*Pinta tu cielo de diciembre o tu diciembre de cielo…todo es posible si crees. Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Ningún mes del año en el pueblo tenía el esplendor de las noches de los diciembres de ayer con una Luna, unas estrellas y luceros que brillaban como gemas formando grandes señales incomprensibles en la afelpada negrura del firmamento. Era el diciembre de ayer el mes en que, a manera de recreación y desocupación, los abuelos exploraban el firmamento convertidos en rastreadores de extraviadas y coquetas constelaciones que desde lo alto, decían ellos, les hacían un guiño amoroso…Yo, sin entender de esto, llevado por la curiosidad y la necesidad de volverlo todo real, levantaba la vista al firmamento en las tranquilas y claras noches de ese tiempo y alguna vez vi asombrado que, a mis ojos, todas las estrellas parecían blancos y fúlgidos cristales que Dios, cuando niño, jugando de acróbata, allá arriba dejó colgadas para fascinación de la humanidad y para que sólo en diciembre, un cielo de frutos encendidos pudiera siempre apreciarse diverso y original. “Los foquitos del cielo alumbran más en diciembre- decíamos los niños de antes y la descripción, dando testimonio de colorida acuarela, advertía en nosotros el gusto por la pintura celestial que en temporada de adviento, con campanas al vuelo, nos decían que la gracia de Dios vive para siempre en cada humano corazón y en la pequeña iglesia blanca de la aldea donde un armonioso concierto de villancicos enseñaba el tradicional espíritu abierto y generoso de quienes, al son de maracas y panderetas, con fe, esto cantaban: |
Dulce Jesús mío, mi niño adorado Ven a nuestras almas niñito, ven no tardes tanto Del seno del padre, bajaste humanado Deja ya el materno niñito, porque te veamos De montes y valles, ven ¡oh deseado! Rompe ya los cielos niñito, brota flor del campo Dulce Jesús mío, mi niño adorado Ven a nuestras almas niñito, ven no tardes tanto… Y, entonces, en la cendrada bóveda celeste, al sabio decir de los abuelos, de color rosa pálido reinaba Aldebarán; de blanco azulado, Rigel; de tintes que iban del anaranjado al topacio, Betelgeuse… y Venus era el lucero del atardecer y del amanecer con límpidos resplandores color oro…, luces guías y conductoras de cansados peregrinos, de pastores y de Reyes Magos que en el milenario Belén, interpretando el refulgente milagro revelado, tuvieran la dicha de ver la gloria del Dios nacido…
Nada como los diciembres de ayer, a través de los siglos, unía tanto el pensamiento humano con Dios en la luz de un cielo que cobijaba a todos los hombres por igual -creyentes o no- reconocidos en el honrado deseo de una Feliz Navidad llena de invisibles hechos visibles y cercanos… …Y así, con el fuego de la palabra del poeta inspirado, llegaba a mi pueblo diciembre, el diciembre de ayer, el de los abuelos, en la infinita bondad y pequeñez humana y en la grandeza del Creador de todo lo creado, Rey de Reyes nacido en un establo de extramuro… En consecuencia, en este diciembre, diciembre de ahora, diciembre de hoy, como cuando niño, con ánimo humilde y sobrecogido de admiración, levantaré otra vez, cada noche, mi mirada al firmamento que para siempre en diciembre proclama…!Gloria a Dios en las alturas! ¡Paz en la tierra entre los hombres que gozan de su favor!... En atención a que en este mundo de vastos mares e inmensas selvas; lleno de muchedumbres y de soberbias ciudades, apenas somos un minúsculo grano de polvo sujeto siempre al movimiento de la antigua y refulgente rueda de los cielos…, mientras una estrella milagrosa enciende de amor los corazones e ilumina las almas que en el espacio simbólico de todos los diciembre, desde la tierra, no nos priva de estar presentes en el milagro cósmico del Nacimiento de Dios. Por eso, Pinta tu cielo de diciembre o tu diciembre de cielo…todo es posible si crees.
Walter E. Pimienta Jiménez.
|