Walter Piimienta.- Mi tío Goyo, hombre de campo hasta su muerte, siempre fue contradictorio consigo mismo y por todo se molestaba y se enojaba…, porque la brisa le tumbaba el sombrero; porque la vaca que ordeñaba se le movía y agitaba mucho la cola; porque la mula en la que iba al monte, con el vuelo de los pájaros, se le espantaba y lo tumbaba; porque era muy tarde o muy temprano para hacer un oficio; porque el arroz estaba salado o sin sal; porque el perro que tenía ladraba cuando no debía; porque queriéndole, decía que no le querían; porque los fósforos se le apagaban antes de tiempo y no alcanzaba a prender el fogón; porque poniéndole veneno a las ratas, era su gato el que se envinaba; porque…Bueno, pero con todo y esto, algo le alentaba siempre a continuar viviendo y por ninguno de los anteriores motivos se le dio un día por morirse sino a merced de sus añoranzas y de un mal de riñones. Tenía más de ochenta años. Mi tío Goyo era de los que abría la ventana de su casa que daba a la
calle y descubriendo que afuera había un hermoso día soleado,
contradecía al verano y se preguntaba cuando llovería y así también,
si el amanecer en su defecto era gris y frío, se contrariaba porque
seguro se vendría un aguacero…, igual tenía sus miramientos contra el
leva paso de la primavera que no con el otoño porque tal estación en
estos lares no se da. Paso a creer por tanto, que si alguna vez llevó
paraguas para salir a la calle, la disyuntiva estaba en que uno supiera
si lo llevaba para protegerse del sol o de la lluvia o por alguno de
los dos motivos…o porque le daba la gana… Uno nunca sabía… |
Mi tío Goyo sólo tenía dos cosas con las cuales no se contrariaba: dormía en paz con Dios y con la gente esperando el acontecimiento de la llegada de un nuevo día y, abriendo la ventana de su casa, más inconforme que conforme, enseguida decía lo que ya dije antes y sin más posibilidades y como si todo estuviera previsto, esperaba que ocurriera lo que nunca sucedía… Pienso que por eso no se ganó jamás la lotería…
El otra evento con el cuál mi tío Goyo no se disgustaba para nada; pero para nada, fue con su gusto por el ron…Claro, era otro cuando buenamente se emborrachaba y se divertía de lo lindo dando a conocer una imagen en la que cantaba boleros, saludaba a todo el mundo, bailaba e improvisaba décimas que no concluía y, ya bien ebrio tomaba el camino recto de la cantina a su casa eludiendo a quienes de pronto, para molestarlo, le preguntaban que por qué ese día no fue al monte*
Las borracheras de mi tío Goyo, eran borracheras de buena índole y recuerdo que con voz de recluso cantaba “Flores negras”… (“Oye, bajo las ruinas de mis pasiones/en el fondo de esta alma que ya no alegras/ entre polvo de ensueños y de ilusiones/ crecen entumecidas mis flores negras”)…asimismo, sin poner a salvo la tristeza que algún amor de joven le dejara, esto igualmente entonaba: “Por unos ojazos negros/ igual que penas de amores/ hace tiempo tuve anhelos/ alegrías y sin sabores/y al dejarlos algún día/ me decían así llorando/ no te olvides vida mía/ de lo que te estoy cantando/… Con la certidumbre de que en el fondo de su corazón, sólo él y nadie más que él, roto por dentro, entendía las palabras de derrota que su alma padecía. …Y acabada la canción, un alivio que se percibía en su voz, le daba arrestos para pedirle a José Rocha, el administrador de la “Cantina Montecristo”, otro trago de cuatro dedos de alto*, el que se bebía de un solo tiro en casos de gravedad extrema; es decir, cuando uno a otro cuenta cantando desamores y olvidos.
Pasado el melodrama de la anestesia, mi tío Goyo, al día siguiente, volvía a ser el mismo al lado de su Aura del alma, su esposa, quien no tenía precisamente los ojazos negros de la mujer de la canción porque los de ella eran hermosamente azules…y quien sin rigor de alguna clase, sin intermediario le exculpaba de su falta porque entre los dos se daba otra manera del amor: la del amor que quiere bien.
Cuando mi tío Goyo vivía, el mundo todavía pertenecía a los poetas, y él y su generación tuvieron noticias de Julio Flórez, de Miguel Moreno Alba y de Gabriel Escorcia Gravini (el poeta del cementerio), aunque borracho, humanizándose hasta donde se lo permitían las entretelas del alma, hiciera rimas deprimentes que no rozaban siquiera la gloria en forma, consonancia e inspiración; sin embargo, con su repetido verso…”fiel amigo de mi encanto”, salía del paso colocado entre aquellos que como Pedro Molinares y Aquileo Molina, sintieron igual el llamado de Erato, la musa de la poesía.
Mi tío Goyo, matizando las manifestaciones y los goces del espíritu con el néctar del “Ron Blanco” en las fiestas familiares de fin de año, a pesar de ser el mayor de sus hermanos, era el último que hablaba, dándose la oportunidad de decir lo único que quizás decía en toda la noche: “No se vayan que ahora esto se pone bueno”.
Era adorable el tío Goyo, de chico me regalaba “arranca muelas de peripecias”* y bombones que predicaban la dicha infantil… creyó en Dios, en el prójimo, en las leyes y en el partido liberal de Gaitán…y algo demagogo se reconciliaba con la vaca que el día anterior, pateándole el balde, le votó la leche del desayuno cuando la ordeñaba. Yo, en nombre de él y en nombre de sus atributos alcohólicos y considerando, propongo o proclamo a la humanidad, en un acto de corazón, crear el “Día del tío Goyo” en quien vi al tío bueno, al tío de todos los tíos…Al tío amigo, al tío padre… Los tíos así, como mi tío Goyo, fueron un acierto de Dios en su sabiduría y creados para no dejar de ser niños… Walter Piimienta.- |