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-Historias para ganarle al olvido-
Un relato de Navidad… Un chicharrón para “prima Cristi”
| | Cuentos y relatos globales. 15.01.17 | | *A todo puerco gordo le llega su San Martín. Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- ¡Corran! -¡Corran! ¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Se me muere la puerca! ¡Se me muere la puerca!...Gritaba desesperado “primo José Ángel Molina”, quien, agitando las manos, pedía a sus vecinos, a voz en cuello, alguna forma de ayuda en su afán por salvar a su más estimado animal de chiquero por el cual nunca quiso recibir en compra y venta cualquier cantidad de dinero. La voz que pedía auxilio, llevada por las brisas ventoleras del más alegre diciembre que en mi natal Juan de Acosta se viviera, corrió calle arriba y calle abajo, penetró claraboyas y calados; abrió viejas ventanas, puertas falsas y portones, alarmando al vecindario de “El Repaso” que, con el angustioso llamado, se asomó todo asustado. De inmediato, como disparados por un invisible resorte, los hermanos: Tomás Alfonso, Lucho y Napoleón Coronell; Óscar, Toribio y Juancho Rocha; acompañados por José Rafael (hijo del dueño de la puerca del cuento), quienes desde bien temprano, contentos y animados, en la esquina de Conchita Arteta, tomaban ron anisado, seguidos de una bulliciosa chiquillería –entre quienes desde luego me encontraba yo- nos volcamos oportunos a la casa de quien, preocupado, algo nervioso y ofuscado, requería la más pronta colaboración. | -¡Vengan! ¡Vengan a ver qué podemos hacer por ella pronto!- dijo el amo del paquidermo llevándonos hasta una esquina del patio en donde “la Reina” –así la llamábamos todos en el barrio- su preciosa, grande y gordísima puerca criolla, tumbada de lado, de media cara al sol y mirando al cielo con ojos desorbitados, se moría chillando ronco.
Aglomerados en la puerta del establo, atónitos, inmóviles, impotentes e impresionados, ninguno supo qué hacer en favor del adolorido animal que, no obstante, se aventuró a pararse, levantó la cabeza, nos miró por última vez fijamente como despidiéndose y, dando tres aterradores brincos, cayó exánime en la húmeda arena y sobre las hojas frescas de bleo que no alcanzara a comerse.
La verdad era aplastante y apabullante; “la Reina”, la misma que los vecinos de la “Calle del Repaso” mimábamos y cuidábamos cual si fuese de todos y de cada uno de nosotros, había muerto. Sí, había muerto sin que por ella algo hubiéramos hecho, dejándonos con su partida un nudo de rabia en la garganta y mientras nuestros corazones parecían salírsenos del pecho.
¡Qué percance! “la Reina” había muerto y sólo nuestra santa patrona, la Inmaculada Concepción, y las oraciones que la muy devota “Niña Ramona” nos enseñaba en el catecismo, la hubieran salvado de aquel angustioso trance, alcancé a pensar… ¡pero qué va!...Todo fue un fracaso. La Inmaculada Concepción no vino en su ayuda y las oraciones, si fue que mentalmente de parte de alguno las hubo, de nada sirvieron en este caso. Sí, era cierto, “la Reina” había muerto y ya no la veríamos por las aceras hocicando cualquier alimento callejero. Ahora no le llevaríamos desperdicios de comida en nuestro interés de que, con el suero de los quesos caseros, aumentara en libras y arrobas su gordura y su peso. Tampoco la devolveríamos a sus dueños hasta el corral cuando esta, descuidadamente, se salía para exhibir, “como una reina”, su cría, sus perniles y ancas carnosas, “desfilando hazañosa” entre las demás puercas flacas, “envidiosas” y callejeras porque, en verdad, eso era ella…, “una auténtica reina”, “ la reina de las puercas en la comarca costera”…
Sí, “la Reina” había muerto y ante su tendido cadáver la frustración y el pesar hacían estas preguntar flotar: ¿Resultaron vanos tantos sacrificios hechos por su amo para salvarla de una peste que se llevó a su puerca madre y a sus diez hermanitos cerditos? ¿Valió la pena criarla con tetero, como si fuera un bebé, amansarla y enseñarle a comer agradecida en las manos?... Atrás y con su partida quedaron los cuidados y mimos que “primo José Ángel” le prodigara con tal de no verla preñada sino cada vez más gorda y “preciosa”, motivo por el cual se supo que todos los “cerdos barracos” que había en el pueblo, esa mañana, enterados de la triste noticia, lloraban la “virginidad cerduna” que “la Reina”, intacta y orgullosa”, al otro mundo se llevaba…
¡Caramba, qué vaina!- se lamentó Óscar Rocha. -Tuvo muerte como de gente buena, ni a cuchillo ni a garrote- consideró Napoleón. -Oigan, y la vamos a dejar perder- sentenció Tomás Alfonso, insinuando con esto al dueño de la puerca la descuartizara y sus carnes diera en expendio-
-Hombre, ustedes me creen loco. Yo no hago eso con este animal… ¿No ven acaso la muerte rara que tuvo? ¿No entienden que a lo mejor murió envenenada o de algún extraño mal? Además, les hablo en serio, en esta casa hemos querido tanto a esta puerca que, si por mí fuera ya le tendría un velorio y la enterrara en el cementerio. Cómansela si quieren; pero eso sí, si alguno se muere yo no respondo por nada- opinó y advirtió “primo José Ángel” quien, para deshacerse de la presión que le ocasionaban, esto recalcó en forma malhumorada:
-Procedan, procedan para ver cuántos quedan vivos y para ver qué les pasa.
…Y se fue de la puerta del corral encerrándose en su casa con el alma derrotada…
Tomás Alfonso, Lucho, Napoleón, José Rafael, Óscar, Toribio y Juancho, por unos segundos se miraron entre sí y fue precisamente este último quien, rompiendo el fúnebre silencio, con voz animosa, dispuesta y azuzadora, dijo:
-Pelaos, busquen leña para el fogón, consigan tres bindes, traigan sal, presten un cuchillo mata ganado, una mesa, un caldero, presten un galón y pongan agua a hervir que Tomás Alfonso descuartiza la puerca ahora.
Minutos después, todo lo que nos ordenaron, presto se tubo a la mano y la puerca, asida por las patas, por el rabo, la orejas y el hocico, con gran esfuerzo y trabajosamente, por todos nosotros del chiquero fue sacada y llevada hasta una mesa donde Tomás Alfonso, con el acero empuñado, buscándole el corazón con el tacto, le asestó una profunda cuchillada. La sangre no se hizo esperar; le saltaba a borbotones, al tiempo que yo, en mi inocente ignorancia, esperaba que “la Reina”, tristemente se quejara y arrebata de dolor, de la mesa se bajara para atacarnos con furiosas dentelladas. Pero no, es esto no era posible –me dije- porque “la Reina”… ¡Pobrecita!...Ahora estaba dos veces muertecita.
Bañaron a totumadas de agua hirviente todo el cuerpo de la puerca desprendiéndose de ella una nube de vapor caliente, mientras que el diestro cuchillo, en manos de Tomás Alfonso, ahora yendo, ahora viniendo, cortándole las gruesas cerdas, en poco tiempo, le dejaba la piel blanca y rasurada. Acto seguido, con pulso firme y maestría, con un corte en redondo estéticamente hecho, le cercenó la cabeza; con la punta del cuchillo le rajó el “atamborado” y tenso vientre, intrigado le sacó las entrañas y allí nada anormal encontró que considerara le hubiese producido a “la Reina” esa muerte tan extraña. Cortó patas y codillos, perniles y espinazo y todo aquello dispuso colgándolo en las estacas de la cerca como habitualmente se disponen las carnes de una matanza para la venta y buen uso.
Sin parar en lo que hacía, Tomás Alfonso, con los filetes carnosos, como experto cocinero, bañados en agua-sal, sacó varios chicharrones que tiró en el hirviente caldero. No fue sino cuestión de esperar. En su manteca bullente y natural, rodeados de amarillentas burbujas, los trozos de carne parecían ahora bailar desprendiendo en el ambiente ese penetrante y agradable olor que tiene el cerdo frito y que despierta enseguida al más dormido apetito. A su medida y su tiempo, más o menos a la hora, ya se tenía servida una chicharronada tentadora pero, recordando lo que “primo José Ángel” les advirtiera, no se atrevían a probarla por temor a que alguno envenenado muriera… y entre todos, por efecto de los rones, discutían si a un pero poner a probar primero o botar los chicharrones. La polémica seguía sin hallar acuerdo alguno y fue “el genial” Napoleón quien esto pensó y dijo oportuno:
-Un momento. Ya tengo la solución. Yo le llevo a “prima Cristi” un chicharrón pa’ que se lo coma. Esa pobre vieja tiene más de 100 años y ha vivido mucho y si se muere, que se muera…y si no se muere en dos horas, entonces hacemos la fiesta y nos comemos la puerca.
-¡Aceptado!...Dijeron todos sin condenar algo tan desquiciado.
En efecto, “prima Cristi”, anciana vecina del barrio, tullida, ciega y florecida en canas, ya no cumplía años, cumplía virtudes y aunque tenía comprado el cajón para el gran viaje del alna, al cuidado de su octogenaria hija Conchita, era un reto a la vida y para esos días no anuncia todavía su partida.
Convenido en lo propuesto, engañando a Conchita, de la anciana la cuidandera, diciéndole que su mejor amiga, Eloína, tenía que hablar algo urgente con ella, Napoleón tuvo acceso al cuarto de la inocente viejita llevándole en unas tusas el más tierno chicharrón.
-Buenas- saludo el intruso.
La ciega que se encontraba sentada en su mecedor de balancines, movió la cabeza en dirección de la voz y en tono rimado dijo:
-Por lo fuerte de su respiración, puedo decir que a mi cuarto ha entrado un hombre que acaba de beber ron.
Napoleón hizo un esfuerzo para no alterarse y le contestó:
-Sí, prima, soy yo, el hijo de Arcelia. Aquí le mandó “primo José Ángel” un fresco chicharrón y como tanto la quiere, desea que usted los pruebe.
Con el alimento en las manos, la anciana jubilosa se paladeaba gozosa y luego de una aspiración profunda, comentó:
-Por su olor y suavidad, juro que el chicharrón que me como no es de puerco, es de puerca y muerta en virginidad.
Asustado, nervioso y sudado, Napoleón salió presuroso del cuarto sin ser por Conchita avistado y corriendo llegó a la matanza diciendo a sus compañeros que “su trabajo” estaba acabado. Estos, tensos y expectantes, como arrepentidos por lo ocurrido, se miraron interrogantes viviendo minutos intensos. Nadie sabía qué hacer. La parranda perdió color y calor. Se temía lo peor. Juancho propuso entonces medir en su reloj el tiempo que parecía no correr. Quince minutos pasaron y, a juzgar por la tranquilidad que en la “Calle del Repaso” había, y porque no doblaban a muerte las campanas de la iglesia, “prima Cristi” vivía; pero eso no les alentaba y a toda la suerte de la ancianita preocupaba. Una hora y “prima Cristi” vivía y sus semblantes fueron cambiando y hasta por la salud de la querida viejita, sobrecogidos estaban rezando. Hora y media y “prima Cristi” vivía y el optimismo poco a poco les volvía. Dos horas y “prima Cristi” vivía y siendo así, hubo gracias a Dios, hubo vivas, hubo aplausos y sonrisas y risas de triunfo y alborozo desvanecieron lo más negros crespones luctuosos…Hubo fiesta, hubo rones, hubo esplendor y para toda la vecindad, chuletas y chicharrones. Se repartieron perniles y con la aceptación del año de la puerca, en todas las casas del barrio se cocinaron, ricos al paladar, pasteles navideños… y en la “Calle del Repaso”, aquel lejano 24 de diciembre, entre vinos con sabor a gloria y a nostalgia y sin muertos que lamentar, se decía en el parrandón que “la Reina”, por querernos tanto, se murió de un ataque al corazón…y para terminar felizmente el cuento sólo me resta decir que, cinco años después de la gran fiesta ocurrida, de repente, igual que “la Reina”, en olor a santidad, con un crucifijo en el pecho y orando por sus hijos, a “prima Cristi se le apagó la vida muriéndose de lo que le dio la gana…
Walter53pimienta@hotmail.com |
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