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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
…Y todo por culpa de uno de los 5 capuchones de “la Nené”

Cuentos y relatos globales. 26.03.17 
 “A algunos hombres los disfraces no los disfrazan, sino los revelan. Cada uno se disfraza de aquello que es por dentro”.  Gilbert Keith Chesterton
Escribe; Walter E.  Pimienta Jiménez..- Yo no sé cómo diablos en el pueblo, durante la temporada de carnaval, había hombres y mujeres que con algún hecho premeditado, solían disfrazarse de “Monocucos o monacucas” y así ataviados, luciendo capuchones de colorines y caretas puestas, por las noches asistían a los salones burreros en pos de ser el centro de atención del jolgorio y el jaleo como quiera que, ocultando el rostro, los camuflados, pródigos en brincos que parecían un extraño baile  consistente en dar piruetas singulares, desafiando la música, con una intemperancia de lenguaje  muy propia de quienes saben  falsear el tono  de la  voz con el fin de que nadie se percatara de quiénes eran, llevaban a efecto sus  travesuras desafiando el vergonzoso y consabido suceso de que toda  una horda, rodeándole y persiguiéndole, obstinada y comprometida en su contra maldad, no  escatimaba esfuerzos e ingenio con tal de desenmascarar en público al  encapuchado o encapuchada de turno y, entre burlas, abucheos y risas celebrantes, éstos, reembolsarse para sí la canalla hazaña de dejarle en evidencia quedando el colorido pelele o  mequetrefe en mitad  del salón sin defensor ni  fiador alguno, y  comprometido con la deuda moral del  “por qué y para qué lo  hizo” que  no  le dejaría indemne  ante  la chismosa y criticona sociedad de entonces.

Explicado  lo  previo, convengamos ahora  en decir  que nadie era más infeliz entre los  mortales que quien, en la aldea, para  tal tiempo, se proponía de igual modo la antiquísima, popular y  sobada cuestión de disfrazarse de “monocuco o monacuca”, doméstico  atavío  para  el cual, en el almacén de “la Nené”, se tenía, llenos de polvo y colgados en una cuerda en un rincón del mismo, cinco viejos  capuchones esperando todo el año a quien o a quienes se acordaran de alquilarlos por tres pesos  con cincuenta centavos y,  con alguno de ellos arropado, romper  la sumisa paz de la tranquila población y por  lo  tanto,  en honor a los dioses de las bacanales, rentar uno queriendo hacer con ello que su parranda fuese infinita importándole a quien lo  hiciera un soberano carajo que el caluroso evento  tuviese sus altos  grados  de  molestia aprehensiva más que de dicha y pasando el mismo impertinente por  los consabidos…”Ya sé  quién es…es mujé pocque tiene el tobillo  fino”… o por  el sustentado y denunciante grito de: “¡Ese es Juancho  el de Ana por la forma e’ caminaaaá!”…

No bahía en el pueblo ni en los campos circunvecinos quien no conociera los cinco capuchones del almacén de “la Nené”. Uno iba allí a comprar correderas, botones, agujas e hilos y en el lugar de costumbre, concluyentes y como testigos de la última broma, chanza, mascarada, inocentada o fantochada, estaban aquellos sin aún haberle dicho adiós al postrero bullicio. El más usado  era amarillo con azul, anaranjado y rojo; otro, azul con blanco y negro; el tercero, rojo  con  verde y blanco; uno más, verde con pepas blancas  y  rojas y, el quinto, rojo total; todos confeccionados en tela de brillante satín, agradecidos en grado  superlativo con colores chillones y  predicando  mudos este anti litúrgico mensaje…  “llévame, llévame ahora, no importa que estemos en Semana Santa si la vida es un eterno carnaval”.

Dado que disfrazarse de “monocuco o monacuca” no requiere de un mayor ingenio que  no  sea  colocarse una absurda capucha con careta, todo ello aparejado a unas excelsas e innatas condiciones físicas para bailar brincoteando, discurramos también en quienes trocados de tal, admitían las consecuencias que  “el deleite” corporal conllevaba y  así  tenemos que Higinia Arrechea, “probando  tal encanto”, alguna vez echó mano al camufle para, sucediera  lo  que sucediera, en el salón burrero  de  Vicente  Cabo  pillar infraganti  a Vito Andrés, su  marido, quien amorosa,  afectuosa, entrañable, apasionada y tiernamente bailaba con Astrojilda, su acérrima antagonista, “caro objeto” de sus patológicos celos y de su inaguantable desdicha… y entonces ocurre que, en forma inesperada, ella,  descubriéndose  frente a ellos, haciéndola ambos en su  casa, descarga sobre  la otra “su santa indignación” y de aquí en adelante incluya el amable lector en la esperada refriega: mentadas de  madre  en ininteligible yugoslavo, jalones de pelo, furibundas cachetadas, arrastradas y  revolcones…y todo, todo porculpa de uno  de los cinco capuchones de carnaval que en su almacén  “la Nené” alquilaba  por  tres pesos  con cincuenta centavos…

…Y es lo cierto que, a la  inversa, una noche toda  llena de pitones y  prolongadas cornamentas, muy propia de las noches de carnaval,  fue Cornelius del Toro quien igual que Higinia,  llegó a conocer mejor  que  nadie los dolores de la traición ardorosa y  desnaturalizada cuando, disfrazado  de “monocuco bovino”, comprobó  con humedad  de ojos y párpados  caídos, lo que  todo el  mundo sabía menos él; que  Macaria de Jesús Santurbán y Ahumada, su  mujer,  e Isaías, el zapatero, gastando suela en el “Salón Pueblito Viejo”,  le enderezaba y de qué manera el  tacón de la zapatilla  a ésta…Y  para él, quitándose de un tirón la burlona careta, se hizo más triste la enastada oscuridad ordenando enseguida  le  hicieran sonar  en el picó la más infeliz de las canciones que el mundo conoce: “/ Dicen que  los  hombres no deben llorar/ por  una mujer que  ha  pagado mal/”…, y todo, todo por  culpa de  uno  de los cinco capuchones de carnaval que en su almacén  “la Nené” alquilaba  por  tres pesos  con cincuenta centavos…

“Monocucos” hubo en el pueblo, artífices del  engaño y que sin sombra de ser quienes en verdad eran, con  manos  enguantadas, cambiando ademanes y caminado, trasegando en un muy  fino movimiento de caderas,  dominando altos  tacones de domingo, estrecharon cintura bailando con otro  hombre que, seguramente borracho, no  caía en la cuenta de estar  bailando  toda  la noche con uno de su misma especie y género, ensimismado  y entregado en complacencias etílicas con “la rara mujer” vuelta  todo deseo y que en el aprendizaje de su  papel, fingiendo una desbordad pasión con moraleja, del  otro  se reía por  dentro hasta cuando  de golpe su disparejo  parejo, llevado de la  mano  por  el diablo  del ron, agarrando “de aquella” lo que “aquella” no tenía porque era aquel, descubre  la pesada  broma y  puesto en propalada afrenta, decido a matar, ciego  de la ira, con  gritos de…¡Párate ahí  marica! Corre detrás de un escurridizo disfrazado… y todo, todo porculpa de uno de los cinco capuchones de carnaval que en su almacén “la Nené” alquilaba por tres pesos con cincuenta centavos…

…Y  nadie vio  nada, nadie… aunque todos lo vieran: la “maléfica e irresistible mujer” del  capuchón verde con pepas blancas y  rojas, en veloz  carrera, como alma que lleva el  que sabemos, una zapatilla rota  deja en el  camino y  huyendo de la tragedia, como  pudo, voló cercas y  tras el estrepito de una puerta que se abrió y  se cerró de topetazo, escapa del  risible melodrama mientras en lontananza una lejana canción de  carnaval que sale de la bocina del picó del “Salón el Rodadero”, turba el silencio de la  noche… y todo, todo porculpa de uno  de los cinco capuchones de carnaval que en su almacén  “la Nené” alquilaba  por  tres pesos  con cincuenta centavos…

Walter53pimienta@hotmail.com



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