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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
En busca del sapo perdido
* Las mejores cosas de la niñez no son las gratuitas sino las inesperadas.

Cuentos y relatos globales. 19.07.15 
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- La noticia la dio a conocer el viejo Sixto quien, con voz potente de prensa responsable, a la sombra de los almendros del parque de la plaza, dijo a todo el mundo:
-¡Próspero está comprando sapos!
Próspero era un  competente vendedor y comprador de cosas inimaginables de las que uno cree posible sirven para nada,  pero sí sirven para algo, tales como: hostiarios de fina madera,  imperdibles para mujeres, jarreteras  francesas, adornos de lapislázuli, monóculos para tuertos, mitras para obispos regañones, rebecas para señoritas decentes, morriones de  la Época de la Conquista… y… sapos.
-Está en mi casa. Llegó esta mañana. Llévenle todos los que encuentren- recitó otra vez el viejo Sixto con sentido de ayuda humanitaria.
El mediodía  era ardiente, casi irresistible. Próspero, en otras ocasiones había llegado al pueblo para comprar mulos de tiro y arrastre, hierros y trastos viejos, carbón vegetal, cabras de Nubia, jumentos de paso fino y cerdos “polanchinos “sin necesidad de proclama como en esta ocasión; era cuestión de esperarlo y transar con él, en tiempos de la honradez y la palabra, el costo de lo negociado en el precio real y justo de un buen entendimiento.
Los niños del pueblo, y yo entre ellos, escuchamos el suceso; fue un martes de diciembre, antes de Navidad, memorable fecha que nos tocaría recordar por toda la vida. Ese día, en grupo, vendimos a Próspero cualquier cantidad de “hermosos” sapos de variado tamaño, color, forma, apariencia, configuración y estilo
Próspero, en sus incontables viajes al redor del mundo de antes, comerciaba hasta hielo en el Polo Norte, pero nunca imaginamos posible poseyera el prodigio de comprar sapos. Él era gordo, de rostro colorado y abombado, poseedor de una mirada asiática con la cual adivinaba para qué sirve lo inservible. Usaba sombrero negro alón del otro siglo y botas de expedición. Era también sabio ancestral y por su índole de hábil comerciante, tuvo siempre la certidumbre de que en la vida se compra y se venden hasta los malos recuerdos y las imprudentes ventosidades de la vergüenza.
Galo, mi vecino; Cristina, mi hermana; y yo, dejando de momento los juegos propios de la infancia, apresurados ante la noticia, no necesitábamos revelarnos secretos para saber dónde encontrar los batracios de románticos ojos verdes saltones y piel verrugosa. Conocíamos sus territorios y paraderos y, moviendo piedra sobre piedra, de su  casa y de la mía sacamos sapos hereditarios con todas sus descendencias y sucesores. Y fue así como de solar en solar y de charco en charco, con éxito y fortuna, en una hora, felices llenamos un saco de sapos de leyenda y  de a dos libras cada fantástico ejemplar.
Didáctico en mi exposición sobre los sapos que en venta llevamos a Próspero y con el  arrojo de no fracasar en el negocio, animoso y dando rienda suelta a mi ingenio, le dije a éste.
-Cómpremelos. Saben silbar  y no muerden. Cada uno vale cincuenta centavos, señor.
-Ya casi vuelan- dijo Cristina, mientras Galo se tapaba la boca aguantando la risa.
-También me dirán que van a misa, que saben rezar y que curan el escorbuto. Se los pago a cuarenta centavos cada uno porque se ven grandes; porque creo que si no silban, a lo mejor tienen propiedades sulfúricas y vayan a que los peine un sapo o no hay negocio.
Próspero tomó el saco, contó ciento cuarenta y cinco sapos y, recurriendo a la memoria, hizo en silencio una mental operación matemática y, luego, con  profunda voz de desafinado órgano de iglesia, afirmó.
-Son seis pesos con ochenta centavos; les daré siete pesos porque se ven bonitos y punto.
A esa hora toda la chiquillería, predispuesta contra los sapos y haciendo una algarabía ensordecedora, estaba en el patio de la casa del viejo Sixto. Muchos, expertos en la materia, habían recorrido la aldea croando como en tiempo de amor extremo lo hacen los batracios y así, éstos, conquistados por la treta musical, en multitud y en fila india, salieron de sus escondrijos: unos bajaron del barrio La Popa, del barrio Platanal, de Las Moras, de Puntabrava y sus alrededores y, los más lejanos, procedentes de Oropapía, eran dignos de exhibición pues se decía de ellos que eran naciancenos*.
…De modo tal que todo el mundo, en tal ocasión, no se fue de cacería sino de “sapería” en tanto Casimiro, el notario del pueblo, en la esquina de la casa del viejo Eulogio, sin haber capturado ninguno porque sufría de “sapofobia”, docto entre los doctos, estrenando caja dental, inquebrantable dictaba cátedra diciendo:
-Los compran  para hacer con ellos experimentos científicos. Leí en una Revista Selecciones del Reader’s Digest que es posible curen la erisipela y la alopecia.
Y en el dominio pleno de  lo que  había dicho, sin contradictorio, sonrió de medio lado para que le vieran sus dientes nuevos y remató:
-Es que pasan vainas raras…ah.
Quienes le oyeron, se quedaron callados porque de darle cuerda, en forma temeraria, seguro terminaba hablándoles de cálculos astronómicos y trasmutaciones y de las siete maravillas del mundo.
Seis años después, en otro diciembre, Galo, Cristina y mi persona, habiendo ahora perdido la categoría de niños que alguna vez vendimos  lo último que debe  venderse en un pueblo, sus sapos, acostumbrados a la garganta metálica del viejo Sixto que volvía a anunciar la vuelta de Próspero, dueños y amos de otro mundo desprovisto de los juegos de la infancia, él (Galo), y yo, con las espinillas del desarrollo en la cara y una voz de gallo pollo al que se le va el gallo; y ella, (Cristina), respetando a la fuerza el toque de queda casero al que la tenía sometida mi madre, porque ya era una mujercita, sin asombro alguno y en razón de que, de pronto, todos nos cambió en la vida y nada era ahora como antes,  ni esa vez ni en otras oportunidades, nunca más, salimos a los solares y charcos de la vecindad en busca del sapo perdido.
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nacianceno*. Nacido en Asia.

 Walter E. Pimienta Jiménez

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