Los demás le miraban de pie a cabeza sin decir esta boca es mía. -Qué hombre tan hermoso- volvió a decir Jacinta y agregó: si no estuviera pedida en matrimonio ni loca de amor por Ernesto, me casaría con él. -No es de tu correspondencia- le respondió la voz de turpial de su tío Cayetano quien, en un rincón de la fonda, daba buena cuenta de un pastel de cerdo. El “Torero Hermoso” sacó un cigarrillo, con una mechera nacarada lo encendió dándole una larga aspirada que envolvió el sitio en un agradable olor a “Lucky”. Jacinta, vibrando toda, miraba y miraba al torero; Pascuala, en tanto, dándole un leve codazo en las costillas la hizo bajar de la nube en que andaba y le dijo: -Te lo vas a tragar niña… Toma, llévale este plato de sopa de mondongo. -Cuenta siete estrellas esta noche y soñarás conmigo-le dijo el matador cuando ella se le acercó con la sopa. El “Torero Hermoso” olía a jazmín. -Recuérdalo bien, siete estrellas. Y Jacinta sintió miedo, el mismo miedo de muerte que el “Torero Hermoso” sentía frente a los toros. -Si Ernesto tuviese esos ojos- se dijo en silencio. “El Torero Hermoso”, por cortesía, sonrió; tenía unos dientes blancos y perfectos. -El primero de la tarde va por ti, preciosa- le advirtió. Ella sonrió entre escrupulosa y seria. -Me recordarán para siempre en este pueblo- le dijo. Hotel Silvestre, “el Torero Hermoso”, vestido de luces, reza ante una estampa de la Virgen de Nuestra Señora de la Esperanza Macarena que ha rodeado con cinco encendidas velas; besa una medalla del Señor de los Milagros que le cuelga del cuello y, muerto de miedo, capote, muleta y espada en mano, se dirige a la plaza. El alegre pueblo todo estaba allí, en la plaza. La banda de músicos del maestro Marimón, tocaba un pasodoble sin fin y, en la arena, sombrío y respetable un cárdeno cachi zurdo de los hermanos Trillo; un toro de mala conducta con cara de sospechoso. Las mujeres, solteras y casadas, enteradas de la belleza del torero, sin querer saber nada de sus novios y esposos, fueron a verle atormentadas y enloquecidas por el forastero de ojos color de cielo sin nube y sobre el cual estaban también puestos los ojos del mundo. El torero, de súbito, salió a la arena y más que un torero en sí, parecía un novio arreglado para su primera cita amorosa. Una mujer atacada por una inesperada furia hormonal, sin que el diestro iniciara la faena, no aguantó su reprimido orgasmo y desde lo alto le lanzó sus sostenes y un ramo de rosas. Con dramática solicitud “el Torero Hermoso” muestra al toro su capote; se entusiasman los tendidos. El animal, sacando su casta, escarba dos veces, se arranca y el público se pone de pie. El sol abrazante de las tres de la tarde lo vio todo: un capote abierto como una colorida falda vuela al viento; el matador cae arroyado por la bestia justo debajo de la flor de los testes del astado… ¡Lo mató!..., se acuchó. El hombre de la mirada azul, del topetazo vio las siete estrellas de que habló a Jacinta, se siente aún vivo, de prisa se levanta y, acobardado, comienza la más risible de las faenas. Hay vuelta al ruedo pero del toro que, detrás del torero, rabioso le persigue por el redondel. No hay sitio donde el vestido de luces pueda esconderse… ¡Lo va a joder!...grita la gente. El toro, siguiendo sin caridad a su objetivo correlón, está que le da alcance…tiene un plan espantoso… cornearle por las nalgas. La banda del maestro Marimón suena claro… Pero, de pronto, Dios está en la plaza y apuesta a la vida. Esa misma tarde, antes de la corrida, en mitad de la plaza los organizadores del festejo dejaron enterrada una alta e inalcanzable vara de premio y el discípulo de Manolete, viviendo de nuevo, en ésta presuroso se subió (me parece que lo estuviera viendo) y puesto a salvo de la fiera por la intervención de dos de a pie y un subalterno que la encerraron en su corral, izado como un monicongo en el engrasado palo, el premio que nadie había logrado alcanzó… y hubo aplausos y carcajadas y “el Torero Hermoso”, bajando de allí, apenado miró al tendido dándose con los grandes y negros ojos de Jacinta que ya no soñaba por él y, entonces, avergonzado, entre abucheos, protestas y pitos, bajó la cabeza… ”Me recordarán para siempre en este pueblo”, se acordó que le dijo. Walter E. Pimienta Jiménez
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