuentos y relatos globales. 18.06.17 
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Vale: documento comercial, para pagar ya sea un producto, o bien un servicio. Puede representar el pago total o parcial (descuento inmediato en el momento de la compra por la cantidad que aparece en él).
Toda una  “gran institución económica” fue en su  tiempo  el cartón del  vale que en las tiendas del  pueblo, para  adquirir  productos y víveres fiaos, por días, semanas, meses y  hasta años, estuvo en uso y  abuso en el  absoluto silencio de números y más  números con los que, desde luego, no  se podía  hacer  una poesía sino  una larga y  casi  interminable suma de cifras escritas a lápiz con mano  fervorosa y puño  firme  y  vital  para  que estas no  se borraran y llevaban, de la manera más intrínseca y  característica, el acento inapelable de cobro  por  parte de un   tendero dispuesto a  escuchar de mí abuelo, a la hora de la paga, los siguiente: ¡Qué Dios te lo pague!  Y yo me lo trague…
El  cartón del  vale, precisamente llamado  así porque, en efecto, era un cartón de esos  en que  venían empacados cigarrillos extranjeros y de contrabando como  el Kent y el Marlboro, y  que en su parte  reversa estaba impecablemente en blanco y resultaba  muy  útil  para escribir anotaciones  y  número en ellos, convocó, en tal época, a los  buena y  mala paga y sirvió  de testimonio, a manera convenida de cancelación, a la  hora de tener  que enfrentar domésticos apremios económicos que, bajo las condiciones y  sometimientos exigidos por  el dueño de la tienda, se manejaba lo  mismo que “un instrumento esencial de crédito”…mientras clavado en una  de las  paredes del negocio, con letras  rojas y negras, se leía este intimidante aviso: “EL QUE FIA SALIO A MATAR A UNO QUE LE DEBIA”… Y al lado de tan peligros  anuncio, la  infaltable lista de  morosos con nombres propios  y apodos como  para que  nadie se enterara.

Implicaba el  uso  de esta singular costumbre que, en   la muy original  “operación  bancaria”, el  tendero anotara  en el referido  cartón del comprador  o  de la comprador, el  valor o costo de lo fiado y éste, a su vez, en una libreta, abriendo una  hoja al  cliente o clienta con   nombre y el apellidos  de aquel, le anotaba  la misma cantidad y así, entre los dos, se  llevaba una  cuenta idéntica y paralela para hacer confrontaciones numéricas a la hora del pago; no siendo extraño que, a quien fiaba se le exigieran , entre otros   requisitos, los siguientes: que por lo general el portador del cartón del vale fuese el mismo acreedor o que este autorizara a otra persona para su uso. Darle un límite o monto al fiado. Evitar el robo o pérdida de la cartulina. Constatar, a menudo, los números de la cuenta en ambos registros. No   aceptar borrones y remarcaciones con cambios de cifras en ambos vales. Pagar  por  completo o por  abonos previa operación rectificada tres  veces por  tres personas distintas que supieran sumar  llevando y sin que en el  valor de  la misma cambiara  siquiera en un centavo  de  más o de menos.
Como  se entiende en este  caso, la palabra era el nombre y el nombre la palabra dada y  por  cumplir  bajo fórmulas morales de plena confianza, evitando el  rompimiento de la misma porque incumplido el  trato,  no  sabía uno en qué  momento, de nuevo, acorralado por  la necesidad de carecer  en la  casa hasta de un  grano  de arroz y  de dinero  para  comprarlo, el extenso   cartón del  vale  en el que  no  cabía  un  número más, “dejaba  de  visitar la  tienda”…llegándose entonces la  hora de hacer  efectivo el recaudo ante  un esperado llamado del  alcalde y delante de él, sin poder evitar la anunciada  embestida, firmar un compromiso de pago  perentorio en  fecha  y  hora estimada de cancelación, mediando en ello la presencia  de dos  testigos que darían  fe de lo  aprobado bajo  la aplicación de estos originales parágrafos: Multa de $100,ooo, o según la  capacidad económica del infractor. Arresto  por 30 días si  incumpliere y/o decomiso y  venta  publica de un  bien material del infractor  (un cerdo, gallinas y hasta vacas), a beneficio del afectado.

…De  cartones de  vales conocí cantando  su  prolongada congoja de  números que uno  tras  otro sumaran  con preocupación: Toño Alba; Roque Jiménez, Dalmiro  Arteta; Hilda Molina; Átala, mi mamá; Julio “Micifuz”; mi tío  José Martín; Tranquilino  Alba; Gerardo Molina; María Teresa Consuegra; Longo Arteta; José Rocha; José Santos; Lucho Coronell; María Matilde; Ángel  Tejera; Miguel  Higgins, “el Bordo”; Félix Molina; Oswaldo Alba; “la Niña Viola”; Aquiles “Marroco”; Carmen Lucila Jiménez…recordadas tenderas y  tenderos que sabe  uno  bajo qué  clima propicio los encantaba  para permitirnos un vale que  tendría agradecido  principio pero, de pronto,  ingrato  e incierto fin…

Pero así  también se sabía de nombres que a la antigua  tarjeta de crédito dieron valía  y mérito como  sobresalientes buena paga…El profesor  Vicente  Ramón Molina; don Vicente  Coronell; Simeón Molina; José Arteta (padre); “el Pilo”; don Carlos  Higgins; Armando  Villarreal; Rita  Echeverría; Luis Carlos Coronell; doña Justa Charris; “la Niña Ramona”, Belisario Molina, “el Yiye”;  Lisímaco  Arteta; Bernardo  Molina; el doctor  Arango; “el Mono  Nica”; Aquileo Molina, “la Niña Merce”, don Gilberto  Arteta; Hernán Pimienta; Augusto Molina; José  del  Carmen Hernández; Eduardo Macías, don Alfonso  Higgins; Manuela Tejera; Blanca  Padilla; Josefa  Hernández; Celia  Jiménez; mi  hermana Carmen,  y  tantos otros y  otras que en renglones apartes, por lo  puntuales  y cumplidos, les  abrían enseguida otro  vale…

El cartón del  vale, hasta donde  creo  lo  he explicado, era  invulnerable, era  la promesa y  la  fe  profesada en números inequívocos, que nunca debían decir más de lo que debían decir salvada  la  dura  prueba de las  dos sumas literalmente iguales, fundiendo el  total en  lápiz  rojo  con  un afirmativo movimiento de  cabeza como último recurso inevitable al decir: “…cuentas  claras  chocolate espeso… más nueve  son quince; cinco  y  llevo una; más cuatro…”, en virtud de un emitido y legítimo correcto que rebasaba  las leyes de toda adición matemática.

Hoy, cuando han  transcurrido cualquier  cantidad de años y los  bancos y los sistemas contables computarizados desvaloraron “el  habla castellana” de los  números  del  cartón del  vale por  una aparente y escrupulosa tarjeta de crédito que no funciona sin clave, recordar  los  vales  que  llevábamos a las tiendas es algo  así  como  recordar un episodio de gracioso carnaval,  si en gracia de  buen criterio fuésemos  a un supermercado a fiar una botella de ron sin la dialéctica de ir  antes  a un cajero, insertar en este  la tarjeta, esperar a que en la pantalla salga la  palabra retiro, marcar una cantidad y en el forcejeo ojalá la máquina, ingesta de dinero, no nos salga con un saldo insuficiente, conceptos que el cartón del  vale nunca manejó porque en este siempre teníamos saldo  disponible respaldado por  una  palabra de comprobado  cumplimiento.

 A decir  verdad, fue  el  cartón del  vale en mi  pueblo el que definía el curso de los  hechos del día en cuanto a que en muchas  casas, trayendo  víveres de la tienda, se comiera  sin discutir sobre el elevado costo  de la  vida porque lo fiado  jamás se discutía  y menos  cuando en la pared de la tienda esto uno  leía: Si no me pagas  ten  presente que, por fiarte considero que voy perdiendo un amigo y  ganando un enemigo a costa de mi dinero…

…No quiero por ello acabar  sin  antes anotar que de vales que a propósito se olvidaron también se conocía; estos los recordaba el pueblo a través del peluquero que todo lo hablaba y lo sabía…

walter pimienta jimenz <walter53pimienta@hotmail.com>

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