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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
De la razón por la cual… Jorge no deja dormir a Sastoque
| | Cuentos y relatos globales. 29.05.16 | | Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez,- De Jorge Rocha, el popular viejo Jorge, testimonio de hombre honrado y laborioso que de niño conocí y que siempre en la “Playa de las Ventanas” vio en la pesca artesanal la sana y noble forma de enfrentar con atarrayas, trasmayos, barbasco y peligrosos explosivos sus apremios familiares, se me ocurre decir, de la manera más macondiana y fabulosa posible, que bien pudo ser, en su momento, y si lo hubiese querido, el hombre más temido e inquietante del pueblo; tanto así que para sentirse amigo de él, Sastoque, el alcalde militar del pueblo en tiempos de Rojas Pinilla, lleno de miedo, dispuesto hubiese estado a darle la “Orden del Mérito Pesquero”; pero estoy convencido que el homenajeado, rebeldemente contestario, por antigobiernista, la hubiera rechazado. Lo que me hace igualmente creer ahora que, de haber sido verdad lo dicho hasta aquí, el temor del castrance corregidor, ante esta imaginaria situación que escribo, radicaría en que él sabía que Jorge, por ser un experto tirador de dinamita y de otras arriesgadas artes piro técnicas, levantándose en armas con mi abuelo Hernán, con Chito Rocha, Galo Rocha, Julio Rocha, “Luis Carlos Chorrera” y los “hermanos Ballito”, vecinos de la región, se declararía alcalde comandando algunas fuerzas revolucionarias en su jurisdicción y, entonces, dejándole sin mando alguno, le pusiera preso o, a punta de pólvora, de bolas de candela y chamusquinas, en el menos penoso de los casos, lo sacaría de la alcaldía huyendo del territorio obedeciendo quisiera o no al nuevo régimen. | Dándole rienda suelta a la fantasía, diré también que siempre vi en el viejo Jorge, el pescador del pueblo, a un hombre dispuesto para la guerra, así estuviera viejo y le faltara un ojo, el mismo que perdiera en una faena de pesca reservandose el último suicida taco de dinamita del día para un sábalo de 250 kilos, tras la razón demasido razonable pero al mismo tiempo extremista de que, según las circunstancias, para obtener comida para doce hijos y para Dora, su mujer, a veces la vida no valía para él el respetable grueso calibre de un explosivo que en átomos volando, podía ponerlo a volar con rumbo al otro mundo.Del mítico y legendario personaje, “con discreta exageración” diría que, Jorge Rocha, el pescador, de pronto no lo hubiera hecho mal de alcalde arbitrario casi dictador, disponiendo y ordenando con bandos, desde el primer día de su mandato, cuanto se le pasarea por la cabeza y mandando al cepo a los enemigos de su mandato…Pero no, en la vida real el personaje de esta historia jamás fue alcalde del temido paraiso liberal que en el pueblo, luego del asesinato de Gaitán, vapullara conservadores dejando para la imaginación el hecho de que, alguna vez, alguien sobresaltado, alarmando al mundo dijo de éste que se había tomado por asalto al pueblo porque dizque le vio atravesar por la calle principal con un taco de dinamita encendido en la boca, siendo que lo que llevaba en los labios era su infaltable tabaco simbolista estrictamente humeante e indispensable y vinculado a la complicidad de hacer creer a otros que, de pronto, aquel guardaba en los bolsillos de su camisa todo un arsenal de guerra; razón por la cual Sastoque asiduamente lo tuvo al alcance de su preocupación aunque fuese, por orden de Dios, un hombre manso como una paloma e indiferente a todo y de quien, sin embargo decía: “…es que a un experto dinamitero, por dósil, sosegadoi, tranquilo y sumiso que sea, no se le puede dejar sin vigilancia…y más aún si es turto”.
Nunca nadie en la región lograría comunicarse mejor con los peces del mar en su lengua como lo hizo el Viejo Jorge, el pescador, quien desde la hamaca de la flojera, en las noches de luna, sin apagar nunca su tabaco, desocupadas sus redes, a José Antonio y a José Víctor, sus sobrinos y estirpes de su estirpe, les daba sabias instrucciones sobre el arte de la pesca y de arrojar sin peligro la dinamita de la hecatombe que no dejaba dormior tranquilo a Sastoque el alcalde militar del pueblo en tiempos de Rojas Pinilla.
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