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Acoso de Futuro | | Cuentos y relatos breves. 05.06.16 | | Escribe Hernando Bolaño.- Mi invidencia es nueva, por eso puedo soñar. Sueño y recuerdo, y pienso entonces con cierta extrañeza en la fidelidad que he profesado a mi infancia, en su mansa permanencia a lo largo de mi vida, y me hallo en un tiempo que visto desde mi temprana vejez parece que perteneciera a una era distinta, a un tiempo más remoto. Recuerdo que escuchaba palabras, interpretaba señas y espiaba acciones que no comprendía, y cuando lograba recalar en el gremio de los adultos y plantarme frente al mundo, preguntaba por algunas razones que nunca me dejaron satisfecha. En ese instante echaba mano de mi imaginación como última recurrencia, y obtenía en ese proceso resultados viciosos: o bien me quedaba en el limbo de mi ingenuidad o saltaba barreras y aterrizaba asustada en predios de lo malsano. En ese diario vivir de mi infancia se gestaron mis recuerdos y adquirieron ese carácter de validez que hoy los hace tan apreciables: el amanecer de todos los días, el trámite desadaptado de mis despertares, la partida al colegio, los amaneceres que ahora recuerdo más fríos y los noticieros radiales de cada mañana carcomiéndome de intriga. Eran esa salmodia que aun resuena anclada en mi pasado dejándome un asomo de tristeza, con sus tonalidades nasales y sus encabezamientos de ciudades innombrables que algún corresponsal citaba repetidas veces con aquel énfasis de tragedia universal que me abrumaba de incomprensión: Hanoi... Saigón... Washington... Tel Aviv... fueron tomando en mi entendimiento la dimensión real de lo inhumano, la primera y elemental noción de lo que era la beligerancia. | Desde los años de mi inocencia, la realidad de los aconteceres bélicos se prendió en mí, y el hechizo insospechado de la corresponsalía de guerra, como oficio de redención, me habría de tender una celada de la que no me sacaría sino un obús de 240 milímetros. Querer contarlo y mostrarlo todo desde las zonas de combate, sin miramientos, sin el ingrediente apaciguador de la distancia y con la cruda escatología de este mundo en disputa y sin dueño, me mantenía en vilo, aun cuando me atropellara la inocultable realidad de su estado de podredumbre. Pero en últimas eso fue lo que me nació desde niña, cuando mi cerrazón se batía a golpes con el trazo fundamentalista de mi educación, y crecí dispuesta a hacerlo aunque me tocara desde las atiborradas graderías de los perdedores y las víctimas. Fue eso lo que cultivé ante el roce con la fatalidad, una maldita vocación de víctima, -de la que a ratos sólo me salva el ocio- desde aquellos duros momentos en que en mi camino se atravesó Beirut como la primera escala de mi nefasto itinerario de guerras. Allí aprendí bajo el estruendo de las detonaciones de artillería a agarrar el alma y los zapatos con una mano, mientras que con la otra, la cámara y el maletín, para huir del terror y refugiarme en brazos de la fraternidad que -aunque resulte increíble-, en tiempos de guerra, conviven a corta distancia. En aquel pedazo del Oriente Medio, mientras sorbía café caliente en alguna esquina de una Beirut en ruinas y esquivaba los lascivos zarpazos de algún colega apenas conocido, comenzó mi ombligo a echar raíces hasta hacerme volver una vez más a intoxicarme de guerra. De aquel padecimiento, como solía ocurrir, me liberaría otro peor, ese que se inventaron los norteamericanos y que nos dieron a conocer a todos con el romántico nombre de Sandstorm, el mismo que me habría de depositar de urgencia en la incomoda butaca de un vuelo sin destino preciso. Cualquier ruta nos ponía apenas en las zonas fronterizas, en las áreas más cercanas a lo que más adelante mi percepción identificaría como el infierno. Acababa de presenciar la caída del Muro de Berlín y por toda Europa aun se especulaba con los escombros de la ignominia, cuando nos arrojaron en esa frontera convulsa y calurosa en donde comenzaba Irak con su opulencia en receso y su índole apocalíptica. Por un precio irrazonable nos cruzaron al primer enclave destrozado por las bombas, el cual agonizaba con plácido descaro en la misma pena que rondaba por todo el territorio nacional. A la postre, era apenas la impronta de esa morbosa fascinación que deja la soledad y la guerra. En la capital conseguimos un hotel que ni siquiera con sus comidas de rasgo exótico soliviantaba mi estado de ánimo. Aquellos rostros postizos que se apresuraban a nuestra atención no lograban despojarse de cierta reserva, de cierto toque de negligencia que nos hacía suponer una inminente ruina. El cortinaje, como todo, ya lucía enmohecido y en el ambiente flotaban los rezagos de un polvorín pegajoso y lento; mientras que en sus habitaciones, con la grotesca desmesura de un mausoleo, reposaban al abandono unas enormes camas queen size. A un lado, baños de mármol, al otro, muebles de terciopelo, todo con ese ápice de lujo obsolescente en donde nos despertábamos con la angustia súbita de que en algún momento iban a caer sobre nosotros los mismos mísiles que con fulgor de rayo alcanzábamos a vislumbrar en el horizonte anochecido del desierto. Hasta que un día cayeron. Fue durante mi quinta noche. Arreciaban los ataques y yo sin temor luchaba en mi habitación contra el desvelo cuando una detonación descomunal abrió un vano en las paredes del baño y algo irreconocible cayó en la alfombra. Apenas recuerdo que todo se iluminó, una nube de polvo me inundó el entendimiento y se me esfumaron el recuerdo y la conciencia. Mi mirada se quedó tras un manto alunado, y hasta la exaltación con que vivía aquellos instantes se perdió en las brumas de mi aturdimiento. Es la última imagen que registra mi cinta mnemónica. Hoy cuando, en vano y encerrada en mi casa, intenta mi invidencia adivinar el puesto de las cosas más elementales, me asaltan los recuerdos. Están allí, más a la mano que cualquier otra cosa. Casi como si no fueran recuerdos, sino la continuidad misma de la vida, de los mismos hechos que años anteriores me habían desvivido; porque acabo de escuchar en la radio, con la nostalgia comiéndome el corazón, que los americanos iniciaron una vez más otra incursión en Bagdad, solo que le inventaron un nombre nuevo. Entonces, prefiero acogerme de nuevo a aquella fidelidad que he profesado a mi infancia y me encuentro con que fue una época de fácil convivencia, pocos privilegios y uno que otro sobresalto, como aquel que produjo en mí y en mi madre el diagnóstico irrefutable del coordinador de mi escuela: la niña es subnormal. Nunca logramos entender en qué consistía esa condición de la que yo comencé a sentirme culpable, y mucho menos qué había que hacer para curarme de aquello que mi madre, sin que mediaran reflexiones, consideró un agravio. Lo que sí tengo en mi cerebro con una energía restallante, es que en adelante comencé a escuchar con frecuencia las palabras psicólogo y psicoanálisis, e igual que a Truman Capote después de haber entrado en el ámbito escabroso de los analistas del comportamiento humano, “regresé a casa proclamado genio por la ciencia”. En aquellos, los años de mi infancia, me rodeaban personajes que he ido perpetuando en la medida en que más me ha pasado el tiempo. Eran los seres que poblaban el entorno de mi vecindario y se me antojaban existiendo en lo que yo percibía como el preámbulo a la vejez. Merce, por ejemplo, era uno de ellos. Una mujer recia, de seis hijas - innumerables me parecían- las cuales, aparte de ocuparse en actividades disímiles dentro de la misma casa, eran de edades muy cercanas a la de mi madre. Flora, Rosa, Zoraida, Ana... eran un ejercito de amazonas en la plenitud del oficio y en permanente vigilancia. Cocinaban, cocían, vendían. Y Merce, mi privilegio, esa abuela adoptiva que gané en el albur de aquel bazar de convivencias. Allá dormía si me sorprendía el sueño, cenaba si me daba la hora. Lo hacía con la permanente incondicionalidad de su compañía, con la complacencia novedosa de un huésped de primera y también con la certidumbre de hallar un sabor distinto en las comidas, una frescura nueva en sus sábanas o una calidez de nido dentro de aquella habitación. Allí la oscuridad era más compasiva y aquel velo del anochecer no me asustaba porque sentía que traía consigo una connotación de cobijo, de hospitalidad, con sus divisiones de madera delgadas y frescas y con su techo de pronunciada inclinación que lo hacía más alto. Tan alto, que cuando me quedaba mirando el cinc ondulado, encontraba el cielo allí dentro con todo y su azul oscuridad y sus diminutos luceros titilando, porque eso creía yo que eran los agujeros por los que en una noche de lluvia comenzó a entrar el agua a cuenta gotas. Nunca pude olvidar aquel descubrimiento, y su vivencia habría de convertirse en un episodio patético la noche de octubre en que, persiguiendo un reportaje, la guerrilla salvadoreña me hizo pernoctar bajo una empalizada al lado de alguien a quien en un principio creí dormido, pero que después, al contemplar su rostro y descubrir su tonalidad de papel y el quieto delirio de un estado post-morten, entendí que era un cadáver, y sobrecogida de impotencia, maldije. Maldije, creo que a gritos y a merced de un diluvio tropical que se colaba por entre las enramadas mientras esperábamos a que pasara la arremetida aérea de un ejército despistado. Esa noche ovillada en un recodo con todos mis avíos de reportera, mientras mis lágrimas de impotencia naufragaban en la lluvia, recibí la primera moratoria que me concedía el destino antes de alcanzar la madurez. Merce me profesaba un cariño subrepticio, casi conjetural, un cariño a prueba de hijos porque, a pesar de que con el tiempo su voz adquirió ese tono reblandecido de la vejez, sus actos siguieron manteniendo esa inquebrantable verticalidad que un día, con temeraria sublevación, la llevó a colgar en un lugar de prominencia dentro de la sala, una foto enmarcada en donde yo, sentada en una silla alta, miraba perdidamente hacia el infinito. Sólo el pasar de los años me permitiría comprender el alcance de aquel gesto, porque me fue necesario algún tiempo para entender que en ella se ensanchaba el orgullo al saberme incorporada a la nobleza de su existencia. Y no sería esa la única demostración de su afecto. Una noche, después de una de las incontables cenas de guisos y arroz, me tomó del brazo, me llevó a su habitación y, desenvolviendo una funda sacada de su escaparate, extrajo un pequeño objeto metálico que conservaba un frío de vitalidad. En la penumbra se notaba su color negro, sus pequeños accesorios brillantes y la diminuta consistencia que me definió su forma y me arrancó enseguida esa exhalación de asombro que todavía me hace poner las manos en la boca. Pesaba, y entre mis manos expectantes, el adminículo sugería cuidado. Palpé con asombro su lente y sus aristas breves y, como flechada por un acto de intuición, me la llevé a la cara y puse el ojo en su visor diminuto y acuoso para ver por primera vez un universo distante esperando mi mirada. Entonces hice chasquear el interruptor y el sonido de su voz de metal recaló en mis sensores más recónditos con la misma urgencia con que a veces nos acosa el futuro. La contemplé a la distancia prudencial que me permitían mis brazos, los ojos bien abiertos, y pude ver en un lugar principal sus letras refulgentes: Olimpus. Ahora se me presenta como algo inconcebible el hecho de que Merce, con toda esa implicación doméstica que marcaba su existencia, se hubiese dado en algún momento a la consecución de aquel objeto, y mucho menos de que la puntería de su acierto vislumbrara desde temprano que una cámara fotográfica habría de ser algo que me seduciría por siempre hasta llegar a quitarme la más apetecible mitad de mi vida. Más aun, que me hiciera soñar.
Fin Hernando Bolano <hbolano@yahoo.com> |
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