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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
Casimiro y "El Aire"... "El Arte" y...

Cuentos y relatos globales. 29.01.17 
*“Mi carro no bota aceite, está marcando su territorio"
 (Frase escrita en la defensa de un camión)

Escribe; Walter E.  Pimienta Jiménez.-  Hacia mil  novecientos  y  pico ( siempre  hay en la  suma imprecisa de los años “un pico”, largo o corto; pero  lo  hay y, en este caso, póngalo usted del  tamaño que  quiera), en pleno atraso municipal, por  una abrupta trocha o camino  de herradura mal llamado “Carretera del Algodón”, luego  de ocho  horas con cuarenta  y  cinco  minutos y  doce segundos  que  durara la penosa  travesía –por  así  calcularlo-,  habiéndosele pinchado entre los lodazales tres veces una misma  llanta, y derramando  aceite por alguna parte, pitando alegre en señal de triunfo, llegó por  vez  primera  al pueblo “El Aire”, el  camión de  Casimiro…o Casimiro, el chofer de “El Aire”…
“El Aire” tuvo  por dueño y conductor al  siempre visionario y  emprendedor Casimiro de la Hoz Ortega, barranquillero él, casado aquí y  radicado entre los nuestros hasta  el día de su  muerte, y quien vio en la entonces primitiva plaza el lucrativo y decente negocio sin competencia de transportar por  igual en su  camión hasta  la  ciudad a los pasajeros lugareños junto con sus productos de labranza.

Casimiro tuvo  cara  de cura; pero  no  lo  fue, de médico y tampoco lo fue…su perfumada  presencia, su  ropa elegante, su anillo de oro y  con piedra  ónix al dedo anular  de la mano derecha y  sus finos zapatos de dos  tonos  y  con hebilla de plata, decían de él otra cosa…, decían que, además de hombre sabido y  empresario, poseedor de una bonita letra que  usó  para  escribir por encargo cartas ajenas y  que posteriormente le serviría para hacerse notario casi vitalicio, fue también listo piloto de su asombroso e  historico “FORD”, “El Aire”…y, de la suerte y el albur un efervescente, entusiasta y  empedernido jugador y, a la par, lector de revistas y  periódicos que, en la oscuridad de los tiempos, le hacían más culto y le entretenían en aquel desierto cultural en que  vivía descifrando en sus  ratos de ocio jeroglíficos teniendo en cuenta normas de costumbres , así  como  también resolvía crucigramas silábicos que  se sabía  de memoria.

A decir  verdad, por  muchos  años el  nombre de Casimiro estuvo estrechamente ligado al de “El Aire”, su  camión de carga y  pasajeros o, mejor, el de “El Aire” al suyo y  para  el caso era como si entre los  dos, palmo a palmo y contra el atraso de tales años, librara una desigual batalla que  fuera menester ganar en nombre del  desarrollo y de la  historia a pesar  de la resistencia y el querer de una naturaleza antagónica a la llegada del alumbrado eléctrico y a la formación de los primeros jóvenes renovadores bachilleres, adolescentes soñadores, anfitriones sórdidos,  vegetando entre la indiferencia desdeñosa, hostil e irracional de una sociedad que les prohíba traspasar las cimas de las lomas de Cazuela en busca de un destino promisorio y de un mejor futuro…

…Y entonces llegó Casimiro y con Casimiro “El Aire”… y con “El Aire”, Casimiro…y  mostramos sin miedo la cara a otros y en  aquel  tiempo se pensó en los libros, en las letras y los números que se enseñaban en las escuelas y  colegios de la  ciudad…y en el encuentro  arriesgado con ésta, traído de allá, abismados conocimos el  portento  del  hielo y  el sistema métrico decimal para  medir terrenos y parcelas y  el  norte de la  brújula y  los puntos cardinales y ahora  sí  saber por  fin dónde estábamos parados…
…Y entonces llegó  Casimiro y  con Casimiro “El Aire… y con “El Aire”,  Casimiro y abrimos los  virginales ojos al  mundo como  con 150 años de demora anclados en una estación por  siempre  elemental y  doméstica, detenidos en la crianza de cerdos, gallinas, burros, vacas, mulos y  caballos, ocurriendo que allá, allá  afuera todo   para  nosotros apenas empezaba…

El viaje del pueblo a la ciudad resulta ahora demasiado fácil y cómodo, pero en tiempos de Casimiro y “El Aire” o, mejor, de “El Aire” y Casimiro, por entre los atollantes barrizales de Cazuela  y  Tubará, la inédita aventura duraba días en  búsqueda de lo  desconocido…y él lo sabía, sabía que aquellos montes eran mutación de la selva; que los arroyos bramaban entre los socavones…y él, él, cual “caballero andante motorizado”, reventando cadenas de jalamiento  y de  amarres, procedente de la urbe, en cada homérico  viaje, descubría  de nuevo  esta  tierra, hazaña que  los textos de historia olvidaron sin darle al pionero personaje el  merecido título de: “descubridor de caminos”…

Hoy los pueblos se hacen de la noche a la mañana; pero en tiempos de pero en tiempos de Casimiro y “El Aire” o, mejor, de “El Aire” y Casimiro, los dos, como salidos del barro y templando el alma como el hierro, se hacían a golpe de buenas voluntades porque el milagro estaba en hacer lo bueno por costumbre...

Con el paso de los años y siendo yo apenas un niño, desvencijado y sin poder jamás resucitar, carcomido por el cáncer del óxido, abandonado a su  suerte y sirviendo para  nido de gallinas, en el patio de la  casa de Casimiro conocí lo que quedara de “El Aire”, vieja estampa del pueblo  hacha chatarra de un mundo que para  todos, hacia  mil novecientos  y  pico, apenas comenzaba y que,  como evidencia del tiempo, me mostraba en su roto timón las verdaderas dimensiones de lo que  ahora es nuestro  destino…

 Walter E.  Pimienta Jiménez.

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