Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Vale: documento comercial, para pagar ya sea un producto, o bien un servicio. Puede representar el pago total o parcial (descuento inmediato en el momento de la compra por la cantidad que aparece en él). Toda una “gran institución económica” fue en su tiempo el cartón del vale que en las tiendas del pueblo, para adquirir productos y víveres fiaos, por días, semanas, meses y hasta años, estuvo en uso y abuso en el absoluto silencio de números y más números con los que, desde luego, no se podía hacer una poesía sino una larga y casi interminable suma de cifras escritas a lápiz con mano fervorosa y puño firme y vital para que estas no se borraran y llevaban, de la manera más intrínseca y característica, el acento inapelable de cobro por parte de un tendero dispuesto a escuchar de mí abuelo, a la hora de la paga, los siguiente: ¡Qué Dios te lo pague! Y yo me lo trague… El cartón del vale, precisamente llamado así porque, en efecto, era un cartón de esos en que venían empacados cigarrillos extranjeros y de contrabando como el Kent y el Marlboro, y que en su parte reversa estaba impecablemente en blanco y resultaba muy útil para escribir anotaciones y número en ellos, convocó, en tal época, a los buena y mala paga y sirvió de testimonio, a manera convenida de cancelación, a la hora de tener que enfrentar domésticos apremios económicos que, bajo las condiciones y sometimientos exigidos por el dueño de la tienda, se manejaba lo mismo que “un instrumento esencial de crédito”…mientras clavado en una de las paredes del negocio, con letras rojas y negras, se leía este intimidante aviso: “EL QUE FIA SALIO A MATAR A UNO QUE LE DEBIA”… Y al lado de tan peligros anuncio, la infaltable lista de morosos con nombres propios y apodos como para que nadie se enterara. |
Implicaba el uso de esta singular costumbre que, en la muy original “operación bancaria”, el tendero anotara en el referido cartón del comprador o de la comprador, el valor o costo de lo fiado y éste, a su vez, en una libreta, abriendo una hoja al cliente o clienta con nombre y el apellidos de aquel, le anotaba la misma cantidad y así, entre los dos, se llevaba una cuenta idéntica y paralela para hacer confrontaciones numéricas a la hora del pago; no siendo extraño que, a quien fiaba se le exigieran , entre otros requisitos, los siguientes: que por lo general el portador del cartón del vale fuese el mismo acreedor o que este autorizara a otra persona para su uso. Darle un límite o monto al fiado. Evitar el robo o pérdida de la cartulina. Constatar, a menudo, los números de la cuenta en ambos registros. No aceptar borrones y remarcaciones con cambios de cifras en ambos vales. Pagar por completo o por abonos previa operación rectificada tres veces por tres personas distintas que supieran sumar llevando y sin que en el valor de la misma cambiara siquiera en un centavo de más o de menos. Como se entiende en este caso, la palabra era el nombre y el nombre la palabra dada y por cumplir bajo fórmulas morales de plena confianza, evitando el rompimiento de la misma porque incumplido el trato, no sabía uno en qué momento, de nuevo, acorralado por la necesidad de carecer en la casa hasta de un grano de arroz y de dinero para comprarlo, el extenso cartón del vale en el que no cabía un número más, “dejaba de visitar la tienda”…llegándose entonces la hora de hacer efectivo el recaudo ante un esperado llamado del alcalde y delante de él, sin poder evitar la anunciada embestida, firmar un compromiso de pago perentorio en fecha y hora estimada de cancelación, mediando en ello la presencia de dos testigos que darían fe de lo aprobado bajo la aplicación de estos originales parágrafos: Multa de $100,ooo, o según la capacidad económica del infractor. Arresto por 30 días si incumpliere y/o decomiso y venta publica de un bien material del infractor (un cerdo, gallinas y hasta vacas), a beneficio del afectado.
…De cartones de vales conocí cantando su prolongada congoja de números que uno tras otro sumaran con preocupación: Toño Alba; Roque Jiménez, Dalmiro Arteta; Hilda Molina; Átala, mi mamá; Julio “Micifuz”; mi tío José Martín; Tranquilino Alba; Gerardo Molina; María Teresa Consuegra; Longo Arteta; José Rocha; José Santos; Lucho Coronell; María Matilde; Ángel Tejera; Miguel Higgins, “el Bordo”; Félix Molina; Oswaldo Alba; “la Niña Viola”; Aquiles “Marroco”; Carmen Lucila Jiménez…recordadas tenderas y tenderos que sabe uno bajo qué clima propicio los encantaba para permitirnos un vale que tendría agradecido principio pero, de pronto, ingrato e incierto fin…
Pero así también se sabía de nombres que a la antigua tarjeta de crédito dieron valía y mérito como sobresalientes buena paga…El profesor Vicente Ramón Molina; don Vicente Coronell; Simeón Molina; José Arteta (padre); “el Pilo”; don Carlos Higgins; Armando Villarreal; Rita Echeverría; Luis Carlos Coronell; doña Justa Charris; “la Niña Ramona”, Belisario Molina, “el Yiye”; Lisímaco Arteta; Bernardo Molina; el doctor Arango; “el Mono Nica”; Aquileo Molina, “la Niña Merce”, don Gilberto Arteta; Hernán Pimienta; Augusto Molina; José del Carmen Hernández; Eduardo Macías, don Alfonso Higgins; Manuela Tejera; Blanca Padilla; Josefa Hernández; Celia Jiménez; mi hermana Carmen, y tantos otros y otras que en renglones apartes, por lo puntuales y cumplidos, les abrían enseguida otro vale…
El cartón del vale, hasta donde creo lo he explicado, era invulnerable, era la promesa y la fe profesada en números inequívocos, que nunca debían decir más de lo que debían decir salvada la dura prueba de las dos sumas literalmente iguales, fundiendo el total en lápiz rojo con un afirmativo movimiento de cabeza como último recurso inevitable al decir: “…cuentas claras chocolate espeso… más nueve son quince; cinco y llevo una; más cuatro…”, en virtud de un emitido y legítimo correcto que rebasaba las leyes de toda adición matemática.
Hoy, cuando han transcurrido cualquier cantidad de años y los bancos y los sistemas contables computarizados desvaloraron “el habla castellana” de los números del cartón del vale por una aparente y escrupulosa tarjeta de crédito que no funciona sin clave, recordar los vales que llevábamos a las tiendas es algo así como recordar un episodio de gracioso carnaval, si en gracia de buen criterio fuésemos a un supermercado a fiar una botella de ron sin la dialéctica de ir antes a un cajero, insertar en este la tarjeta, esperar a que en la pantalla salga la palabra retiro, marcar una cantidad y en el forcejeo ojalá la máquina, ingesta de dinero, no nos salga con un saldo insuficiente, conceptos que el cartón del vale nunca manejó porque en este siempre teníamos saldo disponible respaldado por una palabra de comprobado cumplimiento.
A decir verdad, fue el cartón del vale en mi pueblo el que definía el curso de los hechos del día en cuanto a que en muchas casas, trayendo víveres de la tienda, se comiera sin discutir sobre el elevado costo de la vida porque lo fiado jamás se discutía y menos cuando en la pared de la tienda esto uno leía: Si no me pagas ten presente que, por fiarte considero que voy perdiendo un amigo y ganando un enemigo a costa de mi dinero…
…No quiero por ello acabar sin antes anotar que de vales que a propósito se olvidaron también se conocía; estos los recordaba el pueblo a través del peluquero que todo lo hablaba y lo sabía… walter pimienta jimenz <walter53pimienta@hotmail.com>
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