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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido- El reloj de la viuda Carlotica
| | Cuentos y relatos globales. 01.03.15 | | Escribe Walter E. Pimienta Jiménez.- La casa de la viuda Carlotica siempre tuvo las puertas abiertas para recibir en ella las fantásticas invenciones del entendimiento humano y por esto ella, diciéndose con sabiduría que el tiempo hay que medirlo en forma exacta para que no se pierda y así rinda más, hizo sin mucho bullicio que su complaciente y amoroso marido le trajera de Colón, Panamá, el primer reloj de pared que hubo en el pueblo. Hasta entonces, con el canto de los gallos, por la posición del sol en el cielo y según la ubicación de la sombra de las cosas y de los árboles sobre el piso, la gente milenaria y sabia, calculaba en el trajín cotidiano el paso de las horas con la desventaja de que, a veces, imprecisa, por haberse sobrepasado en algunos oficios domésticos, estas no les alcanzaban y entonces se trastornaba el orden y el trabajo en la candorosa paz aldeana teniendo en consecuencia que retomar la vida, al otro día, en el consuelo posible de que ojalá esta vez los gallos no se equivocaran. El reloj, de unos dos metros de largo, fue instalado en una de las paredes de la sala. Era de fina madera labrada y estaba sincronizado con tal precisión que cada media hora y cada hora, sus unánimes campanazos se escuchaban en todo el pueblo anunciando no solamente la grandeza inconmensurable del tiempo, sino también pregonando en su articulado tictac de ruedas dentadas y piñones, el origen y el fin de todo y gravitando en la calculada disposición de los abuelos que, con un perrero legislativo en las manos, fijaban a sus nietos la hora del desayuno, la hora del almuerzo, la de la cena y la de irse a dormir después de orinar, tomar agua y rezar el ángel de mi gurda, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día…Con Dios me acuesto, con Dios me levanto y la Virgen María me cubre con su manto… | Con la llegada del reloj de pared de la viuda Carlotica, el tiempo, por fin, fue puesto en su puesto y el pueblo entero ahora sí sabía en qué momento estaba… y empezaron, como por un milagro, a suceder las cosas sin olvido, interpretando en las agujas de éste la hora explícita y exacta de darle los remedios a los enfermos, favor que ella en forma humanitaria, diligente y siempre servicial, hacía a cualquiera del día o de la noche sin alterarla en un minuto siquiera, convencida en el fondo del corazón que si los medicamentos se daban a los indispuestos en el bendito tiempo de Dios, éstos sanaban y desaparecían los males y dolencias de los más graves. -El tiempo es oro. Aprovéchenlo porque no regresa- decía. Palabras que mágicamente trocadas por ocupación y entendidas como buscar algo que hacer, le dieron al pueblo otra ruta: la del emprendimiento y la de la resolución de no abandonar por nada los oficios sin antes no acabarlos, regido todo por la sapiencia de no dejar para mañana lo que se podía hacer hoy… Y siendo así se tuvo momentos para que los hombres antes ociosos ahora sembraran y cosecharan la tierra y, las mujeres, volviéndose más domésticas, remendaran las ropas del olvido con tal de no ver más a sus hijos desnudos. Y así las cosas, incorporada la medida convencional del tiempo a la vida familiar del pueblo, gracias al reloj de la viuda Carlotica, hubo horas para, a la sombra de los techos de paja de las casas, hablar con los vecinos; para que el bebé recién nacido, feliz en su cuna, se chupara el dedo; para que el amor hiciera a los poetas escribir líricos sonetos; para lustrar los oxidados escudos de armas de la Época de la Colonia; para escuchar el trino de los canarios en las altas copas de los árboles; para izar la bandera; para incensar la Semana Santa; para entonar villancicos navideños; para poner a madurar con carburo un gajo de guineos; para jugar a los tropos; para la oración y para el perdón… Y en aquel momento todo fue solemne, la muerte y la vida; los entierros y los nacimientos; las fechas de la patria; los matrimonios; los bautizos; las reuniones comunales y las posiciones de los alcaldes atestiguadas en el instante estricto, preciso, unánime, puntual, justo y cabal en que, con plumero de palo y tinta china, en papel sellado, se consignaba en las actas, en los certificados, en las memorias y en los acuerdos históricos y trascendentes de aquellos años de gloria el paso de la vida; pero, eso sí, mandando a preguntar antes donde la viuda Carlotica, la hora última de las horas hasta las 120 años de su larga existencia sin olvido.
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