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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido- El doctor Arango
El médico que volvió impuntual a la muerte
| | Cuentos y relatos globales. 05.07.15 | | “Para el médico, curar es una forma de vida”. (Miyamoto Musash) Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez: Enviado desde tierras antioqueñas por la Divina Providencia y quedándose a vivir con nosotros hasta los días de su muerte, en el absoluto ejercicio de su oficio, montado en su caballo zaino, el doctor Arango, todas las mañanas recorría el pueblo para visitar religiosamente, uno por uno, a sus enfermos. Él, en su tiempo, fue el poderoso destructor de primitivas enfermedades y afecciones del diablo… y una manera segura de sentirnos sanos totales. Era la medicina antigua del doctor Arango, el símbolo más explícito de la salud; era también una medicina de fuerte sometimiento a la curalotodo penicilina al cien por ciento; una medicina de sumisión a su jeringa y a las dolorosas inyecciones con las cuales, de frente, desafió tifos, paludismos, venéreas, erisipelas, gripas, tétanos, tiñas, herpes genitales, otalgias infantiles, conjuntivitis, psoriasis, sabañones, eclampsias, hemorragias, fiebres malas (en tal tiempo como que existían las fiebres buenas), torticolis, dolores de estómago, y de costado, locuras intermitentes y…pare de contar… | Poseía el doctor Arango el don caritativo de levantar de sus lechos a enfermos ya casi cadáveres vueltos una miseria humana, y a quienes con su asistencia espantó cualquier mal sacándoles del cerco de la angustia y el sufrimiento con aquellas sus peculiares palabras poco floridas y descargadas de ornatos de las que siempre fue dueño y, acción seguida, diciéndole al paciente: -“Como no es a mí a quien le duele”-, en carne viva le hacía sentir el poder demoledor de la que fuese la dulce poesía de su jeringa embistiendo con sus inyecciones de existencia a la muerte. Amigo de todos, en la intimidad hogareña del pueblo, el doctor Arango estuvo ligado invariablemente a los estrechos cordajes espirituales y genealógicos de cada apellido y, conociendo las almas y las historias clínicas de las familias, desde su caballo, sin bajarse de éste, ordenando le sacaran el enfermo, con sólo verle la cara, diagnosticaba preciso y con su particular acento decía a aquel de qué padecía y, entonces, en la indispensable libreta de hojas desprendibles que portaba, con letra de sacudimiento, vital y gruesa, lápiz en mano, recetaba la panacea propicia y, siendo así, situado en el hemisferio de la vida, con la ayuda de Dios y bien intencionado, encontraba para otros el perdido rumbo de la buena salud y la fortaleza. El doctor Arango olía a medicinas; es decir, olía a vida, como un poeta huele a flores y , por donde quiera pasaba, la huella de su olor mandaba en exilio a las enfermedades terrenales a punta de las terribles inyecciones de acetilcolina, a los comprimidos de bardonal, al bromhidrato de quinina, al tebeuno Ibys, al antibacteriano audimida y al sedicor conque les castigaba, ordenando además al convaleciente se bebiera sin falta dos vasos de leche ordeñada al pie de la vaca diariamente. Resultaba casi mitológico el nombre del doctor Arango salido de la órbita prosaica de un mundo que, como el de antes, tuvo hombres y mujeres previstos para “hacer milagros” y que, en nombre de quien me ocupa, los hizo en el tratamiento de ciertas dolencias que combatió con dolorosas vacunas curativas. -El niño tiene la lengua sucia y dormido mastica de noche- oí que le dijo mi mamá a mi padre un día y, él, contestándole en voz alta: -“Buscaré al doctor Arango enseguida-, produjo en mí el más escalofriante desconsuelo. El niño era yo que, temblando ante aquel nombre terrible, igual temblé como temblara Isaac, el hijo de Abrahán, el de la Biblia cuando éste, amarrándolo igual que a un cordero, cuchillo en mano, sin defensa alguna lo preparaba para el holocausto. Y, en efecto, vestido de blanco hasta los pies vestido, me trajeron al doctor Arango. El típico y bonachón médico me miró la lengua, me abrió con su gordo dedo índice derecho el parpado inferior de ambos ojos, me palpó el vientre y luego de estas detestables maniobras, sentenció: -Es una fábrica viviente de lombrices. Denle una onza de aceite de ricino dos veces al día. La “Niña Merce” lo vende… nada de dulces y dieta, mucha dieta. Y Dios con tristeza me miró desde el cielo. La mención del nombre del aceite de ricino, por la vividas experiencias que me contaban amigos del barrio, me erizó los pelos. -Creo que no lo tome, doctor- le dijo mi madre. -Entonces que se muera- contestó molesto el médico y agregó: Es cuestión de apretarle la nariz con el dedo índice y el pulgar y cundo abra la boca, echárselo bien atrás y no lo olviden, nada de dulces…y .si no, busquen a Cayetano. Cayetano era un moreno alto y fornido, reductor de pataletas, rabietas y berrinches con la fuerza descomunal de sus manazas, servicial en estos menesteres. …Y como añoré entonces las cocadas de coco de José María, el dulcero del pueblo. Jamás las hubo mejor, sino que lo digan aquellos contemporáneos que tuvimos la dicha de degustarlas… No me es posible en verdad representar la tristeza que experimenté; mi mundo sin dulces no tenía sabor y miré con rencor al doctor Arango. Y así, sometido a la aflicción diaria de Cayetano y al aceite de ricino, mi corazón pasaba toda tristeza y desolación sin la dicha de un dulce de los que mi madre era enérgica vigilante, mientras yo, derramando ante la presencia de Cayetano las lágrimas más amargas que niño alguno ha derramado en este valle de ellas, si no maldije a la vida fue porque apenas llevaba nueve días de haber hecho la primera comunión; en tanto mi padre, devastado por la rendición a la que fui obligado, veía a su pobre hijo correr sin culpa alguna al doloroso calvario de la purga de mis lombrices y, siendo así, con cara de desdicha, me acariciaba la cabeza y con su pañuelo enjugaba el sudor de mi estertor. Tres días después, el doctor Arango fue a visitarme. Venía a darme de alta. Le recibieron mis padres. Desde mi cuarto escuche su característica voz. En un rincón estaba la escopeta de cacería de mi papá. Me acordé de las hambres que estaba pasando por culpa de él, me acordé de las cocadas de coco de José María. Tomé el arma y el inocente angelito que en ese tiempo era, armado salió a enfrentarlo. Lo tenía a tiro de escopeta. -¡Niño, qué vas a hacer!- gritó mi mamá Mi papá sonrió y dijo: -“No se preocupe doctor, en casa siempre la mantengo descargada. Y, entre tanto, el doctor Arango, respondiendo a mi reto, de su maletín de cuero sacó una poderosa y armada jeringa de miedo, me intimidó con ella y con una mirada de ojos azules “infames”… Desde luego, ese mismo día, volví a probar las cocadas de coco de José María. |
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