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La belleza | | Cuentos y relatos globales. 19.04.15 | | Sandra Pérez Blázquez..- Me introduje en su vida poco a poco,
como se hace ahora, de la forma más vulgar y culta que se utiliza en las
redes. Intentaba seducirla con la palabra, mi edad hacía que tuviera
ventaja, y aunque se dejó llevar desde el principio, era ella quien
dominaba, quien con sus bajos desprecios me reclamaba para apaciguar su
joven pasión no saciada. Fue así como empezó, como formé parte de su
solitaria vida, provocando la falsa amistad con la que se comienzan las
relaciones a distancia. Elena, la más bella, vivía en un apartamento
situado cerca de la Puerta de Toledo, yo a doscientos metros de
Atocha, próximo a mi futuro, cerca del enigma de mis deseos. En
ocasiones coincidíamos pero no me reconocía, a pesar de que se cruzaban
nuestras miradas, y entonces mi timidez actuaba como un adolescente
bajando las pupilas, reclamando su aceptación idolatrada. Elena vestía
con estilo informal, casi siempre despeinada, pero sus zapatos y andares
le daban la suficiente clase para ser la amante de cualquier cama. En
muchas ocasiones paseaba cerca de mí, casi rozándome, sin que supiera
que en mi mujer se convertiría cuando el secuestro que tramaba estuviera
totalmente estudiado, donde el rapto de su fidelidad llevara a la
relación más perfecta y deseada. De eso se trataba, decía mi madre, de
luchar por las ilusiones y no descansar hasta decir: “no pude hacer
nada”. | Un “Viernes 13”, la víspera del fin de semana, con la radio encendida,
con mis colillas invadiéndome, con el desorden acostumbrado en la
monotonía de una persona sin vida social y sin la presunción de nada,
decidí dejar la soledad para empezar a ser un hombre normal con su
mujer, y quizás con una familia acomodada. Presentí que mi casa, mi
dúplex madrileño de gran estilo, ya que el arte me gustaba, pasaría a
estar llena de detalles femeninos, hasta de un perro si lo exigía mi
dama. Así creí que lo adornaría cuando lo alquilé y vi la luz por la
buhardilla romántica, junto a la escalera que llevaba a la puerta
donde entraría el servicio, la que utilizaría para subir a mi amante,
ocultando lo que todo el mundo en este siglo muestra con orgullo, sin
necesidad de ser galante. Yo era alegre, activo y fugaz, aunque mi
cabeza tenía una oscura realidad, que aún controlaba, y que no
insinuaba cuando me presentaban como gran ensayista. Creía en la tercera
fase, en las brujas y duendes, en lo que no se ve pero se siente si
rezas continuamente cuando la desesperación y la soledad alcanzas. No
llegaba a hablar solo, ni a oír voces, pero si presentía monstruos y
animales de dos cabezas, quienes conmigo dormían esperando despertar y
acompañarme al Museo del Prado para ver más fantasías, para reírnos de
los impresionistas, que quizás para las marujas norte, más ricas y
educadas, se convertían en unos genios al descubrir alguna quimera
deseada, pero sin entender lo que el arte guarda en cada pincelada. Yo
promocionaba el ego y el exhibicionismo de los artistas, y así me veía
sujeto a una fantástica realidad que hacía quedarme en el presente, y
no volar a ese futuro que toda mente enferma anhela y ama. Suspiraba, a
veces me relajaba, me asombraba de lo feliz que era con mis nuevos
sueños, sin alimentar la vida interior que me infravaloraba. Empecé a
sonreír, empecé a ser dichoso, a dejar lo oscuro que me acompañaba. La
tarde de ese Viernes fui a rastrear cerca de su casa, incluso a llamar a
su timbre como un crío en sus gamberradas. Me senté en la terraza del
Hotel, por ahí saldría para ir a la Puerta del Sol, donde quedaba con
sus amigas para ir a tomar café al Gijón y dar un poco de cultura a sus
charlas de mujercitas refinadas. Elena era joven a pesar de tener el
cuerpo blando, quizás por una piel no cuidada. Era un desastre, mi
desastre preferido, el que complementaría mi desorden, el que me
llevaría a comprender que la perfección, la que siempre comentaba,
era parte de la vida de los genios, y yo trataba de ser un simple hombre
que el arte estudiaba. La simetría me quedaba lejos, encontrar todo en
el mismo sitio no era mi búsqueda, ni siquiera una ilusión ansiada.
Quería ese par imperfecto, los dos despeinados en la cama, los dos
cuerpos desnudos jugando al escondite con nuestras cosas perdidas en la
guarida del amor esperada. Mientras mis monstruos, que de comics se
trataban, nos mirarían y gemirían por la felicidad, por el clímax de no
ser perfectos, de no sufrir por no lograr lo que la mayoría apreciaba. Fue
sencillo, sabía sus costumbres junto a la ingenuidad que siempre la
delataba, y fácilmente comencé la nueva historia en nuestras vidas,
para llevarla al altar si se dejaba. Visité tres veces su calle, no
aparecía ni a las seis de la mañana, cuando salía de trabajar del bar de
copas, donde se dedicaba a poner licores a niñatos ricos. Intuía que
alguno pretendía para dejar de llegar a esas horas de la madrugada.
Regresó a las ocho, cogida de un joven rubio, guapo sin descansar ni
en la barba que la besaba, pensé marcharme pero quería ver si se
despedían, creí que el juego sexual había acabado por sus ropas
desdeñadas. Y cuando sus bocas se juntaron, tocándola donde creía yo
encontrar el tesoro de mi vida deseada, cerré los ojos, conté ocho con
temor a que los monstruos apareciesen con los dragones y su fuego,
que reduje y controlé, dejando que descansaran. Pero no se enfadaron
ni al ver como su futura dueña mimaba a otra especie de animal, que así
me parecía por su hocico con alambres, dándole un aspecto raro, por
no decir espeluznante. Por fin se separaron e improvisé mi secuestro
infante. Con mi pie conseguí no cerrar la puerta del portal, cuando la
dejó sin comprobar su seguridad, supongo que la luz del amanecer le
quitó el miedo de la noche, a la que sé que respetaba. Subí por las
escaleras al tercer piso, y en otros ocho segundos llame diciéndole
“abre”, sin ninguna sílaba más, con la nada que me acompañaba, porque
mis monstruos, un poco asustados, creo que se escondieron al sentir mi
corazón alterado por la presencia de mi amada. Mi joven Elena abrió
la puerta para encontrarse con su amante, la empujé y un golpe se dio
en la cabeza, se desmayó. Un cojín puse en su cuello y toqué sus cosas,
porque al ser suyas el frenesí invadía y todo se transformaba en una
super-8, en la “Tesis” que siempre había imaginado al ver alguna obra
del séptimo arte en mi sofá a oscuras, provocando al miedo, que los
ojos y la mente abre. No quería violarla, a pesar del olor a vicio
nocturno que desprendía su ropa por la lujuria celebrada. Quería que me
quisiera, poco a poco lo haría, poco a poco el sentimiento acompañaría,
poco a poco a nadie adularía sino a su cuidador, como un animal salvaje
cuando le faltan presas para alimentarse, y se las facilitan con mimos y
ademanes. Me senté en su sofá, empecé a pensar como bajarla, como
llevarla hasta mi coche, muy cerca estaba, pero era de día y no
adivinaba cuanto pesaba. Recordé las películas de Hitchcock al ver su
baúl de mimbre con los juegos de niña, y el carrito de corazones de la
compra de las tardes soleadas. Saqué sus juguetes y ordené a mis
monstruos que con ellos se quedasen, que no participaran. La cogí,
pesaba poco, era muy ligera mi novia amada, cuerpo de niña, pechos de
mujer con ropa juvenil camuflada. Con delicadeza la introduje en el
escondite, seguro que respiraría, que no se moriría, solo lo haría si
no aprendía a quererme de la forma que se enseña cuando eres obligada.
Era lista, seguro que sabría como satisfacer mis sentimientos, sin
necesidad de que mi cuerpo sintiese el calor, eso ya llegaría cuando
le faltara amor y estuviera yo para abrazarla. El camino fue corto,
solo un par de manzanas, y como si de un crimen de Woody Allen se
tratara, “Al Final de la Escalera” dejé a mi futura mujer, no a mi
chacha, a la que cuidaría, a la que sería mi princesa de cuentos de
hadas. Me sentía feliz, pero no confiaba en su comportamiento, así que
del mimbre la saqué y la puse en la cama. Utilicé las cuerdas, que
siempre estaban preparadas, y la até, pero solo lo suficiente para que
no se escapara, para que se moviera libremente en el lecho conyugal, que
habría que cambiar si se ponía rebelde y no se relajaba. Hice lazos
bonitos para que viese belleza cuando sus ojos los mirara, y descubrí
que de un cuadro se trataba: Elena con su vestido celeste, sobre las
sabanas grises y sujetada por los lazos azules, todo pegaba…. una
perfección en el desastre de mi casa. Y mientras la observaba adulando
mi subconsciente la figura creada, uno de mis monstruos me susurró en el
oído que un guiño a Almodóvar se acercaba. Ya eran las doce de la
mañana, aún se movía de una forma sensual y suave. Me senté en una silla
al lado, a esperar, parecía que el golpe había sido fuerte aunque no
sangraba. Leí una revista, la miraba de vez en cuando, e incluso la
acariciaba despacio para no despertarla. Ya la daba por perdida cuando
el hambre hacía mella en mi estómago, que se había hecho chico por los
nervios del delito que no existía, porque era el amor el protagonista de
la cama. Con el pensamiento le grité “hazme caso antes de que me
vaya”, abrió los ojos y la boca, con un beso apasionado la inmovilicé
durante largo rato, sin que pudiera defenderse con las garras de las
mujeres histéricas, que a todos nos hacen gracia. La besé una y otra
vez, de forma dulce y romántica, para hacerla ver que era paz lo que mi
alma reclamaba, y se calló, porque con otro lazo su boca silencié,
después de quitar la saliva de su cara. Y mirándola empecé a explicarle
quien había pasado a ser, a quien amaría el resto de su vida, al
principio la obligaría, pero con el roce se le coge cariño a quien te
mima y ama. Se lo expliqué brevemente, ya se lo repetiría con el tiempo
que todo lo cura, y dicen que es sabio aunque yo dude por mi vida
pasada. Era nuestro primer día, las primeras horas en nuestro largo
viaje, desaparecieron los monstruos, y corazones dibujaba con mi
cigarrillo medio encendido, festejando haber logrado y ganado la jugada.
¡Qué feliz era!, y eso que aún no había sido mía, a sabiendas que
tardaría, porque no me atrevía a soltarla. Con paciencia lo lograría,
aunque ella hacía lo que quisiera conmigo con una simple mirada, por lo
que acerté al cubrir los ojos con otro lazo negro, un diferente color
al cuadro perfecto que sutilmente dibujaba. Llegó la noche, la
hora de la cena, ¡cómo pasaba el tiempo al lado de la amada!, y mientras
hacía una tortilla concluí que a la mañana siguiente la mimaría con
manjares, hoy no iba a disfrutar con nada. Me senté en la cama, sin
destapar los ojos y pidiéndole que no chillara, le di de comer, ella
obedecía como si estuviera acostumbrada, pero no soy tonto, supe que el
miedo la frenaba. Mi interior me decía que me conocía, que no debía
temerme, que debía saber que la quería desde hacía meses y que de esta
manera decidí acercarme para amarla. Era mi peculiar forma, la que mi
corazón y mi mente eligieron, la que no dudaría de que se escapara, la
que me daría tiempo a que me conociera, a que viera que sin mí su vida
ya no sería tan preciada. Le limpié la boca cuando acabó y sin ponerme
el pijama, sin taparme ni taparla, la abracé y dormí un largo rato hasta
que las tensiones fueron mermadas. Deduje que así serían nuestras
vidas, que ya se acabo tenerlas separadas,¡ qué feliz era!, ¡qué
paraíso había creado en una cama!. Mi frialdad, mi arrogancia, mi
soberbia, el ser distante, la impertinencia, la desgana terminarían por
las caricias diarias. Volverían las sonrisas y la amabilidad que
aparecen cuando el amor es parte de la rutina diaria. Me incorporé, la
observaba de lejos y adivinaba nuestro futuro, cuantos años juntos nos
quedaban. Ella se puso a descansar como si de un día cualquiera se
tratara, ya todo estaba en marcha: cogeríamos la rutina, como costumbre
se crearía y al final un uso en nuestras vidas aparecería, sin dañar lo
que dignidad llaman. Amaneció, veinticuatro horas con mi dueña, y
aún no gritaba, solo me miraba con los ojos tapados, adivinando los
movimientos, esperando quizás una reacción errada. No entendía nada,
pero no parecía enfadada, más bien relajada. Comprobé asustado las
cuerdas, los lazos apretados, sin forzar nada, y marché al Reina
Sofía, a admirar” La Nueva Colección” de Neo Rauch, alemán perfecto,
al que mi cuadro con mi ama se asemejaba. Lo fui a visitar para que mi
imaginación no jugara una mala pasada , para ver la realidad que un
vestido morado dibujaba una posible atracción inacabada, y así valorar
más mi obra, donde el deseo sí se convertiría en pasión, con la
paciencia que yo le daba. Cumplí rápido con mi trabajo, volví sin
monstruos a la morada, cogí el ordenador y escribí la crítica positiva,
era mi genio preferido, no había que destruir la belleza y la
inteligencia que su arte daba. Proseguí sin entender la razón por
la que no se asustaba. Empecé a hablarle, e incluso me identifiqué
como el del supermercado, el de las redes que tanto humillaba. Mi Elena
acostumbrada, desde principios de la Historia, a que por su belleza se
pelearan, creo que decidió ser sumisa y esperar a que el capricho se
pasara. No tenía necesidad de ser rebelde, sabía que cuando le quitase
la venda de los ojos empezaría a dominarme con la mirada de sus ojos de
color avellana, de los de las Brujas de las Leyendas, los de las
Diosas Romanas, de las que someten con sus poderes femeninos,
enloqueciendo a quienes las adoraban. Le di otra vez de comer, esta
vez algo más exótico, fresas para que pintase su boca antes de ser
besada. Seguía sin decir nada, y yo más débil me sentía, mis monstruos
se asomaban, llamaron a la puerta, ni contesté, su sonrisa me agobiaba,
su belleza me empequeñecía y mi sexo al error me llevaba. Me di una
ducha, pensé que no me confundiría con la siguiente maniobra utilizada.
Cuando volví a la habitación no se movía, en una momia egipcia se
convirtió, me asusté, la toque y se rió a carcajadas. Me puse de
rodillas, a sus píes, adorándola, y lloré como un niño cuando no gana.
Empezó a quejarse con movimientos, pero de una forma que me daba
seguridad de que no me iba a fallar si la soltaba. Sin pensar deshice
primero el lazo de los ojos, me miró, y ya mandaba, luego quité las
restantes lazadas, sin gritos ni escenas se sentó en la cama. Me
acarició la cabeza, yo de rodillas continuaba, me la levantó, me dio un
beso con sus labios pintados de rojo, se dirigió a la puerta, la abrió,
y sin mediar palabra, con sus andares arrogantes, se marchó sin cruzar
la mirada. Giré la cabeza y aparecieron mis monstruos detrás de la
puerta, locos de contentos por volver al hogar, más bien a la guarida
donde nacieron cuando mi mente enfermó por la soledad llevada. Les di la
bienvenida, era lo que tenía, con quienes hablaba, y resignado me tumbé
en la misma cama a llorar desconsolado hasta dormir de cansancio,
estaba agotado y herido por perder una sencilla batalla. Al día
siguiente volví a mi monotonía, como si no hubiera pasado nada, mi plan
no funcionó, no fui inteligente al no presentir que a un hombre LA
BELLEZA le atrapa. Si una mujer hermosa ve la debilidad ante su
presencia, ni el intelecto ni la voluntad manda. Es simple: La
Naturaleza domina, todo calla ante lo que brilla sin esfuerzo, ante lo
que te hace desear, admirar y olvidar a los monstruos que te acompañan, a
lo que da pasión a una vida, que quizás esté un poco apagada. VALENTINA Sandra Pérez Blázquez <sandraprbz@yahoo.com> |
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