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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido- El viejo Benigno
| | Cuentos y relatos globales. 23.05.15 | | De Walter E. Pimienta Jiménez..- Al viejo Benigno se le respetaba o se le respetaba…no había otra, porque andaba con una escopeta entre manos que comunicaba a uno un miedo indecible…Yo, por eso, no osaba nunca mirarlo a la cara cuando a él, para ir donde su hija Celia, vecina de mi mamá, por el callejón de Juan Rocha me lo encontraba. El respetable personaje miraba siempre con ojos de sospecha a los demás y, con duda previa, juzgaba a todos por igual. Era campesino raso, cultivador premiado de grandes cosechas de maíz y sembrados de yuca que asistía con celo desmedido y que cuidaba de los ladrones y “caballeros”… por eso lo de su escopeta marca “u”. Había quienes en el pueblo, precavidos se le acercaban y le hablaban para provocarle esas respuestas sarcásticas e irónicas que le caracterizaban, a riesgo de un insulto soez con ornatos metafóricos de un vocabulario de peste del que nadie podía verse libre. Era Napoleón Coronell, vecino del barrio, quien en forma temeraria más lo sonsacaba y se daba el gusto de tratarle dirigiéndole la palabra siempre sonriente, anuncio del dardo propicio, provocador y burlón que le soltaría como la vez en que éste, dueño de su dulce ociosidad, acercándose al sembrado de maíz parido que el viejo a los alrededores de la población tenía, contrario a lo que veía, le dijo: | -¿Ah, Benigno, y sí dará maíz? A lo que éste, ofendido y apurado por abrocharle una de las respuestas propias de su arte y de esas consagradas al placer de su mal genio, le contestó: -¡Carbón… marica…carbón es lo que va a dar! Y con un disparo al aire, al holgazán visitante tuvo el honor de hacer correr como alma que lleva el diablo al conjuro de un Ave María Purísima que este llevaba entre labios. Yo nunca vi sonriente al viejo Benigno. Sus frases severas lo cortaban todo. Su proverbial mal humor acibarado, dio incluso para que padres y madres dijeran a sus hijos traviesos que él se los iba a llevar metidos en un saco, amenaza que tomó carrera en el pueblo y que hizo volver a la escuela a los leveros; circunstancia que inserto en esta crónica para contarles este gracioso episodio que va de cuento: En un pueblo soñoliento como el nuestro, donde para la época en referencia no había más distracción que estudiar, Tomás Ariel y yo, junto con veinte o más niños de la comarca, adelantábamos en el viejo claustro de la Escuela de la Cienaguita, el tercer año de enseñanza primaria. El compañero aludido, sin prever las consecuencias de la ingesta desmedida de dos gajos enteros de mamón, a la hora del recreo, se indispuso y pagando caro su refinado gusto, había ido ya cuatro veces a la histórica letrina, motivo por el cual, la profesora Conchita de la Hoz le mandó a decir a la mamá de éste que fueran a buscarlo porque, además de dolerle el estomago, le dolía la cabeza y en esas condiciones, derrumbado en su pupitre, no podía hacer el examen de matemática que nos tocaba. Todo parecía sometido a un orden, alentados porque después jugaríamos un partido de fútbol- -Saquen una hoja de papel y póngale su nombre y apellido- dijo la profesora. Nada perturbaba el momento pero, de pronto llegó lo temible. Una voz de terror y poco eclesiástica que sin saludar desde la puerta del salón dijo: “Vengo a buscá a Tomás Ariel”, hizo voltear al grupo la mirada y allí fue Troya porque, entre gritos y ayees, disparados en todas las direcciones, llevados por un susto histórico, por las ventas del salón y sin vacilar, todos salimos huyendo como si hubiésemos visto a un muerto. Se trataba de la espantosa figura del viejo Benigno en persona, con su c ara de apóstol desterrado que venía por Tomás Ariel, su nieto. Desde luego, no quedó un alma en la clase y gracias a la inesperada y temida visión de nunca olvidar nos salvamos de hacer el examen. He dicho por ahí que consagrado a la agricultura, el viejo Benigno cultivaba un maíz y unas yucas de primera; el trabajo de la tierra era su diversión y su escopeta el símbolo de su temperamento que hizo historia en la tierra con ella entre manos porque produjo “milagros de corrección y de justicia a su modo” , como en la oportunidad en que al descubrir que dos puercas ladronas probaban primero que él sus yucas, dado en la tarea de averiguar de quién eran, se enteró que una “zunga” y gorda era de Rafael Tejera y, la otra, de pelambre mono, de Otomán Molina. Echando chispas por los ojos y apretando la boca para no dejar escapar por ella una lluvia de maléficas palabras, con pasos decididos el viejo Benigno fue donde el primero y le hizo la advertencia. -Mátala, si quieres- le dijo éste sabiendo lo malo que era su animal. Preconizando en su rosto la rabia que llevaba por dentro, apareció luego en la casa de Otomán y le dijo a éste lo que a Rafael y le agregó: -“La encierras a la tiro”. A lo que el dueño del animal sentenciado le contestó: -Ira… atrévete. La mona (refiriéndose a la puerca), ni sale de su chiquero. Dos días después, eran casi las tres de la tarde, se escucharon en los cuatro costados del pueblo dos poderosas descargas de escopeta. No había necesidad de averiguar quién las había hecho. Otomán, sentado a la puerta de su casa, en ese momento, hablaba con un vecino y al escuchar los disparos hizo un silencio y luego sonriéndose burlonamente, sin alarma. Se dijo: -“Oye al viejo Benigno matando puercos ajenos”. En efecto, Benigno se echó al hombro la agonizante puerca de Rafael Tejera y llegado que hubo a la casa de éste, viendo la puerta principal abierta entró, la tiró en la sala y le dijo: -“Ahí la tienes. Pélala y cométela con tus hijos”. Y salió enseguida a recoger la otra. A todas estas, Otomán, sintiendo cierto pálpito premonitorio en el corazón, terminada la conversación con su vecino, fue al chiquero de “la Mona” y viendo que esta no estaba, alarmada, gritó: -¡La Mató! ¡Benigno mató a la Mona! ¡La Mató! ¡Mató a la Mona! Era cierto, para entonces el viejo Benigno, igual que hizo con la de Rafael, en la sala de la casa descargó la de Otomán bañada en sangre y, con cara de escopeta aún cargada y que podía interpretarse con un… “échame a mí la culpa”…, le dijo: -No ique “la Mona” no salía del chiquero”… Desde entonces, y mientras el viejo Benigno tuvo vida, en el pueblo no se volvió a ver nunca más un puerco callejero. |
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