“La realidad no existe si no hay imaginación para la verdad” Paul Auster. Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- En el pueblo una vez, hace años ya, el dueño del cine, Bolmar Aguilar, nos programó un ciclo de diez películas del Oeste Americano desde la muy famosa “Río Bravo” hasta “La diligencia”, pasando por las taquilleras “Cielo Amarillo”, “El Jinete Pálido”, “El forastero iba armado”, “Winchester 73”, “Duelo al sol”, “Juramento de venganza” “Veracruz” y “Lawman”. A decir verdad, tuvo gran acogida el programa y el “Teatro Montecristo”, noche tras noche, a la luz de la Luna y las estrellas, se llenaba de asistentes gustosos de este tipo de filmes. Entre el público, infaltable como siempre, oculto en el refugio de la penumbra, con un cigarrillo encendido entre labios, estaba Guillermo, cineasta distinto que en el ocio de los domingos se aprendió de memoria el nombre de muchos actores y que refería como dibujados los episodios de algunas cintas; cineasta que iba a ver en el celuloide lo que otros no por distraídos y algo olvidadizos. Un cineasta que por encima de los abucheos, de los silbidos y protestas que los presentes, debido a que en lo mejor de la trama no faltaban fallas técnicas del proyector, en una pequeña agenda con la cual solía ir, bolígrafo en mano, en la semioscuridad de la atestada sala, escribía anotaciones ignorando las quejas y el malestar de la bulliciosa concurrencia…
|
De pronto, superado el daño, una voz anunciaba por los altoparlantes la continuación de la película y, algunos, retomando el asunto, pronosticaban lo que podía llegar a ocurrir en ella. Se hablaba mucho de la muerte como para ahórranos ver cuadros que, por adelantado, transmitían este mensaje y, entonces, no faltaba allí quien dijera: -“Yo se los dije. A ese tipo lo matan por jaque”… Y, mientras, Guillermo, en silencio, veía más que los que veían. En la pantalla hay ahora una escena de jugadores de póker que, mirándose desconfiados se dan mensajes de muerte. Alguien escamotea la partida; los más cobardes se esconden detrás de unas mesas. Se forma un tiroteo y la cantina donde tiene lugar el hecho, se llena de humo. Unas monedas y unos dólares, junto con unos jarros llenos de espumosa cerveza caen al piso. Todo es desorden. Hay dos heridos que agonizan, el pistolero que les disparó, saliendo a la calle, monta de un salto en su caballo y, junto con este, en veloz carrera, dejando un polvorín atrás, se pierde en la vasta y desértica lejanía. Adentro, en la cantina, rostros atemorizados empiezan a asomarse en sus escondites. Nadie hace una oración; en el lugar no hay Dios y una voz ronca, la del cantinero, dice: -“Sáquenlos. Ya murieron”- Por el lugar pasó la vida y pasó la muerte y ésta última dio un golpe de sangre y de sueño eterno para dos cristianos sin Cristo… Era esta la última película del ciclo programado y donde el único argumento con que podían defenderse quienes en ella actuaban, era sacar primero que el otro la pistola o buscar un escondite seguro a objeto de no morir de una bala perdida no tan perdida salida de la nada… Al día siguiente, en una esquina del pueblo donde cotidianamente los asistentes publican y despliegan de buen corazón las cosas buenas y malas de la gente; donde se sabe quién está rico y quién arruinado y hasta se sabe quién duerme en la cama de la mujer de otro, con discreta voz de noticia de periódico, Guillermo, rodeado de amigos, refiriéndose al cine, dice:
-“Se acabó la sangre”- Y abriendo su pequeña agenda, señala: -“Todo lo tengo escrito. Escuchen. Hubo trece fusilamientos de a doce personas cada uno sin distingos de sexo ni de edades y estos arrojan la considerable cifra de ciento cincuenta y seis muertos. Se incendiaron seis ranchos. Justa o injustamente ahorcaron a nueve personas y, hasta donde alcance a contar, se dispararon doscientas diez y nueve mil balas entre malos y buenos. Atracaron ocho bancos sin que los sheriff, inermes y aterrorizados, pudieran evitarlo. En una sola película había un médico sin la clave ni el poder de la sanación y que carente de recursos para la atención de los heridos, igual les vio morir…, allí, cierto, nadie fue sorprendido por la muerte en su cama… Dos disparos de alguien que tenía muy mala puntería, pegaron en las campanas de una iglesia. Veintiuna personas se cayeron de sus caballos. Hubo once duelos a muerte en los cuales cinco pistoleros, como haciéndose el favor, se mataron mutuamente. Nueve bandidos se llevaron igual número de mujeres. Se dispararon cuarenta y nueve mil flechas por parte de los indios y la mitad de ellos, baleados, en una lucha desigual, no vieron el otro día aunque toca decir que en los encuentros con ellos, cuatro mil nueve de sus oponentes fallecieron. Le mentaron la madre a John Wayne, siete veces; a John Ford, seis; y a Jerry Lewis, cinco. Decientas cuarenta y cuatro reses se llevaron los cuatreros. Destruyeron a balazos ocho lámparas centrales y ciento sesenta copas en las cantinas. De tanta guerra, ahí nadie comía ni dormía ni se bañaba ni se cambiaba de ropa. Asaltaron cuatro trenes y doce diligencias de a caballo. Vi diez y seis peleas a puño limpio y nadie fue puesto preso; tampoco mostraron un solo entierro… Nadie amó a una mujer en estas películas; las seducían y a la fuerza las violaban. Un viejo murió de borracho y se llevó consigo a la tumba el secreto de una mina de oro. En una de las mismas, un cura que se estaba convirtiendo en santo, hizo en vano el sincero compromiso de preservar la fe y el respeto por la vida porque éste sale luego armado, se mete en el bololó y se rapta una hembra que le hizo hombre, que le sacó a Dios de la cabeza, que le dio su lugar en el mundo infundiéndole el júbilo de vivir el placer y que diciéndole: -“No se preocupe padre, iré todos los días a la iglesia y no precisamente a rezar”- hizo perdiera su casta y, a carcajadas tuvo que haberse reído el diablo en el infierno… Todos los perros que vi, gemían de horror y pavor… Leí treinta y dos letreros con el dibujo y la leyenda de se busca…, y como lo más sencillo de la vida cotidiana, diez veces los asaltantes de caminos cortaron las redes del telégrafo; al tiempo que cinco venganzas heredadas fueron cobradas y quedaron perfectamente definidas y catalogadas como tales. Tres pianos de cantina, ahogaron el esplendor de la música con sus cuerdas rotas a balazos. La realidad no podía ser más sobrecogedora. En ninguna de estas películas jamás fue tarde para la muerte, nadie creía en nadie, el saqueo y el abandono fueron general, no se dio un instante de sosiego ni un presidente promético habló de la paz…Fueron diez películas y diez días de guerra…, ganó Lucifer, nadie mencionó a Dios…, me dolió la muerte de los niños y de los indios y la mujer que dio luz en mitad de una balacera. Nadie como yo midió el tamaño de la soledad en éstas… Allí, eran los alucinados quienes decidían hasta la forma de morir de otros y el amor de veras y la felicidad, no fue posible”. Guillermo, descifrando lo escrito con hechos demasiado conocidos y vividos, parecía estar viendo de nuevo las diez películas, pero de pronto cerró la agenda, levantó la vista y, a todos los presentes, con voz de dolor dijo:
-¡Carajo…qué vaina! Cómo se parece la vida al cine… O será que el cine se parece a la vida… Walter E. Pimienta Jiménez
|