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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
“GIRITO” | | Cuentos y relatos globales. 19.02.17 | | *A merced de su navaja y sus tijeras, recuerda nunca haber hablado mal del peluquero. Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- “Girito” (en este caso el mismo Ángel Arteta, quien en los años de mi infancia viviera en la Calle del Palenque), fue en vida tan buen peluquero que cuando la gentes del pueblo, los domingos en horas de la mañana solicitaban sus servicio y no lo encontraban disponible en su casa, ya que seguro estaba en el casino “El Canato” jugando “diablito” con su amigo de ocios Casimiro de la Hoz, éstos, sus clientes, con algún servicial muchacho lo mandaban a buscar enseguida con carácter de urgencia en atención a que todos en el pueblo, en tal tiempo, tenían por bien la buena costumbre de ver a los demás correctamente motilados, ejercicio con el cual, él, a punta de tijera, se ganaba la vida y le quitaba a las personas esa apariencia de antisociales que tenían por andar tan peludos , así se gastara en la inconmovible y paciente tarea algo más de mediodía desenmarañándole a los cabellones sus pelos rígidos, inflexibles y tirantes, con tal de hacerles parecerse nuevamente ante el espejo y los ojos de los demás como personas confiables y civilizados seres humanos… -Espérenlo, él viene ahora- decían los solícitos vecinos- no se vayan. No demora. | El hecho era que “Girito”, los domingos, por ociosidad y desde hacía muchos años, si sus clientes no le aseguraban antes que requerían ese día su oficio, a la fija se iba para la aludida casa de juegos considerando que los ciudadanos de bien, como él, también tenían derecho a una mano de “fierro bravo” retando allí a Casimiro, a “Cornetica” o a “Carlos Chillo”, sus adversarios de mesa, así como también a dar en la misma jornada, un pésame pendiente o a asistir a un entierro inesperado porque, antes, en su época, nunca faltaba quien necesariamente se le diera por morirse de repente un domingo bien temprano aprovechando la fresca y de esta manera la mayoría de la gente, teniendo la mejor buena voluntad y suficiente disponibilidad de tiempo, antes de crepúsculo, asistieran a su sepelio en comitiva. Pacífico y servicial, incapaz de tocarle un pelo a otro que no fuera en el ejerció de su peluquería, “Girito” fue siempre un hombre querido por todos los habitantes del pueblo con ese cariño sincero a que se hacen acreedores los peluqueros que, en razón de su ética y buena conducta, como en su caso, no obstante tener peligrosamente tijera y navaja en mano, del parroquiano de turno olvidó ofensas y que, sentado en su silla giratoria, con la yugular palpitante preñada de sangre, nervioso sudaba y cobarde carraspeaba temeroso al tiempo que por necesidad y disimulo, sobre un tema insustancial, hablaba y hablaba… …Llegaba el usuario a motilarse donde el personaje de esta historia y era él quien, saludando al recién llegado con un profundo respeto y una reflexiva reverencia de peluquero antiguo, acción seguida, ordenando al usuario se acomodara en el sillón, con una sábana blanca y limpia olorosa a naftalina, como amoroso padre lo cubría y entonces éste, alimentando cortesías y parabienes de deferencia, preguntaba a aquél por su familia y así, dispuesto todo, herramientas en manos, buscando el mejor perfil de aquél , iniciaba en el instante supremo la aparición asombrosa de otra persona que la luz del espejo colgado en la pared de la sala de su casa, dejaba de ser la misma a quien paciente motilaba y que poco a poco iba pareciéndose a sí misma, a su propia imagen y semejanza, dejando furtivamente de existir en aquella rara y extraña salvaje entidad peluda que anteriormente fuera y que ahora, perplejo, dándose una profunda mirada interior de comprensión, motilándose desde entonces mes a mes por saludable costumbre donde “Girito”, dejaría de serlo por siempre jamás durante toda su vida… Con “Girito”, Joselito y “Vicente Altafulla”, se acabaron en el pueblo los últimos peluqueros: la técnica y otras vainas raras se llevaron por delante el encanto de esa institución rural pintoresca por sí sola… Olían sus lugares de oficio a antiséptico concentrado y fueron las conversas a en tales lugares generadas, recetas filosóficas para la vida… De la política local, nacional e internacional, allí también, con profundidad y sapiencia se opinaba y, sin discusión, era el peluquero quien más sabía con derecho a pensar mal de todos y bien del resto del mundo… Fue quizá por esto que alguna vez el poeta cartagenero Luis Carlos López bien dijo de ellos esto: “El peluquero del pueblo es un empedernido jugador de baraja que oye misa de hinojos y habla bien de Voltaire”…y de ello no escaparía “Girito”, ni los otros, domesticando a punta de embravecida lengua, entre las fichas del dominó y los comadreos callejeros, a los ovejas negras descarriados y, por igual, a las indómitas y pérfidas suegras… …Tenía voz y voto el dueño de esta memoria ante el alcalde del pueblo y frente a aquella sociedad que alguna vez le hizo personero lo mismo que peluquero con cortes a lo “Girito”; es decir, sustentados de vez en cuando con uno o varios primitivos trasquilones… La historia definitiva de las enjabonadas barbas más duras del pueblo, pasó peligrosamente con los ojos cerrados muy cerca de la arteria yugular “acariciada” por la filosa navaja de “Girito”…y las pelambres de la alegre juventud también; haciendo cantar él sus competentes tijeras cerca de los oídos de su asidua clientela que sin necesidad de visible letrero en su puerta, iba a su peluquería desprovisto de dirección urbana abreviando la misma en las seis letras de su apodo: “Girito”…sinónimo de experiencia y predilección…y de quien, por aquello de “su cuchillo de oficio” y su pulso firme y por hombre de entera confianza, era imposible imaginar siquiera un degollamiento de palabra y pensamiento. Muchas veces la suerte de un empleo en Barranquilla publicado en los avisos clasificados de El Heraldo, exigiendo del postulante o escogido no ser mayor de treinta años de edad, buena presentación y apariencia, estuvo en el correcto motilado de poeta o presidente que “Girito” hiciera a éste dejándole sobre el cuello visibles estrellas de talco y ante el pulido espejo, una cara de recién nacido… …Y cuentan los hombres dignos de fe y que solían motilarse donde “Girito”, que un día la muerte, exenta de aviso previo, entró a su peluquería y diciéndole: “me toca a mí y apúrese que se nos hace tarde. Haga usted su trabajo que yo hago el mío”, evitando mirarse al espejo porque sentía miedo de ella misma, sin permiso ocupó su sillón y que él, motilándole a la pelona su escaso e hirsuto pelo, ésta, bajo un cielo cualquiera y contenta con el corte que él le hiciera, se lo llevó para el cielo donde ahora es el peluquero de Dios… Walter53pimienta@hotmail.com |
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