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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
Luis Carlos… Con los zapatos puestos
| | Cuentos y relatos globales. 17.04.16 | | Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- A Luis Carlos, el zapatero remendón del pueblo, Dios, de conformidad con sus artesanales manos, le concedió también la paciente sabiduría y el don milagroso de hacer resucitar los zapatos viejos. En el pueblo, por mucho tiempo, no hubo otro que viviera del oficio de la horma, la lezna, el cuchillo, el martillo y el yunque; sólo él, Luis Carlos, quien sin competencia ni rivalidad alguna, ejerció y ejercitó su soberanía en la comarca y mucho más allá de su propia jurisdicción, resolviendo de martes a domingo los problemas fundamentales y “espirituales” que deterioran el calzado. Desde luego, Luis Carlos no trabajaba los lunes porque en el mundo los lunes son del zapatero y consagrados a San Crispín y a San Crispino, patrones que ejercieron hace muchísimo tiempo el oficio en épocas de Roma y que devolvieron a muchas personas de caminar imperfecto, según la fe, la forma correcta de andar por la vida sin gastarle al tacón de sus zapatos uno de sus lados… | Luis Carlos sabía muchas cosas, muchas; su trabajo se lo permitía. Conocía, por ejemplo, cuánto calzaban todos los habitantes del pueblo; por dónde cojeaba el viejo Benigno; dónde le apretaba el zapato a Bartolo; de qué lado se gastaba el tacón mi abuelo Hernán; qué defecto tenían los pies de Martina; por qué yo, de niño, pelaba las puntas mis botines escolares; dónde se le descosían las botas al viejo Carlos y al alcalde; por qué eran cortos los pazos del padre Hernández rumbo a la iglesia… comprendía igualmente el padecimiento de los juanetes de “ la Niña Justa”; estaba enterado del dedo encaramado que tiene Hugo en el pie derecho; que Nelson, siempre se dolía de los callos, que Pablita sufría de una verruga plantar y que Ildefonso tenía planos los pies; pero a todos ellos, trabajando con certidumbre, devolvía un andar desahogado y cómodo hasta cuando por sus defectos plantares y el trajín, otra vez perdían la horma que les dio su artesanal trabajo y, siendo así, los mismos, como todos los humanos, volvían a dar sus conocidos buenos y malos pasos de siempre. Fiel a sus hormas, a su lezna y a su yunque, las herramientas que distinguían su noble oficio, Luis Carlos armaba y desarmaba zapatos y clavaba y desclavaba tachuelas a pobres y a encumbrados tacones sonriendo socarronamente porque Franco Charris, el enamorado, para verse a la altura y creerse un poquito más alto de lo que no es, le ordenaba les pusiera unos centímetros de más a los que tenía, en tanto miraba pasar en los torpes pies de los borrachos de siempre, zapatos que tenían el vicio de torcerse y de conducir todos los días a sus dueños a la cantina donde éstos, entre iguales, hacían un brindis diciéndose que “el zapato malo, más vale en el pie que en la mano”. Luis Carlos, el zapatero remendón del pueblo, sabía de media humanidad con zapatos incorregibles y de la otra media con zapatos irremediablemente rotos, heredados de un antepasado mortal que se fue de este mundo cuando se dieron cuenta que ya la vida no les valía una puntada. …Y así también alguna vez Luis Carlos, el zapatero remendón del pueblo, le dio a la vida su última costura cansado de conocer el mundo por lo gastado de las suelas de los zapatos de sus clientes y, en esa ocasión, tomó la inapelable iniciativa de abandonar la tierra con los zapatos puestos. |
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