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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
Mis Semanas Santas perdidas

Cuentos y relatos globales. 05.04.15 
Escribe Walter E. Pimienta Jiménez.-  A partir del Domingo de Ramos, se suspendía en el pueblo cualquier asomo de fiesta y diversión. Sastoque, el  alcalde militar de la época, mediante la lectura pública de un bando oficial, ordenaba hasta el Sábado de Gloria, a las doce en punto de la noche, el cierre de billares y cantinas amenazando con cárcel y el pago de costosas multas a los transgresores del edicto… Y junto con aquella disposición, la vida municipal cambiaba. La gente, como si fuera otra, hablaba en voz baja, se hacían los oficios domésticos en silencio, se rezaba  el rosario tres veces al día y, al mismo tiempo, las estaciones de radio sólo piezas musicales eternas y fúnebres emitían: Era Semana Santa.
Asimismo, las mujeres, con cara de consternación, cambiaban enseguida sus vestimentas por otras de riguroso luto pues el muerto era de todas y no se trataba de un muerto cualquiera; se trataba del Hombre de la Cruz… a quien le guardaban sentida estima…, al cual, de niño, postrado de rodillas, con palabras fervorosas, pedí siempre por la salud de mis padres y la salvación de mi alma.
Anunciado públicamente el recogimiento y la contemplación, toca decírmelo ahora, era yo quien menos se recogía y, a manera de  abierta conspiración, presente estaba en todos los eventos y sucesos de la Semana Mayor entre nubes de incienso que me embriagaban.  Por eso aún me veo en la iglesia del pueblo mirando sorprendido cómo la Niña Ramona, entregada siempre  a Dios y a  su servicio, montada peligrosamente en una escalera que le prestara Silvestre, el sacristán, con fundas de tela morada y de tamaño natural, cubría de pie a cabeza a todos los santos, aquellos santos cuyos ojos de vidrio les imprimían una conmovedora apariencia de vida y que, ante el carácter funerario del  momento, me estremecían de terror al compararlos, así vestidos, con los disfrazados de capuchón en carnaval.
El pueblo entero, invadido de pronto de hervores monásticos, era en cada casa un simulacro de convento y, como cumpliendo con un apostolado, en todas ellas el asunto cotidiano no podía ser otro que el  de la Semana Santa, tiempo en el cual las almas arrepentidas daban la mayor honra y gloria a Dios, socorro de ricos y pobres, de sanos y enfermos y de cuanto hubiese menester.
El sacristán, entre tanto, no menos piadoso y devoto, con golpes de martillo rearmaba las andas del Viernes Santo, así como las señoras Encarnación Molina y Lilia Padilla, congregantes del Sagrado Corazón de Jesús, gastaban horas en barridos y sacudidas; en la escogencia de los  piadosos señores a quienes el padre Robles haría el lavatorio de los pies, y en los oficios de sacarle lustre al sagrario, a la patena, al ostensorio de oro y a los candelabros de plata, dejando además  adornado con flores el altar mayor.
Nunca  como en mi Semanas Santas perdidas, de niño fui tan obediente y manso en todo…Y tenía que serlo…Mi abuelo Ismael, quien para estas cosas usaba una correa de estremecimiento y corrección, a modo de una balbuceante oración, sabiéndose respetado por mí, ese Domingo de Ramos se hacía presente en mi casa y, sosegado y sensato, mirándome a la cara me decía: “Tienes que pagar penitencia”…y luego, con este manifiesto familiar de impedimentos e inhabilidades, en mi propia casa, hasta el Domingo de Resurrección me confinaba: “No te subas a los   árboles,  porque corres  el riesgo de convertirse en mico. No te bañes el Viernes Santo a las doce en punto del día porque te puedes transformar en pez o el agua se vuelve la sangre de Cristo. No puedes utilizar clavos ni martillos porque Jesús fue crucificado de pies y manos con ellos. No saques la lengua a tus padres a manera de burla, si lo haces ésta se te  convertirá  en serpiente. No puedes levantar la mano contra nadie porque te queda para siempre alzada o te convertirás en burro y no vayas al monte porque te salen los penitentes”, miedos y espantos con los cuales me domesticaba haciendo de mí su prisionero hasta, como dije antes, el Domingo de Resurrección, vuelto por Dios más sensible, volvía para ver si el reducido  y recluido sus restricciones y limitaciones había cumplido y siendo así, sacándome a la plaza a pasear y estrenando ropa nueva,  con un raspao* de los que vendía José María me gratificaba.
…Pero todo no eran lágrimas en este valle de ellas que también tenía sus cosas exquisitas, deliciosas y dulces en mis Semanas Santas perdidas…especialmente eso: dulces, dulces caseros de todos los sabores y colores; dulces gratos y gustosos: de piña, de mango, de papaya, de leche, de guandú, de coco, de ñame…, símbolos gastronómicos de esta fiesta que, junto con el salpicón de bagre y las ensaladas de pepino y rábano, satisfacían mi apetito a cambio de no salir a la calle degustando un mundo amable y dichoso en el cual, repentinamente vivía el estremecimiento de oír como si viera, la muerte del Hombre de la Cruz pero en los episodios de la radio…Lo recuerdo como un sueño feliz…Mas, de pronto, todo pasó, todo se hundió en los abismos del tiempo y las voces sin rostros de Judas y Pedro y Pilatos y Barrabás y Caifás y José de Arimatea y Nicodemo y Herodes, no volvieron a escucharse más en las emisoras, ni son ahora los soldados romanos quienes al Hombre de la Cruz le abofetean sino los cantos sacrílegos e impíos que emitidos por éstas, hacen ahora de la Semana Santa de ayer, “una Parranda Santa” de hoy…
Es por ello que, cuando hago memoria de las Semanas Santas de mi infancia, de mis Semanas Santas perdidas,  en verdad, no puedo menos que acordarme de mi abuelo Ismael obligándome a hacer penitencia, resignado y humilde, con tal de verme siquiera “convertido en un santo” después del Sábado de Gloria.
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 *(Helado o refresco compuesto por trozos de hielo raspados, permeados con esencias dulces de frutas)

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