logo

Tu diario. Libertad de expresion

Buscador de alhaurin.com Telf. de interés Normas de alhaurin.com Hemeroteca Todas las carpetas de alhaurin.com

Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
Mi  abuelo Hernán, el campesino

Cuentos y relatos globales. 21.06.15 

Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.  Mi abuelo Hernán, el campesino, no pudo nunca en la vida ser un hombre de ciudad; en ésta, él, las pocas veces que estuvo de visita, sufrió graves problemas de ubicación  porque los altos edificios y viviendas no le permitían orientarse con facilidad como sí lo hacía en el monte donde: árboles, cerros, arroyos, ranchos y caminos emblemáticos le indicaban fácilmente encontrar el norte de su brújula mental y sin que esta jamás le fallara era capaz de llegar a donde tenía que llegar sin tanto enredo.
Tenía mi abuelo Hernán, el campesino, su capacidad para desenredarse de lo que le confundía y no fueron sus problemas de salud   ni el Alzheimer, ni el Párkinson ni el colesterol ni el estrés, cosas de las que nunca supo. Eran, en cambio, sus complicaciones de mayor importancia la falta de lluvias, el ganado enfermo, las cercas rotas, el gusano que se comía al maíz, el hormiguillo de su burro bayo y ese ñeque ladrón que le comía la yuca en la parcela.

Los problemas de mi abuelo Hernán, el campesino, no eran problemas nacionales; eran particulares. Ignorar, por ejemplo, la existencia de la Caja Agraria y sus créditos agrícolas a largo plazo que no dejaban dormir a los pobres; oír de mí la lectura diaria del Almanaque de Bristol para conocer el comportamiento de las lluvias, las fases de la Luna, el santo del día y las fechas de pesca y ya informado, sembrar en húmedo o en seco y, parido el maíz, amontonar en la troja la cosecha.
Mientras el mundo se debatía en cruentas guerras, para mi abuelo Hernán no había complicaciones más grandes y existentes que  la carencia de pastos  para las reses, y de millo para sus gallinas, y ajeno a los indicadores económicos, al comportamiento de la bolsa y al ingreso nacional, para él la vida simplemente era cara o barata.
Mi abuelo Hernán, el campesino, pensaba en cámara lenta o, mejor, pensaba para pensar, expresando despacio cada término como si lo registrara minuciosamente, sin desconcierto, sin vaguedades, para que lo supieran escuchar, paso a paso, palabra por palabra; en fin, su lenguaje era concreto, analítico, cristalino, sin giros ni vocablos de uso poco corrientes como los usados por el residente de la ciudad que con modismos y palabrejas que de pronto desconoce, se incomunica con los demás y, por eso él, mi abuelo, no tuvo cochera; tuvo caballeriza; compró en centavos y pesos pues no conoció los millones; pesó en libras y arrobas; midió en cabuyas y cuarterones, brazadas, cuartas y jemes; embasó en botellas y barriles; vendió en fanegas y catabres y era lo más expresivo de su hablar decir esto: -“El día está bonito”- cuando había sol de lluvia.
Mi abuelo Hernán, el campesino, contaba con los dedos, con los mismos dedos con que desgranaba el maíz para su mazamorra y desmotaba el guandú en noble tarea casera, derramando en el platón de la abundancia el bálsamo de la caridad cristina que le regalaba la tierra.
Por pensar en despacio, mi abuelo Hernán, el campesino, se refería a las cosas por sus nombres vulgares y castizos y, huyendo de lo pedante, para él la enjalma era el sillón del burro: una gallina clueca era una gallina culeca; un millo que no parió o no dio fruto era un “millo ahorcao”; una vaca a la que se le murió el ternero era una vaca jorra; una patilla demasiado madura era una patilla pasá; un pollo cinqueño era un pollo que tenía un dedo de más; un animal o fruto retrasado en su crecimiento era o estaba pasmao; un burro trotón, espantadizo y flojo era un burro cosquió; una yuca no harinosa era una yuca rucha; una rula sin filo era una rula gorda; decir que alguien está que se rasca la cabeza era indicar que vivía dificultades económicas; un machete de punta roma era un macoco; la ropa de trabajo era ropa de monte; un purgante era un vermífugo para los malos humores y las lombrices; un caldero roto era un caldero esfondao; una rula con melladuras era una rula esfoquiná; castigar a correazos a un niño era darle una limpia y una cosa sin nombre o desconocida era una cosiaca.
Para mi abuelo Hernán, el campesino, lo descompuesto no hedía, jedía y lo oloroso guelía; algo apretujado estaba eñuquio; la axila era el sobaco y los que por ahí exhalan agrios olores tenían grajo; un nacido era una postema; la garganta era el garguero; morirse era pelar el moco; el estiércol, cagajón; el curandero, un curioso; las nauseas eran vascas; algo fermentado estaba fuerte; un hombre de temperamento era un hombre atravezao; un golpe, un mamonazo; la boca era la jeta; el bus era la chiva; aguanta era aguaita y las claras del día era la mañanita.
Así era mi abuelo Hernán, el campesino, un hombre que siempre creyó en Dios, que de esta manera hablaba y que creyó en las cabañuelas.

Walter E. Pimienta Jiménez

Esta noticia ha recibido 3805 visitas y ha sido enviada 178 veces       Enviar esta noticia



<-Volver

Artículos de opinión y colaboraciones:
Animamos a los alhaurinos a expresar sus opiniones en este periódico digital. Alhaurin.com no se responsabiliza del contenido o datos de dichas colaboraciones. Todo escrito debe traer necesariamente, incluso si quien escribe es un colectivo: Nombre, apellidos y un teléfono de contacto del autor. Envíe su artículo o carta a: redaccion@alhaurin.com
Alhaurin.com Periódico Independiente - Alhaurín de la Torre - Málaga. Dep. Legal: MA-1.023-2000. Andalucía Comunidad Cultural S.L.
Servidor de Internet. Director: Alejandro Ortega Navarro. Fundador: Federico Ortega. 678 813 376

Webs que alojamos:

15970069
visitas desde nov. 1998