|
Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido- “Soliloquio de tres que no llegaron a cura”
| | Cuentos y relatos globales. 15.05.16 | | *Cuidado, que antes de ser cura fui monaguillo. (Dicho popular)Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- …Cómo nos hubiese gustado a todos en la comarca ver a Marceliano, a Pepe y a Saulo (“Ungo” Q.E.P.D.), de sacerdotes y haciendo de ello en cualquier aldea de las de antes; de aquellas donde los curas sólo a lomo de mansa mula, después de tres largos días de camino, a estas llegaban entre jornadas que reventaban cinchas y gruperas a las bestias atolladas en los lodazales de octubre cuando en el mes de octubre llovías como llovía en los octubres de otrora… …Cómo nos hubiera gustado verlos de sotana blanca planchada y perfumada, de anillo de oro al dedo anular de la mano derecha; con sobrepelliz de peluche rojo atado a la cintura y zapatillas de pana negra con hebillas de plata…En fin, cómo nos hubiese gustado verlos procediendo de curas…,luchando contra los adversarios de Dios enseñándoles en forma exorcista un Cristo de madera; preocupados en la construcción piedra por piedra de sus templos…, dando a cada misa la solemnidad y el esplendor que tenían los actos religiosos de aquel tiempo y pidiendo limosnas y auxilios a la comunidad para comprar San Juanes, San Pedros y San Pablos de tamaño natural, de la estatura de un hombre; con ojos de vidrio y rostros de no haber arado en el desierto cuando estos, por mandato de Dios, anduvieron por el mundo promulgando la fe entre tanto hereje y renegado… | …Cómo nos hubiera gustado haberlos visto en este tiempo, ya viejos y canosos, de redondos lentes anti estigmatismo caídos sobre la nariz, haciendo ingentes esfuerzos leyendo el Santo Evangelio en tono clerical para que cada uno de nosotros llegara por sus intermediaciones a conocer al Señor Jesucristo como su Salvador personal…o repartiendo medallas de San Juan Bosco y estampitas de San Ignacio de Loyola…
Marceliano, Pepe y “Ungo”, de haber llegado a sacerdotes, gracias a esa expresión de ángeles, de inocencia y de bondad con que les premió El Creador, de veras, hubiesen sido curas amigos: de esos que, por sabernos tan familiares y compañeros, conocedores al máximo de nuestros pecados, nos los perdonan todos sin necesidad de confesión; nos imponían enseguida por penitencia a lo sumo tres padres nuestros rezados en latín y nos habrían hecho comulgar sintiendo en la lengua no la insípida hostia sino una bola dura en la garganta, al tiempo que mirando a uno de ellos a la cara, con ojos de arrepentimiento, en silencio, seguro esto decíamos: -“Padre, prometo no volver a pecar”.
A las religiosas y fervorosas familias de Marceliano, Pepe y “Ungo”, a lo mejor pensando que a ninguna tierra como a la nuestra le hacía falta la simiente de Dios, se les dio alguna vez la honrada y buena idea de mandarlos al seminario con el propósito de verlos regresas hechos sacerdotes para espantar ateos e impíos y con agua bendita bautizar moros y sarracenos; pero una cosa quisieron ellos y otra muy distinta quiso la vida. Mas sin embargo, en los anales de nuestra historia, los tres aparecen como quienes estuvieron más cerca de serlo hasta el día en que, en un encuentro fortuito con Dios, de repente resignaron el deseo después que, ya hombrecitos, luego de dar tres vueltas por el mundo de ese entonces, desapacibles se quedaron en el júbilo del placer y la parranda dejando en el olvido sueños de adolescencia y juventud y trajeron en cambio del seminario un rostro de chulos maduros y esbeltos y con aire de marineros a los que sólo faltaba el tatuaje de un ancla en el brazo izquierdo.
Del hecho, no obstante, quedan singulares anécdotas y acontecimientos pintorescos y llamativos como la vez en que, se cuenta, estando Pepe de visita en su casa, medio pueblo creyéndole sacerdote fue a visitarle para ver si ya le habían hecho la tonsura; en tanto él, en su cuarto encerrado, piadoso estudiaba las últimas encíclicas papales y dado el barullo y la algarabía allí formada, Cleta, su mamá, con la decencia de un…” por favor, cállense que el padre Pepe está estudiando”, espantó a la gente.
De Marceliano, ahora jubilado como profesor que sí lo fue, diré entre tanto que en mi niñez siempre le vi como a un cura menor y que vestido de monaguillo, aunque apenas era un muchacho, había nacido con potestad para indultar pecados veniales camino ya a la aplicación de los santos oleos a los moribundos. Además, toca reconocerlo, le lucía el balandrán; sabía en el momento oportuno y sagrado dar los tres golpes sonoros a la campanilla anunciando la elevación y lo otro era que, tocada como un leve aletazo su vocación, nadie puede negar que cuando joven fuera poseedor de una cara de Santo Papa que no podía con ella.
Pepe y “Ungo”, por su parte, partieron hacia otros rumbos a lo mejor haciendo penitencias y sacrificios, no precisamente de cenobitas; pero eso sí, temerosos de Dios…Yo, en tanto, entiendo ahora que el mundo de ellos era muy distinto al que vivía porque el de ellos siempre olía a santidad y a vino glorificado…y en cambio el mío, un profundo olor a mango maduro exhalaba de aquellos que en el patio del viejo Eulogio, cuando niño callejero y vagabundo, robaba…
|
|
| | <-Volver |
|
|