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“El Cuco”
Cuentos y relatos globales. 25.07.15 
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez. Hay personas que aunque lleven un nombre propio otorgado el día que les hicieran  cristianas, no lo necesitaron nunca porque un apodo preciso que alguien les impuso les queda para siempre y les sirvió de condición para no ocultar ante nadie su verdadera identidad; ese fue el caso del “Cuco”, quien aunque recibió en la pila bautismal el nombre de Subael Ángel, nunca fue Subael Ángel sino el “Cuco”, sí, el “Cuco”, un hombre dócil y servicial y que siempre anduvo demasiado ocupado porque cuando usted no lo encontraba pintando la iglesia subido en una larga escalera, entonces estaba pintando la alcaldía o el cementerio o las escuelas o, de pronto, el mercado público, la casa consistorial o la casa de alguien, de modo que  era él quien vestía al pueblo de alegres colores y lo convertía en una feria de todas las tonalidades y visos, dándole a la vida otro aspecto, otra presencia y animación. El  “Cuco” fue  pintor, pintor de brocha gorda, y en la realidad inmediata del pueblo sólo él y nadie más que él, conocía, en el fantástico y vasto universo de su imaginación los mil colores y tintes que, sin límites, transformaban y borraban de la faz de la tierra todo desconsuelo, atribuyéndole al panteón municipal, por ejemplo, un gris no de nostalgia sino de eterna morada del recuerdo conjuntada con visos blancos de paz.
En el pueblo, solamente el “Cuco” tenía licencia para pintar las casas y hacer con tanta capacidad su trabajo que hasta los pájaros de desvaído color, se detenían a verlo con ganas de pedirle –si hubiesen podido- les emancipara de llevar  coloraciones de tortura con plumajes mustios y lánguidos y les pusiera en cambio todo cuanto inventara su alegre paleta, en armonía con el arco iris y con la flauta cantarina y jubilosa que éstos llevan por dentro.

Se decía en el pueblo que era el “Cuco” quien, cada diciembre, con mágicos brochazos, retocaba las guacamayas de Rita hasta llegar a alcanzar en sus plumazones la culminación de azules precisos, verdes cabales, rojos exactos y amarillos concisos y unánimes… Hasta la más humilde casa del pueblo que hacía visible en ella la sombra del abandono y la dejadez, pintada por el “Cuco” con colores escandalosos, como si estrenara ropa nueva, albergaba de nuevo a los suyos restituyéndoles la creencia en Dios, pues llevaban todos en la expresión de sus rostros y en el brillo de sus ojos, la luz de quienes volvían a nacer.

Estudiando las infinitas posibilidades de los colores más vivos para pintar las casas según el gusto de sus dueños, y sabiendo que desde lo alto éstas se veían  tan bonitas que parecían todas pintadas por Dios, con su brocha gorda el “Cuco” les daba una filiación precisa y de carácter vitalicio a las mismas y, entonces, de verde esperanza pintaba la de Juan, pintaba de amarillo la del viejo Hernán,  de azul cielo –como el cielo abierto- la de don Gilberto y la de María, de marrón; pintaba de rosado la del viejo Carlos y así, reconocidas por un tinte familiar, todos sabíamos por costumbre dónde vivía quién tocando con seguridad la puerta no equivocada en el propósito de una visita grata y reconfortante cuando en el mundo y en el corazón no cabía la duda y la existencia de la felicidad  se refugiaba en un pueblo olvidado que no aparecía en los mapas.

En verdad, eran  más blancos los blancos que pintaba el “Cuco”; tanto que con ellos, en actitud de vuelo, en las paredes de las escuelas pintó palomas investidas de castidad y en los mismos muros no restaba con los azules, con los amarillo, rojos y verdes, la voluntad de asombro de las frágiles cometas añorando un cielo de ilusión.

Olía a pintura fresca el pueblo en diciembre y Subael Ángel, ornamental, doméstico y por encargo, infundiendo un soplo de vida al contenido de sus tarros de pintura, lo hacía más bello y lo engalanaba de celebración y se revivían así los bailes de sala rescatando alcurnias ancestrales y remotas con visitas imprevistas y dignas y que, sin términos de agradecimiento,  prometían  volver para quedarse  para siempre con nosotros en una aldea que aunque no aparecía en el mapa, colorida y perfectamente visible a la luz de todas las luces, vista con los ojos del alma, surgía de la brocha gorda y misteriosa del  “Cuco”. 
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