|
Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
”EL INDIO de las pomadas de la vida”…
| | Cuentos y relatos globales. 01.05.16 | | Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Sin que nadie conociera el guardado secreto de su identidad, procedente quién sabe de dónde, los viernes de cada semana, puntual llegaba al pueblo un nativo que vendía ungüentos sanatorios, bálsamos, emplastos, linimentos, parches, pócimas y “a seguranzas” para niños que por no haber mudado aún los dientes de leche, estaban propensos al mal de ojo y a los encantamientos de las brujas. Tenía el primitivo un negro pelo tupido y grueso caído sobre la frente, lucía sombrero recortado, una especie de falda sin ser mujer, botas rústicas y cualquier cantidad de collares sobre los hombros, era de pómulos altos, de mirada ladina y de aire solitario. Era indio. Los abuelos y abuelas eran clientes seguros del indio que venía los viernes al pueblo pues, según ellos, él les vendía infalibles remedios, secretos y soluciones racionales en forma de pomadas y unturas para males absurdos y disparatados que les liberaban de más de una mortificación del pasado y que castigaban a plazos con embadurnes y sobos. | Los abuelos y las abuelas creían de veras que las unturas y “a seguranzas” que el indio que venía al pueblo los viernes de cada semana les vendía, les eran efectivas y que les servían para volver a ser vigorosos y muy vitales y, por eso, en ausencia con los médicos, suponían nunca perdida su fortaleza pues eran las pomadas del nativo las que les alivian hasta sus padecimientos del cuerpo y del alma y revivían en ellos sus recursos de poeta porque, antes de morirse, eran capaces de cantarle unos extravagantes versos a la muerte así como a un miserable dolor de muelas sin necesidad de ponerse en manos del dentista de quien, razonablemente, desconfiaban por ser dueño de curas tortuosas y ardorosas para burros y no para humanos pacientes que no tenían la culpa de indisponerse por costumbre y debilidad. Hay quienes manifiestan que por las intenciones del Santo Padre y las misericordias de las pomadas que el indio que viene al pueblo los viernes de cada semana les vendía, los abuelos y las abuelas subastaron los ataúdes que por anticipado ya les habían hecho Julián y Josecito, los carpinteros del pueblo, y por eso, en aquel tiempo, no llevaban en sus manos los bastones de las peripecias y, entonces, aparecían todavía por calles y callejones como visiones de carne y hueso que se encontraban en la plaza para hablar mal del alcalde y de los honorables concejales y decirse unos a otros que para morir no hay prisa, mientras no les doliera nada y pudieran hacer una que otra maroma como estas: montar en burro de un solo brinco, sacar agua del pozo, sembrar la tierra, hender un palo de leña, tirarse unos cuantos rones y mirar a una muchacha no sin antes, con todos los detalles, conversar también de sus antepasados y de aquellos sucesos anteriores a sus propias existencias; es decir, antes de haber nacido. Hay quienes dicen que por las unturas del Santo Padre y por las misericordias de las pomadas que el indio que viene al pueblo los viernes de cada semana les vende, los abuelos y las abuela sobrevivían y por horas gozaban de soles tibios que les desentumecían los huesos y hasta se daban cada mes un clínico baño de mar y vestían ropas secas y salían a recorrer el pueblo preguntando qué joven murió, mientras ellos, sentados en el mismo lugar, invulnerables al tiempo y al desastre de la vejez, sonriéndose con alguna perfidia, esperaban los viernes de cada semana al indio de las pomadas de la vida. |
|
| | <-Volver |
|
|