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Dignidad del miedo
Jose Maria Barrionuevo Gil. 02.07.16 
Hace unos cuantos añitos (y muchos más) Francisco de Quevedo nos decía a todos, supongo que a los españolitos de a pie del siglo XXI también: “No he de callar por más que con el dedo, / ya tocando la boca o ya la frente, / silencio avises o amenaces miedo”. Y es que el miedo se ha repartido “democráticamente” por todos los espacios y tiempos: también en este recién estrenado siglo XXI y en esta España contemporánea. Mucho, mucho, mucho miedo.
¿Qué es lo que nos pasa? ¿Qué es lo que nos está pasando? Todos hemos estado muy atentos a infinidad de propuestas políticas, pero, sobre todo,  muy expuestos a la intemperie de los puntos en las íes de las demagogias. Todos los partidos, sin excepción, han sacado, con la dignidad que les caracteriza, del almario y del armario el espíritu sublime y el arma arrojadiza del miedo. El miedo que se estaba repartiendo con parsimonia, pero con cierta equidad desde los distintos pesebres de la política, se ha desbordado y se ha convertido también en la sopa boba del electorado. Unos han contagiado el miedo a seguir como estábamos, otros han inculcado el miedo al cambio. El miedo ha sido la moneda de cambio en esta almoneda política en que se ha convertido nuestra infeliz y triste y antigua España. Las penas no vienen solas y por eso nos devuelven a casa a los chicos de “la roja”. Es que “como en casa de uno, en ningún sitio”. Aunque sea triste la casa.
Tienen miedo los que ocupan el poder, pues temen que les levanten la alfombra y se pueda encontrar más basura de la que ni ellos soñaban que tenían. Por eso, como lo único que tienen es  miedo, lo reparten con caridad cristiana, incluso como obra de Dios, por todo el electorado para ver hasta dónde puede llegar su permanencia, ya bastante indecente, en ese poder y, de “camino”, donde se aparece la Virgen o el Ángel Marcelo, calibrar sobre el terreno hasta dónde puede llegar la entrega del pueblo a ese castigo interminable. Día a día se desgrana la cruda realidad con casos y más casos de corrupción.  No saben cómo atajar la situación y sacan el miedo a lo desconocido para que el personal, que para eso ha desarrollado mucho la imaginación, no quiera llegar tan pronto al apocalipsis.  porque lo dicen ellos. Y, tras el 26J, siguen saliendo, como setas, los casos de corrupción, y nos endiñan (de miedo) ya una nueva subida de la luz y, además, una subida retroactiva para más inri. Pero el miedo ya está encima y su daño (colateral) ya está hecho.
    El poder religioso se inviste de fragil humildad, y también muestra su “preocupación” al cambio. Tiene miedo de que el cambio le sea ajeno, como si el cambio fuera el fin del mundo. No se trata de una preocupación personal ni de una opinión individual, sino de un miedo institucional que quiere contagiar a toda la parroquia. La libertad de expresión es un derecho, pero no debe mezclarse con una comunicación institucional que, además, toma partido. Así se ha ido infectando al personal, si bien no con el desparpajo de la mentira del poder político, como acabamos de ver.
    Los adalides del cambio también han repartido el miedo a aguantar otros cuantos años, por si embebe algo, en estas penalidades que el pueblo ya está experimentando en sus propias carnes, de nuevo. Es el miedo de unos pocos que se espantan como un burro, dando coces a todos los aires.
    ¿Dónde nos queda la dignidad del miedo? ¿Hasta dónde el miedo hace ver la cruda realidad y puede ser destetado para que se  busque la vida en las mansiones donde puede estar sobrealimentado?  La libertad no puede ser cohibida con el miedo imaginario de los que temen lo peor, porque son ellos los que han hecho méritos más que suficientes para que la conciencia les inquiete. Su miedo, su falta de ética, que está inscrita en su ADN, es su natural y es muy anterior al “ventilador”, que usan constantemente contra los demás, que es posterior y además artificial.
    Es curioso, al menos, si no alarmante, que en este nuestro siglo XXI, cuando la gente está perdiendo el miedo al infierno, salga, entre y pase con el rabo entre las piernas con más miedo que nunca. En este siglo, no debe importarnos que haya un gran miedo en el poder, sino que haya demasiados pequeños miedos que paralicen a las personas, que son pequeños ictus que nos descerebran y nos invalidan mentalmente, de manera que nos impiden ver lo que tenemos delante de nuestros propios ojos. En este ya siglo XXI ha habido más miedo que en otro tiempo histórico, cuando la milicia era una histérica y flagrante amenaza por unas cuantas consabidas intentonas.
Es también una triste realidad. Ya lo dice el mismo pueblo: “Mucho miedo y muy poca vergüenza”.
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