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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
EL MONDONGO de Josefa
| | Cuentos y relatos globales. 10.04.16 | | Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Dicen Jesús, Carmen y Cristina, mi hermano y hermanas; también lo consideran de este modo, Eliecer Echeverría, Ismael Villarreal, Carlos Hernández, Modesto Olivares, Romelio Padilla y Ernesto Molina, vecinos del barrio; y de la misma manera Plinio Gutiérrez y el profesor Álvarez, que lo mejor de la culinaria local, en todos los tiempos, fue el apetitoso mondongo de Josefa. El padre Guillermo Robles, español él, nativo de Santander en la península Ibérica, haciendo de párroco en nuestro pueblo y toda una autoridad en la práctica de probarlo con buen picante a la hora del almuerzo, igual así lo estimaba, otorgándole al sabroso plato el nombre de altura y de categoría que a éste le dan en la madre patria: callos a la madrileña. Josefa en vida, comprometida siempre con sostener el prestigio de su famoso mondongo, no vacilaba en decir que éste le quedaba más sabroso si mientras lo preparaba iba alrededor de la gran olla susurrando rancheras de olvido entre nostalgias aún vivas y echando en la misma la más valorizada y harinosa yuca junto con la auyama, el plátano, la papa, el maíz y los aderezos del caso; eso sí, sin dejar de estar atizando y atizando constantemente el encendido fogón de leña; resultando de todo aquello un sancocho único, especial y exclusivo, digno de aparecer en los libros de recetas alegóricas a la cocina tradicional y pintoresca. | En torno al delicioso mondongo de Josefa que rebasara los limites geográficos del pueblo, considero yo, se pudieron escribir historias literarias de singular belleza: poesía en bruto, décimas generacionales, versos de rico lirismo, todo esto plasmado en cintas doradas con letras de molde; rescatando así la primigenia cocina del paraíso cuando la muerte era inofensiva y complaciente y sólo había colesterol del bueno. Seré sincero y sin ninguna vergüenza digo ahora que, apretado por el cerco del hambre, muchas veces donde Josefa, este doliente humano, por la misericordia de su mondongo revivió y recuperó fuerzas saliendo de su restaurante con palabras de justa gratitud, resumidas con un “estuvo delicioso, negra, volveré mañana”…y, entonces, hundido en la catalepsia de la siesta, vivía el sueño de una vida donde no había amarguras. El de Josefa siempre un mondongo vigoroso, potente, bravo –como decía Romelio- medido y trabajado con el equilibrio de una sazón misteriosa y secreta que luego de haberse probado en absoluta tranquilidad espiritual, lo más sensato era seguirlo degustando imaginando cómo hacía ella para, en el proceso de esa ecuación de segundo grado que sería la convocatoria de su preparación apetitosa, resolver y despejar la incógnita de una delicia de gran valor alimenticio y de la cual ella y solamente ella, como protagonista, era quien acertaba en lo sencillo y humilde de su receta de seducción. A nadie como a Josefa, le vienen tan de acuerdo todos los adjetivos en superlativo con los cuales calificar su mondongo digno de haber sido elevado a la categoría de la gran mesa y como quiera que resolvió con él complicados crucigramas de necesidad cuando entre nosotros, probar un plato de aquel goce se convertía en el ejercicio de no morirnos antes de tiempo porque ella, como una segunda madre de todos, no lo permitiría nunca convencida de que en el Juicio Final, jamás sería condenada por no haber dado de comer al hambriento… Desde este punto de vista queda explicado así y con ingredientes dialecticos y ecuménicos de toda clase el prestigio culinario y literario del mondongo de Josefa …Pasó así a la posteridad la apetecible cocina de Josefa sin haber sido ésta una maestra en preceptiva culinaria; pero eso sí, erijo su sazón a la solemnidad de las bandejas de la mejor y más sana digestión, único y merecido título que nadie otra pretenda porque, con ella, abanderada por siempre de la culinaria criolla, nos sentimos altamente identificados quienes en la hospitalidad de su casa de la Calle del Repaso, alguna vez tuvimos la magnífica capacidad estomacal de repetir a placer el mondongo de Josefa…
Walter E. Pimienta Jiménez |
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