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Africanos
| | Cuentos y relatos globales. 25.07.15 | | Hacía varias horas que el jubilado recorría las calles de Madrid bajo el sol otoñal y ya un poco retraído de los primeros días en que se va el verano, en que las hojas comienzan a crujir y los armarios reciben, dan, y se llenan de manos y preguntas, ¿qué visto, qué visto? El jubilado caminaba despacio y de ninguna manera levantaba la vista. Le habían dicho que si seguía por esa calle, y, en especial caminando así, en algún momento, le hablarían. Sobre la esquina, se oyó una frenada, alguien con prisa, pensó para sus adentros el viejo, o un auto con frenos nuevos, tendrá que acostumbrarse, no es lo mismo una cosa que la otra. Hizo dos cuadras más y comenzó a sentir cierta molestia, o, más que molestia, impaciencia. No, no viene nadie, a lo mejor anduve muy rápido y por eso; no, estuve bien, se dijo y en ese mismo momento lo tocaron en el hombro. Era un hombre que andaría en los treinta y cinco años. ¿Sí?, dijo el jubilado. ¿Anda por aquí por eso?, le dijeron. Sí, respondió el viejo. Bien, sírvase, dijo el hombre mientras metía la mano en el bolsillo y tomaba una tarjeta en la que estaba escrita una dirección. | El jubilado apretó la tarjeta en una mano y, a partir de entonces, caminó más rápido. Se sintió a gusto y ansioso. Minutos después estaba sentado en un ómnibus e iba atento, con la vista sobre la numeración de la calle. Una cuadra antes de la dirección indicada en la tarjeta, descendió con cuidado. La puerta era de vidrio y el edificio parecía bastante alto. Lo era, no tenía menos de quince pisos. Días atrás le habían dicho que, una vez obtenida la tarjeta, una vez con la tarjeta en la mano y frente a las puertas del edificio, debería exhibirla y a los pocos segundos alguien vendría a encontrarlo. En la recepción, detrás de una mesita, estaba el conserje, y en el ángulo superior derecho, más atrás, había una cámara de video de seguridad. El jubilado colocó la tarjeta entre los dedos pulgar e índice y comenzó a pasarla por encima del vidrio de la puerta. Enseguida vio que el conserje cogía el teléfono y asentía con la cabeza. A los pocos segundos, el jubilado estaba adentro y escuchaba las indicaciones del conserje. Piso siete, el primer departamento, la única puerta blanca. Gracias, dijo el viejo, se acercó al elevador y pulsó el botón. Dos minutos más tarde estaba frente a la puerta blanca del piso siete y tenía la misma sensación que había tenido alrededor de cuarenta años atrás, en su primera experiencia sexual con prostitutas. ¿Lo hago o no lo hago?, se dijo y se sentó a descansar sobre un peldaño de la escalera. Encendió un cigarrillo y pitó. Le llamó la atención el que no se escuchara ningún ruido. Sin saber por qué, había imaginado que su primer acercamiento hacia ese nuevo mundo, sería ruidoso, un tanto ruidoso y otro poco peligroso, pues la excitación, en la tercera edad, siempre es un riesgo. El corazón de los veinte no es el mismo que el de los setenta y cinco. Acabó el cigarrillo, lo apagó entre la suela del zapato y el piso y se puso de pie. Llamó a la puerta y no tardaron más de diez segundos en responder. ¿Sí?, dijeron desde adentro. Vine por eso. ¿Trajo el dinero? Traje. ¿Sabe cómo es? Me explicaron. ¿Ya vino otras veces? No. Bueno, ponga el dinero en el sobre que le voy a pasar por debajo de la puerta y devuélvalo de la misma manera. Después, espere, una vez que vea que encendemos la luz que está arriba de la puerta, puede pasar, ¿alguna duda? Una sola. Lo escucho. ¿Puedo elegir? No. Está bien. Un ruido a papel se escuchó cerca de los pies del jubilado. Se metió una mano en el bolsillo del pantalón y contó 350 euros. Al poco tiempo, los introdujo en el sobre y, con un movimiento leve, empujó todo hacia adentro. Ahora, espere, le dijeron y oyó que la voz se alejaba y era sucedida por unos pasos. El viejo se quedó mirando la bombilla apagada y sintió que la respiración se le aceleraba un poco. Tranquilo, se dijo, no es nada del otro mundo, cualquiera lo puede hacer. Alrededor de medio minuto más tarde la luz quedó encendida y lo encandiló un poco, se tapó la vista con un brazo. Abrió la puerta y entró. Olía a sudor mezclado con desodorante de ambientes, fragancias del mar, o jazmín; el viejo no era muy bueno para identificar olores. Miró circularmente y no vio a nadie. ¿Dónde se habrá metido el que me habló?, se preguntó y al instante supo que jamás lo descubriría, si existía ese protocolo, era, justamente, por precaución, el cliente nunca conocería a los anfitriones, dueños de casa. En la pared, algo más arriba, sobre la cabeza del jubilado, un parlante comenzó a sonar bastante despacio, después, la canción cobró intensidad y fue lo único que se escuchó. Mozart, se dijo el viejo, o Chopin, bah, cómo si supiera algo de música. Todas las paredes del lugar estaban recubiertas por material antirruido y al viejo eso le pareció apropiado y le provocó una sonrisa moderada en la cara. Piensan en todo, se dijo, vaya a saber uno cuánto hace que están en este rubro. Un joven de unos treinta años, negro, que vestía pantalón y sandalias apareció de repente y se detuvo frente al jubilado. Sígame, señor, es por acá. El viejo hizo lo que le indicaban y fue detrás del muchacho casi a punto de morirse de ganas; quería hacerlo ahí mismo. Ya le habían hablado de un negro de sandalias. Hicieron unos pasos y el jubilado no pudo contenerse, apretó el puño y golpeó con toda la violencia en la espalda al negro que, sorprendido por eso, echó un grito y dijo: no, espere, espere, tranquilo. Llegaron a una habitación y entraron. Había bastante luz y las paredes tenían triple grosor de material antirruido. En el centro, había una silla, y sobre la silla, un hombre cuarentón y de piel oscura que sostenía un cartel en la mano. Decía: Nigeria. El muchacho de las sandalias cerró la puerta y los dejó a solas. El hombre cuarentón no abrió la boca. El jubilado se quitó un zapato y comenzó a propinar todo tipo de golpes en la cara del nigeriano. En determinado momento, el cartel que decía Nigeria cayó al suelo. Diez minutos más tarde, el nigeriano también había caído al suelo e intentaba tomar el cartel para mostrar lo que estaba escrito en el reverso: “Por 30 euros más me puede colocar casco y camisa de fuerza”. Los golpes siguieron y el jubilado no llegó a enterarse de la oferta, porque cuando el nigeriano estaba a punto de dar vuelta el cartel el viejo le dijo: ¿querían trabajar, querían trabajar?, bueno, aquí tienen, no cualquiera gana 350 euros en un día. A los veinte minutos el negro de sandalias golpeó la puerta de la habitación y dijo: se acabó el tiempo. El nigeriano, escupiendo algo de sangre y lleno de marcas y magulladuras, alcanzó a decir con acento extranjero y pronunciado un: gracias. Sí, no hay por qué, dijo el jubilado, salió del edificio y volvió a su casa. Por la noche, cenaría en compañía de su esposa y hablaría de tiempos pasados, de la vida, tal vez. Carlos Bacquier |
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