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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
Mi infancia y las inyecciones
| | Cuentos y relatos globales. 12.03.17 | | Escribe Walter Pimienta Jiménez.- De niño, muchas veces vi en el pueblo a “la Niña Ramona” inyectando “bellamente” (lo de bellamente es un decir) a mi padre, aficionado empedernido a la punzante jeringuilla y a las inyecciones de “Complejo B” de Laboratorios LAVET y creyente fervoroso, además, de que todos los males del cuerpo, conocidos y por conocer, sólo se curaban con las “poéticas ampolletas que (permítanme decirlo así), recetadas por los doctores Arango, Torrenegra, Cadena o Bayuelo, efectivas y poderosas, según él y conforme éstos, curaban a los que estaban enfermos de estar enfermos… Allí, en la alcoba de matrimonio de mis progenitores, a mi vista y ante mi cara de terror, en una mesa para ello dispuesta, “la Niña Ramona”, sacando de un pequeño maletín el diabólico instrumento de metal y vidrio seriado en centímetros y milímetros; extrayendo de un estuche menor las agujas sin religión y que empalmaba a las roscas de la jeringa- pienso yo ahora- según la dureza del cuero del paciente, adiestrada de manos, tomaba el frasquito del medicamento que traía además una cuchillita para serrucharlo por su cuellito de botella y con agua destilada, perforando el caucho que servía de tapa al fármaco que, por lo general, venía en polvo, previa la agitación continua de la solución y, después, retirando de la pequeña valija un mechero que encendía con una oportuna mechera de piedra y que daba enseguida una deslumbrante llama azul, cambiando la inicial aguja por una más grande, desinfectaba al fuego la nueva y desproporcionada puya que tendría por destino a una pelada nalga sobada primero con un algodón empapado en alcohol y, habiendo echo antes al émbolo una leve presión que producía el escape de dos burbujas del compuesto… ahora sí… agárrate que ahí te van dolores… dolores suavizados con la cortesía de su voz de esperanza diciéndole: “Respira profundo y relájate que nada te va a doler”, creía yo, seguido de ningún quejido emitido por parte de mi procreador de quien , algo contrario a las fobias, al parecer, como que “disfrutaba” con la rara excentricidad de la belonefilia ( atracción a pincharse y a las agujas). | De “la Niña Ramona”, experta en estos oficios, se contaba tenía “la mano suave”, y siempre puesta al servicio de estos menesteres en cumplimiento de su santa devoción: la de servir invariablemente a la humanidad asumiendo en esta, como enfermera; en otras como maestra alfabetizadora nocturna o a manera de fija congregante de la iglesia en la categoría más esencial, igual que a modo de consejera de matrimonios desavenidos por presentes ausencias y desamores…
Con las inyecciones que “la Niña Ramona” aplicaba a mi padre, a mi madre, a mis hermanas; a Jesús, mi hermano, y en ocasiones a mí, al menos como recompensaba me quedaban, junto con el “lastimoso” recuerdo, la mencionada cuchillita cortadora de vidrio de la ampolletas, y que yo adoptaba luego como eficiente sacapuntas escolar cargada en el bolsillo de mi casa; en tanto que las tapas de caucho que cerraban el frasquito del preparado, hacían de “eficientes borradores” que, entre negros tachones, apagaban manchones en mi libretas y, con los mismos frasquitos que guardaba, “ejercía de médico” en mis juegos de infancia inyectándole a Cristina (mi hermana), sus enfermas muñecas con una espina de limón.
De inyecciones impunes, en este tema, también toca hablar: las aplicaban el doctor Arango y el doctor Torrenegra. Ellos, pinchando nalgas cual si fuesen toreros, a más de uno hicieron ir al cielo para que viera estrellitas tras la cura positiva de un tifo, de un paludismo, de una neumonía o “de una fiebre mala” (nunca he podido saber cuál es la fiebre buena)…o de cosas así que les parezcan; imprimiendo en la práctica del doloroso “garrochazo” un aire de desquite y un esbozo de sonrisa burlona que a lo mejor esto así se interpretaba: “Como no es a mí a quien le duele, jódete y ojalá te cures”…Fue por eso que yo siempre pensé en mi infancia, que si el doctor Arango, en caso de extrema necesidad, al verse por alguien peligrosamente atacado, nunca necesitaría de sacar un arma en defensa propia sino su intimidante jeringuilla de aguja gruesa y acanalada, máquina de muerte para virus y bacterias que, conexa con su “jódedete de filósofo” y su mirada de ojos azules inexorables, curaba porque curaba…
En uso de buenas auxiliares para el caso, la historia del pueblo dirá igualmente que, luego, a Dios gracia, vinieron a ejercer lo mismo: Rosita, la de Baltasar; Rosario Picón; “la Niña Saturia Aceros”; “la Niña Merce”; Regina Alba; Enriqueta, la de Bartolo; Josefina, la de José Arango; Orfelina, la de Ventura; Eugenia, la hermana de Gastón; Bienvenida y Nereida Arteta, dispuestas a cuento para humanizar un poco más el tormentoso martirio pues ya se conocía, en el vasto surtidor de “la terapéutica moderna”, un “calibre” de agujas más finas que si acaso hacían sentir “el rejonazo” como una “suave” picada de abeja, dejando para el museo de los males y dolores, rudimentarios aparatos de castigo, complejos artilugios despreciables más insufribles que una espina de guamacho y que maltrataron nalgas sin corazas protectoras en manos poco delicadas introduciendo en el torrente sanguíneo una bola de fuego caminante bajo la piel y nada comprable siquiera con la punción de un “mosquito tigre” en pleno apogeo de “la medicina del dolor”…
Inyecciones, sutiles inyecciones de mi infancia y que de muchas nalgas dieron cuenta y ante las cuales los hombres más guapos se cagaban y temblaban, tendrán para siempre en “la medicina de la santa aguja”, un lugar bien ganado gracias a la dinastía y estirpe de largas y temibles jeringuillas y que…¡Oh, Dios del Sinaí!...con solo verlas le erizaban a uno hasta el último pelo del culo en la conciencia indolente de aquel médico absolutamente incapaz de resistirse en tal tiempo a mi llanto de niño… llanto de dolor, llanto de aflicción, llanto de necesidad, llanto de tristeza no salido de mis ojos sino del corazón…, llanto del que nunca hubo en el mundo otro igual; lloro de lloros al que sólo ponía fin una dulce “arrancamuelas”
walter pimienta jimenz <walter53pimienta@hotmail.com> |
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