Dos centenares de metros separaban a la columna de los condenados de la siniestra construcción en la que la muerte afilaba malévolamente su guadaña. El día había amanecido con un espléndido sol que invitaba a disfrutar de la fiesta de la vida, y, en efecto, algunos disfrutaban (y mucho) recreándose en el espectáculo del martirio ajeno. En aquel tugurio diabólico, además de la humanidad, se había pervertido hasta la mismísima muerte. Ésta no se limitaba a matar; se solazaba matando, mataba solazándose. El joven tuberculoso, mientras andaba al paso que marcaban los desdichados que lo precedían en la hilera, una pareja de ancianos encorvados que de vez en cuando juntaban sus manos temblorosas, observaba a hurtadillas a los hombres uniformados que, provistos de porra y látigo, caminaban como autómatas en los flancos, cual si fueran marionetas accionadas por una misma voluntad. Inmunizados contra la compasión, un sentimiento que, de acogerlo, transformaría sus vidas en una pesadilla atroz, los guardias se limitaban a cumplir con su deber de patriotas. A unos les correspondía pegar tiros y cañonazos en las trincheras, a otros conducir a una recua de seres inmundos al matadero. Aquéllos y éstos, por el bien de la causa aria, tenían que hacer su trabajo con eficiencia y eficacia. Sólo así se variaría el trágico rumbo de la guerra. . Conforme el joven arrastraba los pies hacia la cámara mortuoria, increíblemente la esperanza, a la desesperada, fue proyectando un haz de luz en la oscuridad que envolvía su alma como un sudario. A pesar de las abrumadoras evidencias, se negó a creer que sólo le quedasen unos pocos minutos de vida. ¿Y si, al contrario de lo que rumoreaban incluso las buenas lenguas, el camino de la izquierda conducía a la salvación y el de la derecha a la extinción? La respuesta a su ingenua pregunta la tenía delante de sus narices, a medio metro, encarnada en el viejo rengo que a duras penas mantenía la verticalidad. A un anciano así, sin fuerzas ni para sostener un trapo para limpiar el polvo, el hombretón de la bata blanca no lo habría salvado del exterminio. Pero el muchacho, en su delirio esperanzador, aferrado a una vida bisoña ahíta de futuro, no veía a un viejo laboralmente inútil, sino a un veterano científico, flamante Premio Nobel de Física, al que los nazis pretendían extraer hasta la última neurona de su privilegiada sesera con objeto de que diseñara el arma secreta que les proporcionase “in extremis” la victoria en una contienda que parecía abocada a una inapelable y humillante derrota. Aunque el muchacho era consciente de que los esputos de sangre que escupía a menudo contra la palma de la mano eran el síntoma inequívoco de la tuberculosis que consumía sus pulmones, una enfermedad que, incluso en unas condiciones sanitarias óptimas, apenas le concedería unas remotas probabilidades de alcanzar la frontera de la vejez, estaba convencido de que el gigantesco congénere del estetoscopio no lo había oído toser ni una sola vez. Y si lo hubiera hecho, ¿qué importancia tendría? Él no era un pobre desgraciado incapaz de ofrecer al mundo algo más que su buena voluntad; él era un artista de portentoso talento, un cultivador de bellezas sublimes, como así lo había calificado un sector de la crítica, un músico que había empezado a labrarse un nombre entre los melómanos del país. La tuberculosis le conduciría prematuramente a los brazos de la muerte, sí, pero, antes, seguro que le permitía vivir unos cuantos años, y unos años, en un artista de extraordinario talento, equivalen a la eternidad. Además, sus potenciales verdugos estaban al corriente de que era un prestigioso pianista que, a sus dieciséis años recién cumplidos, había ganado el concurso nacional de jóvenes intérpretes de Renania, él mismo se lo había comunicado a los hombres de la gabardina negra que lo habían detenido en el conservatorio y también a los soldados que, a las pocas horas, lo habían metido a empellones en el vagón, si bien sus palabras, al ser pronunciadas sin solicitar permiso, le costaron unos cuantos porrazos y puntapiés. Los nazis no tendrían ningún escrúpulo en deshacerse de un adolescente tuberculoso que no sirve paratrabajar como esclavo, pero jamás eliminarían a un genio capaz de arrancar a las teclas del piano la música de los dioses. Eran nazis, sí, pero también alemanes. Y los alemanes aman las bellas artes en general y la música en particular. El tanatorio en forma de bóveda se encontraba a medio centenar de metros de la columna de cadáveres ambulantes. Detrás del muchacho, una madre, entre beso y beso, le cantaba una nana al crío que sostenía contra su seno. “¡Qué voz más dulce!”, exclamó para sus adentros el joven músico mientras acompañaba mentalmente el canto de la mujer con la música que tocaba en su piano imaginario. “Una madre no le cantaría una nana a su niño si supiera que lo conduce a las entrañas de la muerte”, se arengó en medio del delirio desoyendo la severa voz interna que pugnaba por enfrentarlo con la cruda realidad: “O precisamente la mujer le canta una nana a la criatura para que los sueños de la vida y la muerte se fundan en uno… Reza, es lo mejor que puedes hacer”. El músico, sin embargo, con la cabeza erguida, no percibía la tenebrosa mole abovedada, sino que sus ojos, elevándose por encima de las alambradas electrificadas que circundaban el campo de exterminio, ascendían hasta la cumbre más alta de la cordillera que se perfilaba en lontananza, allí donde, contra el azul del cielo, aguardaba el futuro que había imaginado desde que tenía uso de razón, tal vez antes. Se vislumbraba en medio del escenario del teatro de su localidad natal interpretando su tema predilecto, La polonesa heroica, de Chopin, con sus padres, sus hermanos y su mejor amiga, a la vuelta de unos pocos calendarios su prometida, entre el público que abarrotaba la sala, embelesados todos ellos con las notas musicales que desgranaban sus portentosas manos… Un golpetazo seco en la espalda interrumpió abruptamente el recital del pianista. -¡Adentro, perro judío! Les habían obligado a entrar desnudos en una estancia iluminada sólo por la luz balbuceante de una bombilla adherida al techo alrededor de la cual se distinguían varios cabezales de duchas. ¡Duchas! Sí, eso es lo que era: una sala de duchas, fría y aséptica, pero nada más que una sala de duchas. Dentro de unos segundos, saldría a borbotones el agua que disolvería todos los miedos que poblaban de espectros la estancia. Ya. La bombilla parpadeó unos segundos antes de apagarse… Hombres, mujeres y niños empezaron a proferir unos gritos desgarradores mientras algunos de ellos aporreaban las paredes y la puerta. Otros, resignados a la fatalidad, se ovillaron en un rincón. Ante aquella muerte, era inútil luchar; sólo cabía rezar. El músico, mientras tanto, recostado contra la pared, abrió la boca en busca de aire; se ahogaba sin remisión. Luego, enseguida, ya, reinó un envenenado silencio en la cámara. Era el final, o, talvez, no. “¿Y si el final fuera el principio?”, se preguntó el pianista entretanto, rodeado de cuerpos agonizantes, movía los dedos de sus manos en el aire, hechizado por la música de su dios particular, Chopin, quien, desde el otro mundo, acunaba el sueño eterno de su joven admirador con la pieza favorita de éste: La polonesa heroica.
Álvaro Flores Pacheco
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