…¿Y quién o quiénes se robaron algo tan pesado? Quien sepa algo que lo diga- preguntó y argumentó Benjamín Puche, tesorero del despacho. Y otra vez la inquietud se quedó en el vacío. El cañón municipal, cuenta la historia, había sido dejado en el pueblo en tiempos de la Colonia y, desde entonces, oloroso a pólvora y chamusquina, con su disparo que se oía en toda la comarca, era la voz de alarma oficial y autorizada para llamar a las armas así como también para comunicar con su descarga, el comienzo y el final de las elecciones, la visita del obispo, el inicio alegre de las fiestas, la muerte del papa, el fallecimiento del Presidente de la República, el toque de queda y la celebración de los días de la patria atestiguando así su valor como reliquia que tocaba conservar por toda la vida. La noticia, desde luego, la supo todo el mundo: Pedro Villanueva, el vendedor de abarcas y sombreros; Mauricio Molinares, el carnicero; Joselito, el peluquero; Genitor Otero, el hombre que jugaba con el fuego; Luis Carlos Coronell, vendedor de burros y caballos; Ángel Alfonso Molina, el poeta; Rafael Ángel, el bebedor de la luna y las estrellas; el “Mono Pompilio”, el acordeonero; “el Mocho de las prendas”, vendedor de esmeraldas y diamantes; Vidal, el sacamuelas; Bartolo, el hacedor de verbos y palabras; Pedro Licricio, el tamborero; la “Niña Sara”; los jugadores de póker en el “Casino el Canato”; la “Niña Merce”, vendedora de remedios y alicientes; Aminta, la sobadora de dolores de tobillo y de costado; Altafuya, en su peluquería “La Tijera de Oro”; José María Pérez, el dueño de un mundo hecho de dulces y golosinas; Miguel Esquea, el hombre de la piedra de ara; Josefa Hernández y los comensales de su fonda; Julio Molina e Hipólito, los gendarmes de siempre; “Fito”, el vendedor de imposibles; Hortensia, la adivina; “el Cuco”, pintor de brocha gorda; “Cabica”, el hombre que detuvo el tiempo; Cayetano, “Martín Yuca Asá” y Álvaro Pacheco, trompeadores de calle a calle; el Churre”, la voz del pueblo…, en fin, no había en el pueblo quien no lo supiera; pero otra vez nadie sabía nada y nadie somos en el pueblo 17.251 personas, una por una contada, según el último censo nacional. Justiniano Márquez Molina, descubierto el hurto, le dio una interpretación muy personal al robo y estaba por creer que los autores de aquello habían sido los conservadores, enemigos de su furibunda forma liberal de gobernar y, siendo así, como paliativo, previendo graves conflictos, con donaciones reunió pertrechos de guerra tales como chopos, escopetas viejas, machetes oxidados y sables de la Colonia pues tocaba ahora dar a todos la impresión de invulnerabilidad militar habida cuenta que el pueblo aún vivía disputas fronterizas con el municipio de Tubará en la región de Mohán, y como para que nadie pusiera en duda la severidad de su propósito, dio vía libre al uso de hondas como armas bélicas y al entrenamiento con las mismas, disparando al blanco sobre hileras de botellas de vidrio que de tres a cuatro de la tarde, ponía en la plaza principal a fin de que los ciudadanos, con éstas, afinaran puntería y así, en caso de asalto, se defendieran como pudieran; disposición que nadie tomó en cuenta excepto los niños de la escuela primaria quienes, caucheras en manos, partiendo a placer los envases vacíos, jugaban a gente mayor. Lo de la pérdida o robo del cañón municipal, en verdad, no era una pérdida o robo cualquiera. La colonial y legendaria pieza de artillería tiene entre nosotros un valor de cosa familiar irremplazable. Su voz de estruendo olorosa a pólvora nos quedó sonando por lo eterno como símbolo de libertad y de aquellos gloriosos tiempos en que los caducos abuelos, en burros, a cambio de loros y yucas por chocolate y alfajor, de Cartagena traían el aceite en botijuela. Ya no tenemos con nosotros, en el desolado patrimonio histórico del pueblo, el cañón municipal…, un ladrón honrado que hace de su malévolo actuar una costumbre sana de vida, se lo apropió ante los ojos de 17. 251 personas, una por unas contadas, según el último censo nacional, y que ahora, para mal de males, muerto “el Chapulín Colorado”, no saben quién las defenderá en caso de guerra. Desde hace años, en el pueblo, no se escucha el atronador y ensordecedor cañonazo del toque de queda que en tiempos del gobierno del presidente Rojas, a las siete de la noche recogía en sus casas a las personas. Es nostálgico aquel ruido fiestero y, sintiendo en el alma el vacío que da la inseguridad de su silencio, hoy, mansos, nos vamos a dormir sin saber si al día siguiente vamos a despertar por el enemigo sitiado, todo porque nadie sabe nada y nadie somos en el pueblo 17. 251 personas, una por una contadas, según el último censo nacional. ¡Qué aparezca carajo!...dice “el Churre”. 
“el Churre”, la voz del pueblo.
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