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¿Como le dices a Dios que no?
ÚLTIMO CAPÍTULO: EL PLAN OCULTO
Cómo le dices a Dios que no. 26.12.16 
Los días transcurrieron, y con ellos volvió a llegar la marcha temporal de Katheryn. La soledad embargaba a Marcus. Ella se había ido, esta vez para volver; Jess y Nu se encontraban más allá de ese infranqueable muro, que sólo podría derribar si se decidía a amarla como ama el amor. Entre las dudas y los miedos, recibió una llamada de la N.A.S.A que lo cambiaría todo.
    -¿Hay algún problema?, contesto esperando lo peor.
    -No podemos hablar de ello por teléfono. Le reservamos un billete, tiene que estar aquí mañana.
    -Debo suponer que de no ser necesario dispondría de más tiempo para este viaje.
    -Se encuentra en lo cierto, Doctor Wainwraight. Ya nos encargamos nosotros de hablar con el Profesor Rusell. No se preocupe por nada que no sea estar aquí mañana.
    -Pero los datos que hemos recibido hasta la fecha en el Brookhaven, son coherentes.
    -Lo que nos preocupa no está en los niveles de rayos gamma detectados.
    -Entonces no entiendo en que les puedo resultar de ayuda.
    -Por favor tiene en su e-mail la reserva de avión. Le esperamos mañana a la tarde. Habrá alguien para recogerle en el aeropuerto.
    -¿Estarán con algún identificativo?, pregunto desconcertado.
    -No se preocupe, le reconocerán.
    -Entonces le veré mañana, Doctor Keitel.
    -Hasta mañana. Que tenga buen vuelo.

Debía dejar arregladas unas cuantas cosas antes de coger ese maldito avión. Además desconocía si estaría más de un día, el billete era sólo de ida. Mientras estaba zanjando algunas cuestiones con su ordenador, notó que le desaparecía un fichero del escritorio. El pensó que no tenía tiempo para estas cuestiones. Por seguridad decidió desconectarse del servidor del laboratorio. Al fin y al cabo no había nada que no pudiese esperar.
    Fue a por su maleta, la de tres días máximo. Así clasificaba Marcus su equipaje: un día, tres días, más de tres días.  Estaba guardando el famoso calzoncillo de acelerador lineal en uso cuando… Le pareció escuchar unos pasos en el piso de su enigmática vecina. No podía ser; el ordenador haciendo cosas raras otra vez, y parecía que ya se encontraba la inquilina del 16-E, otra vez de vuelta. Le entraron unas irrefrenables ganas de subir, lo que podría llegar a suponer un peligro si lo hacía solo, sin saber a lo que podría llegar a tenerse que enfrentar. Lo más sensato sería aclarar ese tema a su vuelta. Ahora lo importante era lo que se encontraría en la N.A.S.A.  Se fue a dormir, mejor dicho, a intentarlo, porque trataba de afinar su oído todo lo que le resultaba posible, para sacar alguna conclusión acerca de lo que ocurría en el piso de arriba. Curiosamente esta vez los sonidos remitieron enseguida, hasta que un tipo le despertó a la mañana siguiente cantando: It´s a beatiful day, don´t let it get away. Aunque Marcus no estaba muy de acuerdo con la opinión de Bono: un bonito día; ningún día podía ser bonito tan temprano, si ni siquiera las aceras estaban puestas todavía. Pero ya se sabe, los irlandeses son más optimistas. Una vez en hall, le preguntó a Bill si le constaba que hubiese vuelto su vecina. El respondió que había llegado el día anterior, con menos maletas de las que había llevado, pero con una metálica grande, como las que se suelen utilizar para transporte de equipos electrónicos. Esto despertó más incertidumbres, si todavía cabía alguna más, en Marcus.
    Una vez sentado en el avión, trató de cerrar los ojos; más que por sueño, por evitar dar conversación a las dos Señoras mayores que tenía por compañeras de asiento, y que sólo hablaban de enfermedades y funerales. Él suponía que llegados a ciertas edades el concurso de dolencias padecidas debía ser uno de los pasatiempos favoritos. A veces en duras partidas transcurridas a la luz de una lámpara de mesilla, enfocada sobre un tapete de ganchillo y un té acompañado por unas pastas, se libraban las más duras partidas:¨ artritis y triple bypass. Lo veo, y subo la apuesta con prótesis de cadera y pérdidas de orina¨.
    Entre cabezaditas de sueño, catering, películas y viajes al servicio para estirar algo más que las piernas, transcurrió el viaje. Eso sí, con sus nuevas compañeras, que como corredoras de maratón, mantuvieron su ritmo pausado pero constante, desde el principio del vuelo hasta su llegada, con una narración pormenorizada de todo tipo de calamidades. Al modesto entender de un neófito en este tipo de materia Marcus, consideraba que la ganadora a los puntos era Angelina, su compañera del asiento derecho.
    Recogió su equipaje de mano y se dirigió a través del finger a la salida. Su equipaje de tres días le permitía no tener que facturarlo. Una ventaja a la hora de desembarcar.
    -¿Doctor Wainwraight?
    -Sí.
    -Soy John Stamford. ¿Ha tenido un buen vuelo?
    -Lo habitual: unos ancianos comentando su historial médico, alguna turbulencia que otra, una comida que parecía goma, y…
    -Debo entender que venía con algún viaje de la tercera edad.
    -Algo así debía ser. ¿Me podría decir cuál es el motivo por el que me han hecho venir desde Nueva York con tanta urgencia?
    -Me temo que no. Hasta que se encuentre en el centro con los doctores Smith y Keitel y su coordinador el Profesor Lutensky.
-¿Tendré que aguantar la intriga hasta ese momento? Bonito monovolumen, se ve que disponen de buenos recursos en la N.A.S.A
-Es normal, hay un gran desplazamiento de gente entre el centro y el aeropuerto.
    -¿Ha venido a recoger a más gente al aeropuerto, para la misma reunión a la que acudiré yo?
    -Sí. Han venido del C.E.R.M, de Suiza. Pero ya se han ido esta mañana.
    -¿Me disculpa un momento John? debo hacer un par de llamadas.
    -Mat, soy Marcus. No estoy en Nueva York, me ha resultado imposible hacer una valoración de los ficheros que me has enviado.
    -¿Dónde estás?
    -Con mis amigos de la N.A.S.A.
    -Le rogaría que por teléfono personal, no comente nada del motivo de su visita aquí.
    -Gracias John, pero desconozco el motivo, insisto una vez más.
    -¿Qué dices del motivo, Marcus?, me pregunta Mat, escuchando mi conversación con Jhon.
    -Nada, Mat. Ya hablamos. Simplemente coméntale al Profesor donde me encuentro, y que tan pronto me sea posible le llamaré.
    -Vale, así lo haré. Espero que no te metas en problemas Marcus. Ya nos llega con la desaparición del Doctor Siwon.
    -Ya hemos llegado. Debe ponerse esta acreditación. Sus datos ya están incorporados en nuestra red de seguridad.
    -¿La ropa interior no…? bromeo con cierto nerviosismo.
    -Por su puesto, la ropa también. Estará en zonas donde la contaminación biológica podría arruinar una misión espacial.
    -¿Lo dice en serio John?
    -¿Pensaba que era el único que podía hacer bromas con cara de jugador de póker?
    -Debo reconocer que me ha pillado, reconozco mientras intento no ruborizarme.
    -Doctor Wainwraight. Muchas gracias por acudir a nuestra llamada con tan escaso margen de tiempo.
    -Lo importante es que les pueda aportar algo. Me extraña mi presencia aquí, tanto usted Graham, como usted Stanley, están ampliamente capacitados en su campo, el cual no domino.
    -Si le parece bien vamos al despacho del Profesor Lutensky.
    -Tienen unas magníficas instalaciones, comento como el que habla de la predicción del tiempo
    -Hay mucha gente trabajando aquí, responde de forma concisa Stanley. Doctor Wainwraight le presento al Profesor Lutensky.
    -Antes de nada quisiera pedirle disculpas por haberle hecho venir desde Nueva York con tanta rapidez. Créame Doctor Wainwraight si le digo que es por un motivo más que justificado. Puede que nos encontremos ante la constatación de uno de los descubrimientos más grande de la breve historia de la humanidad. Sabe que aquí en el Jet Propulsión Laboratory, disponemos de diez personas dedicadas a monitorizar y seguir a las sondas Voyager desde hace más de treinta años. Sabrá que la sonda Voyager 1 fue lanzada el cinco de septiembre de mil novecientos setenta y siete, actualmente se está adentrando en el espacio profundo, fuera de la influencia de los vientos solares.
    -Sí por supuesto, soy consciente de todo eso. Lo que no alcanzo a entender es que me quiere decir.
    -Va necesitar sentarse, Doctor Wainwraight.
    -Ya estoy sentado. Y le puedo asegurar que en toda mi vida nunca he estado más nervioso, Profesor.
    -Y es normal. Desde que la Voyager se ha adentrado en la zona de donde proviene la radiación gamma que ustedes han procesado en el Broohaven Laboratory.
    -¡Por favor acabe, Profesor!, no aguanto más.
    -Estamos recibiendo la telemetría de la Voyager 1, como si estuviese en el comienzo de su viaje.
    -No puede ser, digo intentando convencerme a mí mismo también.
    -Los datos de trayectoria y posicionamiento, que hasta hora tardaban quince horas en llegar y otras tantas en volver, nos muestran que la sonda se encuentra en los primeros meses de su viaje de treinta y seis años.
    -Puede ser un fallo de la sonda.
    -Me temo que no, Doctor Wainwraight. Si fuese así, emitiría datos aleatorios, nunca siguiendo exactamente la trayectoria originaria.
    -Pude tener un problema en el procesador central y estar emitiendo datos de la memoria.
    -¡Doctor Wainwraight!
    -Lo sé, lo sé. Pero me cuesta asimilar lo que significa. Soy consciente que hace tanto tiempo no había ninguna memoria con capacidad para almacenar todos los datos de navegación de treinta y seis años. ¡Díganme que no es una broma!
    -Seguramente lo es. Pero no nuestra, sino de Dios.
    -De alguna manera nos están llegando señales de una dimensión paralela. Si es así sería la demostración de que el desequilibrio entre materia y antimateria, se ha debido a que esta última se encuentra en un universo paralelo ¿Qué opina usted Profesor?
    -Me temo que tienen razón, aunque ahora en este momento eso es lo menos importante. La pregunta que quería hacerle es si está usted seguro de las mediciones de rayos gamma que han realizado
    -Absolutamente, Profesor.
    -¿Es consciente de que en lo sucesivo necesitaremos un control absoluto de toda esta información, y que sólo el Profesor Rusell y usted tendrán conocimiento de lo que está ocurriendo?
    -Por supuesto. ¿Qué haremos a partir de ahora, Profesor Lutensky?
    -Monitorizar.
    -¿Sólo eso?, pregunto desesperado.
    -Si dispone de otros treinta y siete años, tal vez podríamos ir allí a ver si la fuente de rayos gamma supone un portal entre dimensiones en el cual se encuentra atrapado nuestra sonda.
    -¿Siguen recibiendo la señal originaria del Voyager 1, aquí en el Jet Propulsion Laboratory?
    -Me temo que no. Sólo la de hace treinta y seis años.
    -Eso indica que estamos recibiendo señales de radio desde otra dimensión.
    -Tal vez. Podría haber alguna explicación más racional, de la que aún no seamos conscientes: el eco de las ondas enviadas hace décadas rebotadas en el espacio y de vuelta ahora.
    -Casi lo preferiría, Profesor Lutensky, aunque ambos sabemos que sería una recepción discontinua e incompleta, y eso, olvidándome de que sería imposible por la potencia con la que emitía la sonda.  ¿Se imagina si transciende a la población la existencia de otra dimensión? Todas las preguntas que se generarían, expectativas: la vida antes de la vida y la existencia después de la muerte, los problemas religiosos que se generaría, la existencia de un ente supremo…
    -Si existe un arquitecto supremo, confío en que aún guarde los planos. Doctor Wainwraight, le voy a enseñar el mapa de trayectoria de la sonda y donde hemos empezado a recibir los datos de navegación iniciales.
    -Impresionante, justo donde se detecta la emisión de rayos gamma. ¿Se podría reorientar la trayectoria de la Voyager 2 en esa dirección?
    -No, no conseguiríamos suficiente empuje gravitacional de Plutón para enviarla al encuentro de esa fuente de energía y poder valorar lo que sucede. ¿Se da cuenta que posiblemente este es el hallazgo más importante de la historia del ser humano? Y desgraciadamente no podremos ver si estábamos en lo cierto hasta dentro de otros treinta años: no existe ningún sistema que nos permita llegar mucho antes, sólo nos resta que nuestra telemetría varíe o que los datos que ustedes procesen del AMS desde el Brookhaven Laboratory nos aporten algún dato revelador al respecto.
    -Vamos a tener que vivir el resto de nuestras vidas con la duda de lo que significa todo esto. Parece imposible que sea fruto de una casualidad, es como si una gota de agua en el océano partiese desde Nueva York y finalmente, al otro lado del océano, se encontrase en el punto y en el momento adecuado.
    -Me temo que sí, mi joven colega. A mí me quedan menos años que usted por sufrir, y menos posibilidades para saber si el viaje de mi muerte será el último. Aunque no seré yo quien le diga que no a Dios.
    -Podemos llegar a un acuerdo, Profesor: si usted muere antes de que descubramos algo, le prometo que le llamo al más allá para indicarle qué universo es el mejor, en caso de que no tengamos más datos, una vez usted nos abandone, prométame que nos hace una llamada a cobro revertido para decirnos que le pasó a la Voyager 1.
    -Es usted un tanto irreverente, ¿no le parece?, debo achacar su actitud a su juventud.
    -Lo que me parece es que tenemos ante nosotros, posiblemente, la explicación para las preguntas inherentes a la conciencia del ser humano, y no podemos hacer nada más que mirar. Comprenderá que canalice esta frustración con ironía.
    - La frustración no nos aporta nada, y este partido acaba de empezar y no lo hemos perdido todavía, responde el viejo científico.
    -¿Cuánto tiempo desean que me quede con ustedes, aquí en el Jet Propulsion?
    -Pensábamos que como una primera toma de contacto, hoy sería suficiente. A partir de este día, estaremos en contacto todos los días, a través de una línea segura. Y dé por hecho que todos estaremos controlados de alguna manera.
    -¡Todavía más!, exclamo sorprendido.
    -¿Cómo que más todavía?
    -Nada. Son cosa mías y del Señor Wislow.
    -¿Seguro que se encuentra bien, Doctor Wainwraight?
    -Supongo que sí.
    -Si le parece, los Doctores Smith y Keitel le mostraran un poco más en profundidad todos los departamentos y sistemas relacionados con el proyecto A.M.S.  Después comerán, y cenarán juntos en su hotel. Por la mañana le pasaran a recoger para llevarle de vuelta al aeropuerto.
    -Muchas gracias, Profesor Lutensky. Ya nada volverá a ser igual en mi vida a partir de hoy.
    -Comparto por completo su sensación. Tan pronto como me sea posible les devolveré la visita en Nueva York.
    Marcus estaba absolutamente ausente de la realidad, o tal vez esto no era nada más que una realidad soñada. Pasó la tarde con sus colegas del Jet Propulsión Laboratory. Y llegada la hora de cenar, conocedor de lo tedioso que resulta tener que hacer de anfitrión para otros colegas, les liberó de compartir una cena con él. Era algo siempre molesto, cuando alguien llegaba al laboratorio tener que pasearlo y acompañarlo. Y él, lo sabía mejor que nadie.
    Mientras cenaba solo, llamó a Katheryn tratando de aferrarse a algo real. Tenía ganas de verla, y aunque se encontraban en la misma costa californiana, la distancia no les permitía verse esta noche. Ella se sorprendió al recibir la llamada diciéndole que se encontraba en Pasadena.
    -¿No estarás en el JPL?
    -Me temo que sí, Katheryn. Tú pregunta no suena especialmente romántica, o tal vez sí para un astronauta.
    -Pero… ¿Qué haces ahí?
    -Te echaba en falta, digo evitando responder a su pregunta. Y aún cuando le dijese la verdad es muy probable que creyese que le estaba gastando una broma.
    -Yo también a ti Marcus.
    -¿Cuánto tiempo estarás por ahí?, ¿quieres que me acerque?
    -Me gustaría verte, pero mi vuelo de vuelta sale mañana por la mañana.
    -¿Cómo no me has llamado antes, Marcus?
    -Ha sido algo imprevisto. Me lo han comunicado ayer por la tarde.
    -Entonces será algo importante, insiste Katheryn.
    -No lo definiría de esa manera.
       -¿Cómo está mi chica?
-Bien, con muchas ganas de verte.
-Nos vemos pronto en Nueva York. Tengo que dejarte.
-¿Seguro que estás bien, Marcus?
-Ya no sé nada. Todo esto empieza a ser demasiado para un solo hombre.
-Cuéntamelo si quieres, desahógate.
-No sabes cuánto me gustaría poder compartir este peso contigo, pero no es posible, Katheryn.
-¿Más secretos de estado?
-Te equivocas cariño; este es el SECRETO.
-No te agobies.  El viernes salgo en el primer avión que haya para Nueva York, y me cuentas todo.
-Sabes que no puedo hacerlo.
-Te veo el fin de semana, Marcus.
Se quedó con el móvil en la mano, con la mirada fija en una foto de una nebulosa fotografiada por el Hubble, mientras en su cabeza resonaba;” siempre pensamos que la vida tiene un principio y un fin”. El salón del hotel, estaba repleto de fotos del espacio. Pero esa en especial le hizo recordar que tenía la llave del conocimiento supremo y que seguramente ningún ser humano llegaría abrir jamás esa puerta. Era parte de nuestra esencia, la búsqueda del conocimiento.
A la mañana siguiente le llevaron a coger su vuelo. Esta vez había tenido suerte, en el asiento de al lado se encontraba ocupado por un joven párroco. ¡Qué ironía! ambos volando en la compañía de creencias tan diferentes sobre el origen del universo. Marcus tuvo la sensación de que aquel avión era tremendamente primitivo.  Pensó en lo arcaico de la tecnología humana, para los retos tan grandes que le quedaban por afrontar. Habíamos tardado treinta y seis años en llegar a la vuelta de la esquina del barrio con todo el conocimiento del que disponíamos. No dejaba de ser como recorrer el mundo a pie.
Después de un viaje durmiendo, estirando todo lo que tenía que estirar, viendo películas y, brevemente, escuchando al párroco hablar acerca de los designios del Señor; aterrizaron.  En el momento en que se apagaron los motores del avión, se empezaron a escuchar pitidos y melodías diversas que anunciaban que el pasaje ya se encontraba atrapado nuevamente por la vorágine del día a día y su inmediatez. Marcus hizo lo propio encendiendo su móvil; tenía tres llamadas de un móvil desconocido y un mensaje. ¿Quién sería? No pudo evitar escuchar el mensaje, a pesar de que dada su actual coyuntura laboral podría suponer un riesgo: ¨ Llámeme urgentemente. Soy amiga de Bryan ¨.  Debía ser alguien que se haya equivocado de teléfono. No conocía a nadie llamado así. Él prosiguió con el móvil aún sujetado por la cabeza contra el hombro al tiempo que intentaba recoger su maleta del compartimiento superior del avión. Al bajar su equipaje tuvo las manos libres para colgar el teléfono, pero no le dio margen a poner un pie en el finger, cuando el móvil desconocido volvía a llamar. A él le resultaba imposible contestar, se encontraba azuzado en fila de a uno por una señora que daba la sensación de tener que ir apagar un incendio golpeando de forma “fortuitamente intencionada “su maleta en las piernas de Marcus. Esto hacía difícil poder responder a esa llamada, que después de sonar seis veces, daba la sensación de ser algo importante. A la entrada del finger tuvo espacio suficiente para dejar pasar a aquella enorme mujer. En ese momento se escuchó: ¨ ¿Doctor Wainwraight?¨
-¿Con quién hablo?, pregunto sorprendido.
-Soy Alice, una amiga de Bryan.
-Disculpe. Desconozco quién le ha facilitado mi número, pero no conozco a ningún Bryan.
-Me han dado su teléfono en su laboratorio.
-¿Cómo es posible? ¿Quién ha sido?
-No lo recuerdo. ¡Escúcheme, y deje de hacer preguntas! Hay un compañero suyo que está retenido en el Consulado Chino de Chicago.
-¡El Doctor Siwong!, exclamo sorprendido.
-¡Sí, sí! A mí me dijo que se llamaba Bryan.
-¿Cómo ha llegado hasta allí el Doctor Siwon?
-Es muy largo. Él me dijo que podría confiar en usted.
-Me sorprende que le haya dicho eso. No nos llevábamos especialmente bien. Además nos conocemos desde hace tan solo unas semanas.
-Creo que todo eso no es importante ahora Doctor Wainwraight. Se lo llevarán contra su voluntad a China si no hacemos nada.
-Y, ¿qué puedo hacer yo?, tan solo soy un científico, sin influencia alguna.
-Lo primero, le enviaré un sms a su móvil para que me llame desde un teléfono público al número que le mando. Es muy probable que tenga pinchado su teléfono, ordenador…
-Ahora entiendo la visita que nos iba hacer nuestro querido SeñorWis...
-¡No pierda más tiempo! Llámeme desde un teléfono público al número que le acabo de enviar.
-Marcus salió corriendo del finger hacia la terminal tratando de encontrar algún sitio desde donde llamar. Vio uno pero estaba ocupado. Miró por encima del chico que estaba llamando para ver el saldo, este se giró de forma intimidatoria, y el colega que estaba con él le propició un empujón pensando que era un carterista. Le quedaba mucho saldo todavía. Prosiguió con su búsqueda, hasta que vio una libre. Estaba sólo a tres metros y, un Señor mayor y su mujer se acercaban con un carrito repleto de maletas, que auguraban una llamada de larga duración. Olvidando las normas de educación que tanto le habían inculcado en su infancia, se puso a rebufo para hacer un adelantamiento in extremis, alcanzando el preciado teléfono.
-¡Oiga, es usted un maleducado!
-Discúlpenme, es una cuestión de importancia vital.
-Joven, importancia vital es lo mal que funciona mi próstata. No, haberse colado.
Con los gritos y amenazas de la pareja de ancianos de fondo Marcus se esforzaba por saber lo que le había pasado al Doctor Siwon.
-¿Alice, eres tú?
-Mira que prisas, para llamar a su novia. Seguía refunfuñando el Señor.
-¿Quiénes están contigo?
-Son unos señores mayores que también querían utilizar este teléfono.
-Escúchame bien. Bryan; bueno, el Doctor Siwon, estaba escapando de algún tipo de agencia gubernamental. Por lo visto, lo habían reclutado para un proyecto que estáis realizando en vuestro laboratorio.
-¿Por qué escapaba? Por eso se fue del laboratorio sin más.
-Lo habían interrogado durante cuarenta y ocho horas porque tenían miedo a que pudiese pasar información a los chinos.
-¿Por qué no nos dijo nada?
-Desconfiaba de todo el mundo. Y al final pensó que lo mejor era desaparecer y tratar de recuperar su vida.
-No entiendo cómo ha acabado en el Consulado.
-Después de haber estado retenido en las oficinas de esa agencia, se dio cuenta de que nunca podría escapar de ellos. Finalmente pensó que tendría alguna alternativa retornando al país de sus padres.
-Sigo sin entenderlo, Alice. Me has dicho antes que estaba retenido.
-Es difícil de explicar. Pero seguro que no ha traicionado a su país. Simplemente quería recuperar su vida.
-¡Sí!, pero, ¿qué quieres decir?, insisto desconcertado.
-Al final simulamos un secuestro por parte de los chinos para que no pensasen que trataba de escapar.
-¡Dios mío! ¿Estás segura de que no se lo han llevado ya?
-Sí. De lo contrario no seguirían tres coches de la CIA, o de Dios sabe qué agencia, delante del Consulado.
-Sólo se me ocurre una cosa que pueda hacer yo. Hablar con quien lo ha interrogado.
-¿Y qué ganamos con eso Doctor...?
-Marcus, llámame Marcus. Seguramente no podrá volver a ejercer como físico y lo controlará el resto de su vida, y con mucha suerte se darán cuenta que no quería irse para China.  De esta manera, como ciudadano americano, podrían presionar para que lo dejen salir. Además, para la supuesta seguridad nacional, es mejor tenerlo controlado en suelo americano, que desarrollando nueva tecnología en China, con fondos ilimitados.
-Nada puede ser peor de lo que es ahora, Marcus. Haz lo que tengas que hacer pero hazlo rápido. Por cierto, todo esto lo sabe el Profesor Rusell. Después de una conversación inicial con una chica que se llamaba María, me pasó con él.
-Gracias Alice. Ahora hablo con el Profesor y nos ponemos en marcha. Tan pronto sepa algo te llamo.
-Lo que desconocían Alice y Marcus, es que los peligros que acechaban al Doctor Siwong eran más de los que presumían. Había llegado a los oídos del magnate del petróleo el Señor Adelson todo lo que estaba ocurriendo en el Consulado Chino, y no estaba dispuesto a dejar la ocasión de hacerse con este peón. Las demás fichas de la partida las tenía controladas, a través de subterfugios varios, incluido el amor.
-Profesor Rusell.
-Buenas tarde Marcus. Ya me ha comentado Mat su viaje inesperado al Jet Propulsión. Creo que tenemos demasiadas cosas sobre las que conversar.
-Sí, ya le contare con detalle, Porfesor.
-Esperaba su llamada por el tema del Doctor Siwon. Me he adelantado a usted, dentro de quince minutos me llama el Señor Wislow. Le he enviado un e-mail, anunciándole que era urgente y quería hablar acerca de nuestro amigo.
-Gracias Profesor.
-¿Se acuerda que un día le dije que éramos un equipo? Esta es la hora de demostrarlo.
-¿Le ha contado todo la amiga de Siwon?, pregunto sorprendido por la actitud del Profesor.
-Por lo menos todo lo que necesito para resolver este entuerto.
    Pasaron los quince minutos de rigor y el Señor Wislow realizó la llamada a la que se había comprometido.
-Buenas tardes, Profesor Rusell. Debo suponer que la urgencia de su e-mail tiene una justificación.
-Dé por hecho que es así. La forma de realizar lo que usted considera su trabajo nos ha llevado a una situación que nunca debía haber ocurrido.
-Le rogaría que no perdamos tiempo en las habituales recriminaciones, Profesor.
-Pues con absoluta franqueza debo decirle que desconozco hasta que punto nos podemos fiar de usted. Aún no sabemos quién se encuentra detrás de todo este proyecto.
-El Secretario de Energía. Entre otros muchos.
-¿Y qué constancia podemos tener en el laboratorio de que eso es así?
-¿Está dispuesto a escuchar algo que no podrá compartir con nadie más?
-Me empiezo a cansar de su juego absurdo de espías y secretos y más secretos... ¡Deme algo para creer en ustedes u olvídense de todos nosotros!
-¿Debo considerarlo como una amenaza?
-Eso es decisión suya Señor Wislow.
-En cuatro días aparecerá en varias grandes corporaciones de comunicación, una campaña sistematizada contra el Señor Adelson, Presidente de Deep.co.
-¿La empresa petrolera?
-Esa misma.
-¿Y eso demuestra algo, Señor Wislow? No creo que se encuentre metido en esto el Secretario de Energía
-Demuestra, que hay intereses muy grandes para que el futuro de nuestra nación pase por su laboratorio y no por el Fracking.
-¿No será que el Señor Adelson ha sido el que más ha aportado a la campaña electoral republicana?, pregunta sarcásticamente el viejo científico.
-Esto es lo último que le digo. El congresista Larry Stewart, de la comisión de energía, estuvo cenando en la Casa Blanca el veintiuno de enero del dos mil trece, con el objeto de tratar parte de la dotación que requerirán ustedes. Sabe que todas las entradas quedan registradas.
-Con eso me llega, Señor Wilson. Ahora el tema que quería tratar con usted era...
-Mi mala praxis laboral. Confiaba en que ya lo hubiésemos superado cuestiones de índole filosófica.
-Me temo que no. Por lo menos hasta que liberen al Doctor Siwon del Consulado chino de Chicago.
-¿Cómo lo sabe usted? Todos ustedes me habían dicho que no sabían nada de él.
-Y así era, hasta que una amiga del Doctor se ha puesto en contacto con nosotros hoy para explicarnos sus métodos de trabajo. ¿Le parece aceptable secuestrar a uno de los mejores científicos americanos, para determinar si su sangre china podría suponer un problema para usted y su gente?
-No dramatice Profesor. Estaba en mi legítimo derecho si íbamos a realizar una inversión de tales dimensiones.
-Está claro que no voy a cambiar su forma de pensar, pero quiero que le devuelva su vida a ese chico.
-Me temo que los chinos tienen demasiado interés en él como para que podamos hacer algo a nivel gubernamental.
-Esto es lo que ha conseguido, Wislow, con su brillante talento militar. Justo aquello que quería evitar se ha hecho realidad.
-Es un daño colateral que debemos asumir.
-Acabo de grabar toda esta conversación, incluido su campaña contra la petrolera Deep.co y lo del Congresista. Como mañana el Doctor Siwon no se encuentre en su casa, los mismos medios que van hacer una campaña contra el Señor Adelson, tendrán motivos suficientes para un nuevo Watergate…Ustedes saben perfectamente como presionar a los chinos para conseguir lo que le pido. Al fin y al cabo, estamos hablando de un ciudadano estadounidense retenido contra su voluntad.
-¡No se atreverá, Profesor!
-Soy un hombre viudo y sin descendencia. Ya no me queda mucho por lo que luchar en la vida, y casi nada que perder. Usted verá…
-¡Está loco! Cree que sin más puedo llamar a la puerta del consulado y decirle que dejen salir a ese chico.
-Voy llamando a los padres del Doctor Siwon para decirles que mañana su hijo dormirá con ellos. Con esas últimas palabras el Profesor Rusell colgó el teléfono.
Agotado del viaje y de la preocupación por su compañero, Marcus entró en el hall de su edificio. No pudo resistir la tentación de preguntar por su vecina. El conserje de tarde le confirmó que acababa de verla subir. Esta es mi oportunidad. No necesito refuerzo alguno. Con tal, según como, me hace un favor poniendo fin a todo esto. De esta manera tendría que hacer la llamada a cobro revertido al Profesor Lutensky yo desde el más allá.
¡Vamos, maldito ascensor!, esta vez somos tú y yo .Sin trucos, ni escapatorias. Veamos ahora de que estás hecho.  ¡Cobarde, veo que no te atreves a fallar ahora! Muy bien, piso dieciséis. ¡Ábrete de una vez! Así me gusta: giro a la derecha, respiro hondo y pulso el timbre. Pulso nuevamente. No hay respuesta, respiro hondo y pulso una tercera vez. Se escuchan unos pasos que se detienen detrás de la puerta.
-Soy Marcus, su vecino del 15-E. ¿Me podría abrir por favor?
Lentamente se comienza abrir, dejando escapar la oscuridad de su interior a través de la pequeña abertura. Ya nos soy capaz de escuchar nada más que los golpes de mi corazón. La puerta se abre lo suficiente como para poder ver una cadena de seguridad que impide su total apertura. En su interior una sombra alta difuminada por la penumbra se mantiene en silencio. Mi boca enmudece y mis pies quedan fundidos con el mármol del suelo convirtiéndome en una estatua a merced de mi vecina. Me esfuerzo por decir algo, incluso por huir, sin más, hasta que al final escucho unas palabras distorsionadas por mi ansiedad. Era mi propia voz, que había conseguido brotar de mi reseca garganta.
-Querría hablar un momento con usted. ¿Me escucha?
No hubo contestación alguna. La sombra parecía que cogía algo de debajo de lo que parecía un albornoz. Instintivamente Marcus se protegió con sus manos esperando el impacto de una bala. En un par de segundos que se transformaron en años pudo ver a su sobrina Paule, a Jess y a Nu, reconciliarse con sus padres y soñar con un mañana más justo para todo el mundo. No sabía cómo se sentiría una bala atravesando tu cuerpo, ni cuál sería el sabor de la muerte; incluso si esta era definitiva después de los hallazgos recientes. En cualquier caso, no sintió nada que ya no hubiese sentido antes, ni vio la cara del creador. Parecía que éste había determinado que aún no era su momento. Entonces volvió a abrir sus ojos para ver que su vecina tenía en su mano unas inofensivas gafas de sol
-¿Qué querría hablar?, se pudo escuchar una voz femenina grave, con acento que sonaba a un país del este.
¿Quién me mandaría subir?, murmuro con todo mi cuerpo temblando.
-No entiendo, responde escuetamente
-No, nada. Le decía que quería hablar de unos ruidos, como de algo metálico y repetitivo.
-¿Noche?, pregunta con una pronunciación que hace difícil la compresión de sus palabras encadenadas de cualquier forma.
-Sí, casi siempre noche, le digo telegráficamente para facilitarle la compresión de lo que digo.
-No entiendo bien. Tengo máquina casa.
-¿Qué máquina?
-Mejor que vea. Más fácil.
-No, de verdad que no hace falta que entre. Lo último que deseaba era entrar allí, podía ser algún tipo de argucia para, una vez dentro, deshacerse de mí con esa máquina. ¿Por qué no podré tener una vida normal, como los demás?
-¿Qué decir tú?, comienzan a sonar sus palabras amenazantes tras su imponente figura.
-Que sí, que entro.
 Ya uno al lado del otro Marcus sólo fue capaz de notar la diferencia de altura entre él y ella. Al llegar al salón, se quedó bloqueado ante la visión que tenía delante, pero por desgracia era demasiado tarde para poder escapar; su vecina parecía un ser de otro planeta: los ojos eran casi transparente y su piel brillaba en la oscuridad. ¿Quién era ella?, ¿de dónde venía? Al final sí que había un universo paralelo, y al igual que Marcus había dado con su portal espacio-temporal, ellos habían dado con él. Aquel ser, encendió la luz y Marcus quedó boquiabierto.
-Usted…Usted. Es albina.
-Sí, creo se decir así. Hacerme daño sol. Por eso siempre gafas sombrero.
-Ja, ja,ja…me río por primera vez en mucho tiempo liberado por la tensión, y superado por una realidad más simple de lo que yo imaginaba.
-Es mal persona usted. No ría mí.
-¡Perdone no quería faltarle al respeto!, ¡perdón, perdón! Esperaba otra cosa.
-Vale. No reía más        
-Si es porque soy tonto, no por usted.
-Americanos locos. Yo no hablar por eso, y porque soy de Hungría; no hablo bien inglés.
-Ahora entiendo todo. ¿Y el ruido?
     -Mirre usted.
-¡No me lo puedo creer!
Mi prima vive en una casa, no piso. Y me regaló ella. Dijo no puede usar en piso, yo dije ella, que sí. En Hungría usamos.
    -¿Y las obras?
    -No sé obras.
    -Los tubos del desagüe, ¿a dónde van?
    -Pagué, a Bill. Pagué bien.
    -¡A Bill el conserje! ¡Maldito arrogante! Por eso decía que nadie había visto nada. No quiero pensar si se enteran los vecinos...
    -Yo pienso dejar puesta igual. No me gustan las enfermedades otras personas. Mi ropa no lavadora otras personas. Yo no gusta hablar con personas que lavan sótano.
    -¿Y no podríamos llegar a un acuerdo? A mí tampoco me gustan las bacterias de los demás, ni hablar en el cuarto de lavadoras.
    -¿Por qué acuerdo? No necesito acuerdo.
    -Tal vez sí. Sólo tiene una lavadora, en una comunidad en la que está prohibida. Le vendría bien una secadora. ¿No le parece?
    -No tengo más habitación.
    -Yo sí. Usted tiene lavadora y yo tengo secadora. ¿Qué le parece?
    -No quiero enfermedades usted.
    -Entiendo, pero yo tampoco quiero ruidos de lavadora. Además si se enterasen en la comunidad tendría un problema.
    -Dos veces semana. Nada más. Mi ropa secar sola. ¿Acuerdo?
    -Si vamos a compartir bacterias debiéramos saber cómo nos llamamos.
    -No entiendo bien. Decir cosas raras.
    -Yo me llamo Marcus. ¿Y tú?
    -Imara.
-Bonito nombre, Imara.
    Me despedí de Imara siendo el hombre más feliz del mundo. Al final, tal vez existiese un plan oculto en cada una de nuestras vidas, un plan contra el que no se puede luchar, simplemente elegimos la orilla a la que terminaremos empujados por esa corriente. Ahora lo veo claro, toda mi vida he nadado contra corriente, negándome a mí mismo, a quién era y de donde procedía. Al abrir la puerta de mi piso y escuchar lo que hasta ahora me había parecido un ruido perturbador, eché una carcajada. Un simple centrifugado de una vieja lavadora me ha hecho pensar en conspiraciones rusas y en dios sabe que cosas más. Sin más decidí tumbarme en el sofá con buena música y una copa de burbon con mucho hielo.  Y una copa llevó a otra y a otra hasta que ya todo me resultaba un tanto borroso. A la mañana siguiente el teléfono aporreó mi dolorida cabeza. Eran mayores los efectos de la resaca que las punzadas que provocaba cada tono de llamada, hasta que después de infinidad de intentos se hizo el silencio. ¡Eran las once de la mañana, y yo debía estar en el laboratorio! Me deje caer de la cama como un gusano, y reptando alcancé la ducha. El agua fría obró el resto del milagro. Una vez transformado en algo parecido a una persona llamé al hotel de Akira: ya se había ido. Las llamadas que había recibido eran del Profesor Rusell. Debía tener alguna noticia acerca de Siwon, y yo de resaca en cama…Le llamé desesperado, y él me contestó con un claro tono de desaprobación, al que sólo pude responder con disculpas justificadas en el cansancio del vuelo a junto de mis ¨amigos de la N.A.S.A¨. No me dejó hablar mucho enseguida me dijo que el Señor Wislow vendría al laboratorio por la tarde para contarnos todo lo sucedido con el Doctor Siwon. Esto me hizo coger mi coche y salir todo lo rápido que pude hacia el laboratorio. Por suerte tenía sus ventajas haberme levantado tan tarde, la hora punta de tráfico había pasado y podía circular un poco mejor de lo habitual, lo cual no era mucho, en esta ciudad. Al cruzar a Long Island un avión aterrizando cruzó por delante de mi parabrisas. ¡Katheryn!, llegaba hoy ¡Qué desastre, no la he llamado! Intento contactar con ella, para disculparme por no haberla ido a recoger al aeropuerto. Debe estar muy enfadada, no contesta. Pruebo una vez más y escucho su voz al otro lado del teléfono.
    -¡Lo siento, lo siento, cariño! Tengo tantas cosas encima que me estoy volviendo loco.
    -No te preocupes Marcus, lo entiendo. He venido para ayudarte y darte apoyo, no para convertirme en una preocupación más para ti.
    -Te quiero.
    -No te oigo nada con el ruido de tu coche.
    -Digo que te quiero, repito casi gritando.
    -Yo también. Ya verás como todo se arregla.
    -No estoy yo tan seguro…Katherym. Voy para el laboratorio tenemos una reunión importante por culpa de, me callo antes de hablar más de lo que debo.
    -Seguro que volveréis a estar todos juntos.
    ¿Cómo puede saber ella lo que está ocurriendo? No le había contado nadad acerca del Doctor Siwon.
    -¿Qué quieres decir con eso?, le pregunto dejándome la voz en el intento.
    -Bueno, que…se hace el silencio durante el tiempo justo para que Katheryn pueda encontrar una respuesta que justifique lo que ha dicho. Que si tus problemas son el laboratorio deben ser con algún compañero. Ya verás como todo se arregla.
    -Ya…respondo nada convencido.
    -Se me olvidaba, Marcus, hoy a la noche te he organizado una cena con los chicos para que te olvides de todo. Me ha dicho Martin que tenía algo muy importante que contarte.
    -Vale, digo en un tono apagado por el cúmulo de extrañas preguntas que Katheryn me ha ido haciendo a lo largo de nuestra relación.  Me despido de ella y las dudas, los miedos, el interés por cuestiones de mi trabajo, me van demoliendo como el mar lo hace con las rocas: poco a poco, pero sin pausa, hasta llegar al punto en donde todo se derrumba. Tenía razón Steve había sido demasiada suerte encontrar a una chica como Katheryn por el simple hecho de haber derramado una copa de vodka. Sin darme cuenta casi me golpeo con la valla de entrada del laboratorio.
    -¡Buenos días Carl!
    -Buenas tardes Doctor Wainwraight.
    -Sí, buenas tardes, le respondo un poco incómodo.
    Bajo del coche rápidamente, y sin demora me dirijo al despacho del Profesor Rusell.
    -Rose, ¿ya ha llegado el Señor Wislow?, le pregunto a la secretaria del Profesor.
    -Hace diez minutos.
    Abro la puerta esperando una mirada de recriminación pero, no es así. La tensión se corta en el ambiente y parece que los dos ya han hablado en esos escasos diez minutos de todo lo que debían haber hablado.
    -Siéntese Marcus. El Señor Wislow me estaba informando que. Mejor dígaselo usted mismo.
    -Resumiendo. Su colega el Doctor Siwon, parece ser que se encontraba retenido en el Consulado Chino de Chicago.
    -¿Parece ser? le pregunto enfadado a Wislow.
    -La versión oficial, que nunca se hará pública para mantener nuestra relación con los chinos, será que ellos intentaron incorporarlo a su programa científico, y que finalmente el Doctor Siwon decidió continuar sirviendo a su patria, Estados Unidos.
    -Siwong, ¿se encuentra bien?
    -Doctor Wainwaraight, creo que todo lo que se puede encontrar uno en casa de sus padres.
    -¿Y cuál ha sido el precio que han debido pagar por su ¨liberación¨?
    -Eso es mejor que se lo cuente el Profesor.
    -Me temo mi querido Marcus, que el objetivo de apoyar nuestro proyecto de desarrollo de una fuente energética limpia y rentable con antimateria, ha sido aplazado indefinidamente a requerimiento de nuestros amigos chinos. Esa será también la versión oficial.
    -¿Cómo que la versión oficial?, pregunto desesperado.
    -Nuestro discreto Señor Wislow y sus amigos habían planificado desde el principio este juego. Presionar a los magnates petroleros que apoyan al Partido Republicano de que si continuaban haciéndolo sufrirían las consecuencias del desarrollo de una tecnología que acabaría con sus negocios. Incluso presionaron al Doctor Siwong apostando a que este terminaría contactando con los chinos, y así, poder presionar con la posibilidad a medio plazo de una industria china aún más competitiva que amenazase los intereses de los grandes benefactores republicanos.
    -¡No es un sueño, es viable!, grito desesperado. Todos nos podemos ver beneficiados.
    -Lo sé Marcus, y ese es el problema: nada funcionará si beneficia a la mayoría, sólo unos pocos deben controlarlo para hacer negocio... Hemos sido utilizados. Nos han convertido en peones en una partida que no jugábamos, explica el Profesor Rusell derrotado por la realidad que rige este mundo.
    -No sean tan dramáticos. Ahora saben, y sabemos el coste que supone hacer frente a esa supuesta realidad. Algún día ustedes y yo lo veremos, responde de forma histriónica el Señor Wislow.
    -Lo que no entiendo que este farol afectase a gente como el Señor Adelson, sabiendo que tenían muchas posibilidades de un cambio de gobierno dentro de poco que terminaría parando el desarrollo de cualquier tecnología que perjudicase a las petroleras.
    -Doctor. Usted ve todo bajo los ojos racionales de la física, pero la verdad es que simplemente con haberlo filtrado a la prensa hubiese hecho el mismo efecto en los votantes que quieren electricidad más barata y limpia, que si tuviesen una central trabajando con antimateria.
    Estaremos en contacto caballeros, no lo duden. Y por si lo habían olvidado, no deben comentar nada de todo esto, a no ser que quieran vivir aventuras como la de su colega Siwon. Y yo de usted, Profesor me desearía de esa falsa grabación. Se lo digo como un amigo, no vaya a ser que lo acusen de conspiración, o peor todavía de ser una mente perturbada.
    El Señor Wislow desapareció de sus vidas tal y como había llegado, sembrando más dudas que respuestas y dejándoles la sensación de que eran unas simples marionetas manejadas al antojo de los intereses de políticos, magnates, y a saber de quién más. El Profesor y Marcus se miraron abatidos, y después de mantener unos segundos ese incómodo silencio se pudo escuchar:
    -¿Y ahora qué haremos Profesor Rusell?
    -Lo que siempre hemos hecho: seguir trabajando.
    De vuelta a la gran ciudad, Marcus se dirigió al encuentro de sus amigos desconcertado con algunas de las preguntas que Katheryn le había hecho en algún momento puntual al respecto de sus investigaciones, pero sobretodo, lo que no dejaba de machacar su cabeza era que de alguna extraña forma, ella parecía saber algo acerca del Doctor Siwon, a pesar de que nunca le había mencionado nada a este respecto. La lentitud del tráfico anunciaba la cercanía a la Gran Manzana incluso antes de que pudiese ver con suficiente claridad las cumbres iluminadas de los rascacielos. Todo era confuso para él, daba la sensación que nada en su vida era real: un trabajo que ahora parecía carecer de significado; un amor que quizás no fuese tal; un ruido que era una lavadora; la posible huella de Dios a treinta y siete años de distancia…En ese momento lo único que quería era desaparecer y, por un momento al cruzar el puente Williamsburg estuvo tentado a para el coche y saltar sin más a el río. El fortuito sonido de una sirena de policía evitó que intentase poner fin a todo. Al tocar tierra firme los cruces se iban sucediendo en el parabrisas curvo de su viejo Saab, hasta llegar al restaurante. Esta vez le resultaba indiferente ser el primero o el último en llegar; lo que sí que deseaba era ser el primero en irse, aunque no antes de aclarar todo lo que tenía que aclarar. Al entrar, un servicial joven le preguntó a nombre de quién estaba la reserva, y antes de que pudiese contestar pudo ver el inconfundible movimiento de los rizos de color cobre de Anne en una mesa al lado de la ventana. Junto a ella estaban: Zoë, Katheryn, Martin…En otras circunstancias seguro que sería un momento para recordar. Decidido, se dirigió hacia ellos mientras él únicamente se fijaba en la expresión distendida de la cara de Katheryn, la cual no tardó en cambiar radicalmente al verlo. Sólo quedaba una silla por ocupar y estaba al lado de ella. Saludos, abrazos, besos, las ironías de su incondicional Steve, y el anuncio de una sorpresa por parte de Martin. Era más de lo que nadie podía necesitar para alcanzar la felicidad y, más si a todo eso le sumabas un beso de la mujer más bella en aquel restaurante. Al sentarse Katheryn le agarró su mano por debajo de la mesa, y Marcus la dejó inerte, fría, sin pasión.
    -Me vais a tener que disculpar. Quizás no sea yo el primero que debiese hablar hoy, pero ya que nuestro científico parece estar pasando un mal momento, según tengo entendido, creo que lo que le voy a enseñar ahora le animará un poco.
    Cuando escuchó estas palabras, Marcus se giró hacia Katheryn para reprocharle su falta de discreción, al tiempo que su mano se derretía como mantequilla helada en la de ella, en un intento de liberarse del contacto entre los dos. Con una sonrisa fingida respondió.
    -Por alusiones, creo que debo responder. ¡Chicos!, no sé quién os ha informado tan mal. Yo me encuentro perfectamente, ahora que si mi estado de ánimo ha sido utilizado para justificar esta reunión, debo decir que me alegra estar esta noche aquí con todos vosotros. Y dicho esto, no me hagas rogarte Martin. Enséñanos eso tan misteriosos que dices tener.
    -Te acuerdas de las pesquisas de tu joven vecinita, Nu y de su madre Jess.
    -Claro que sí.
    -Pues esto es lo que saldrá publicado en contraportada mañana en el New York Times, dijo Martin sacando un folio doblado del bolsillo de su americana. Marcus lo cogió y lo desdobló con fingida parsimonia, cada doblez abierta le recordaba a un momento con Jess y Nu. Ya sólo quedaba una para ver lo que encerraba aquel folio.
    -¡Por Dios Marcus que me va a dar un infarto, acaba ya!, dijo Anne.
    -Ya voy, ya voy. Al ver el titular sus ojos se humedecieron.
    -¡Pero mira que eres pesado! ¡Venga comienza a leer!, le recriminó Steve.
    -El Último Secreto de Roosevelt. Se titula, dije con voz entrecortada.
    -Anda déjamelo a mí, ya lo leo yo, te veo muy afectado, le interrumpió Martin.
    -No, no hace falta, respondí después de beber un poco de agua.
    El último secreto de Roosevelt se encuentra debajo del Hotel Waldorf Astoria, en lo que hasta ahora se consideraba un simple vagón presidencial, cuya función era la de proteger la discapacidad del Presidente de cara a la opinión pública, y la de protegerlo a él mismo en caso de un posible atentado. Gracias a las investigaciones de una niña llamada Nu Adams, ayudada por su madre, Jess Adams, hemos podido llegar a contrastar con fuentes de la Reserva Federal Americana que ese viejo vagón también transportaba oro procedente de judíos europeos que escapaban del inicio del ascenso nazi, comprando su nacionalidad en nuestro país a cambio de la compra de bonos soberanos .  
    Ahora sí que ya no puedo continuar, me tenéis que disculpar, interrumpí mi lectura con la voz totalmente quebrada. No sabes cuánto te lo agradezco Martin, esa pequeñaja es alguien muy especial que necesitaba olvidar la muerte de su padre con algo así.
    -El que te tiene que dar las gracias soy yo. ¡Menudo artículo me has dado!
    -Bueno, bueno, bueno. Todo esto ha sido francamente entrañable, pero no sólo de literatura vive el hombre. Yo tengo un hambre que me muero, ríe Steve.
    -Yo estoy con Steve, dice Zoë.
    Todos estaban escudriñando la carta a excepción de Macus y Katheryn, que únicamente se miraban fríamente el uno al otro, conscientes de lo que habían significado las palabras acerca de Nu y de Jess. A pesar de ello no podían expresar todo lo que sentían en medio de sus amigos. De tal manera que dejaron que los platos las copas de vino y los postres les llevasen hasta un antro que había elegido Martin, donde según él, los más grandes reporteros de esta ciudad habían engendrado parte de las mejores crónicas nunca escritas en viejas mesas de madera curtidas por litros de alcohol vertido a lo largo de décadas, y sentados en sillas de madera, hoy apolilladas. Esta vez, hasta el poco perspicaz Martin supo que Katheryn y Marcus tenían cuestiones que aclarar y, más, después de haber visto los ojos humedecidos de éste cuando comenzó a leer el artículo sobre Roosevelt.
    -¿La quieres? Disparó Katheryn sin perder más tiempo. Para Marcus nada de esto iba a resultar tan simple, había conseguido coser frases, que sueltas, en el tiempo, carecían de significado y cosidas, todas ellas conducían a un mismo punto.
    -No querría hablar ahora de ello, aunque no lo pueda parecer estoy muy contento porque ya hemos recuperado a un colega y finalmente nuestro proyecto dispondrá de los fondos necesarios, dije intencionadamente esperando confirmar lo que ya sabía.
    -¡No es posible!, se le escapo a Katherym. Pero ya era demasiado tarde para todo.
    -¿Por qué no es posible?, pregunte casi llorando ¡Dime, Katheryn!, alcé la voz de tal forma que todos se giraron.
    -Tú la quieres, insistió ella, en un inútil intento de escapatoria.
    -¡Y tú nunca me has querido! Aquella copa no cayó por casualidad ¿Verdad, Katheryn?, si es que ese es tu nombre.
    -Estás muy nervioso, será mejor que me vaya para casa y nos veamos otro día.
    -Que fácil te ha resultado engañar a un pobre incauto como yo. Steve tenía razón: demasiada suerte para un idiota como yo. Por lo menos dime quién te ha enviado para controlar todo lo que hacíamos en el laboratorio: ¿Una petrolera?, ¿los republicanos?, ¿los chinos?, ¿Wilson? ¡Dime quién!, vuelvo a gritar, para sorpresa de todos.
    -Crees que te serviría de algo saberlo, responde ella fríamente.
    -Por lo menos dime que no ha sido por dinero.
    -No Marcus, no es tan fácil, hay muchas cosas que desconoces.
    -¿Y este juego ha acabado ya?
    -Para vuestro proyecto sí. Nunca permitirán que llegue a ser una alternativa real. Para nosotros dos no tendría que ser así.
    -¿Y, quién me lo dice? No sé cuál es tu nombre verdadero, ni si vives en San Diego, ya no sé nada de ti. Adiós, digo tirando mi copa al suelo. Así comenzó un sueño y así acaba esta pesadilla.
    Estuve horas caminando hasta que llegué a casa y me tumbe en la cama sin sacarme la ropa. Llamadas y más llamadas se acumulaban en mi móvil y en el contestador de casa, eran Steve y Anne, posiblemente lo único verdadero que había en mi vida, junto con mi sobrina Paule. Cuando fui capaz de despertarme ya habían dado las cinco de la tarde. Me duche con toda la calma de la que fui capaz, me vestí para intentar comprar el New York Times. Con un poco de suerte el artículo de Martin no habría sido algo imaginario. Al pulsar el botón de llamada del ascensor me río recordando a mi nueva vecina Irina, y una vez en el hall me encuentro con Bill el conserje. Por un segundo estuve tentado en saldar cuentas, pero me di cuenta que su secreto era algo que me haría la vida mucho más fácil.
    -Bonito día, Bill.
    -Sí, que lo parece Señor Wainwraight. Por cierto el problema del ascensor parece ser que tuvo que ver con la mudanza del dieciséis e que afectó a un par de sensores.
    -Gracias Bill. Como le decía bonito día.
    La primavera parecía querer llegar a Nueva York y la gente estaba de mejor humor, incluso el tráfico era menos agresivo de lo normal… ¨Poooooo¨ Un bocinazo de un taxi que parece tener la intención de atropellarme me sobresalta.
    -¡Usted está loco, casi me atropella!, le increpo con las pulsaciones todavía a cien.
    -¿Ya no se acuerda de mí? ¡Qué tenga un feliz día!
    No me lo puedo creer, era mi amigo, el taxista libanés. Ja, ja, ja, río sin parar hasta llegar al expendedor de periódicos. Aún con la sonrisa en la cara abro el New York times. Era real, ellas eran reales. Vuelvo feliz para mi apartamento soñando con beber algo, escuchar buena música y acompañarlo todo de un buen libro.
    -Buenas tardes Bill.
    -Buenas tardes Señor Wainwraight.
    Sin dejar de leer el periódico montó en el ascensor y comienzo a subir. Cuando se abren de nuevo las puertas salgo ensimismado con un artículo acerca del aniversario de Grand Central Station y tropiezo contra alguien. Rápidamente bajo el periódico.
    -¡Ah, hola! Irina.
    -¿Traer ropa?
    -No, me he debido equivocar…
    Bajo andando un piso y meto la llave en la cerradura dudando si debo enseñarles a Nu y a Jess el fruto de sus pesquisas. Soy demasiado cobarde para llamar a su puerta, de manera que sigo giro tras giro abriendo la mía, y de repente, escucho una voz que hace que mi corazón de un vuelco.
    -¡Marcus, Marcus! Lo han publicado, mira lo han publicado. Tenías razón, era oro
    -Nu, por favor vuelve a entrar en casa, no molestes, Marcus.
    -Sabes que nunca me molesta.
    -Gracias Marcus por lo que has hecho, te ha debido costar mucho convencerles para que lo publicasen, responde Jess desde la seguridad de la puerta de su apartamento, en un intento de proteger su frágil universo de mí; de mí inseguridad; de mí cobardía.
    -Sólo tienes una forma de darme las gracias. Y es pagando tu apuesta con una noche de teatro, le digo temblando como nunca lo había hecho en mi vida. Jess se toma mucho tiempo en la respuesta, ante la silenciosa mirada de Nu.
    -¿Estas completamente seguro?
    -Nunca lo he estado tanto en vida, respondo agarrando la mano de Nu.

FIN

Antonio Sánchez Varela. Diciembre de 2016.

 


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