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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
El problema de las baldosas           

Cuentos y relatos globales. 22.02.15 
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- En la Escuela Normal de Varones, de joven, Víctor recibió su grado de normalista calificado en la docencia. Una aureola especial tuvo su logro pedagógico si se explica antes que para ser admitido en dicha institución, participó entre 312 aspirantes que tenían que resolver primero el difícil problema de las baldosas ante tres jurados doctos en matemática y geometría y que, cual tribunal inquisidor del conocimiento, juzgó su significativa inteligencia para los números resolviendo la incógnita o rompecabezas con una enredad ecuación de tercer grado que contenía varias supuestas respuestas a la vez, llegando a ellas  si se descifraban distintos polinomios de más de un término para luego sumar a la “n” potencia, catetos y ángulos rectos pues planteaba la compleja pregunta cuántas baldosas de 12. 8  centímetros por cada lado, se necesitarían para embaldosar un salón de forma rectangular que medía 25.5 metros de largo por 8.35 de ancho.
Todo lo que ser maestro de escuela significó para Víctor su reconocida condición para las cifras y las operaciones, estuvo en ese momento en el uso y gasto doméstico de 14 lápices “Mongol” que requirió para conseguir la intrincada solución en dos horas al ejercicio en mención, empleando para ello, además, 31 hojas de papel oficio cuadriculado, una regla milimetrada, seis borradores de nata, un transportador graduado con el que midió ángulos rectos, complementarios y suplementarios y, para los nervios, la ingesta de doce pocillos de agua de valeriana. Y, entonces sí, ganada la propuesta, gracias a su superioridad mental, en papel sellado, previa acta firmada y refrendada con diez estampillas y cinco sellos redondos, le dieron el cupo luego que explicara, a viva voz, cómo logró descifrar el enredo que sólo 3 personas en el mundo habían desentrañado bajo sospecha de haberse copiado.
Si algo me complace de este verídico hecho, muy por encima de la satisfacción y regocijo que él proporcionaría a Víctor, a sus padres y a sus amigos, es que tal éxito lo pinta de cuerpo entero como el excelente maestro que siempre fue, en tiempos en que, para serlo, muchos no pudieron ponerse a salvo del recordado y ameno problema de las baldosas, teniendo que dolerse de no entrar a la Escuela Normal y, en tal caso, tuvieron que trajinar en mamotretos de algebra y geometría, densos, intensos y profundos, en espera de una segunda oportunidad porque el ganador juró por Albert Einstein no decirle a nadie cómo conseguir el indigesto resultado, limitándose a considerar, en forma modesta, entre reuniones de esquina, que aquello no era más que resolver una larga proposición con la cual se afirma una verdad demostrable como lo indica la dialéctica aristotélica que todo lo explica (¿?).
Vistas así las cosas, o mejor, leídas y entendidas así las cosas, muchos llegaron a creer que Víctor era capaz de saber en forma exacta cuántas  vueltas da un trompo de diez centímetros de alto, lanzado con una piola de un metro de largo…o qué altura tiene la torre de la iglesia del pueblo cuando la misma proyecta sobre el suelo una sombra de 12 metros y el reloj de pared de su tía, la viuda Carlotica, marca las 3:12 minutos de la tarde en el mes de agosto.
Creo que, al menos en el significado que algunos den a esta crónica, lo más exacto que se puede decir del hombre que resolvió el problema de las baldosas es que éste es un hombre exacto…como la matemática…lo demás es que le sobra inteligencia corriendo el peligro de que le confundan con un griego que solamente habla de números y símbolos y, siendo así, vestido con una túnica blanca, echándose hacia atrás en un taburete de cuero en el que, como de costumbre se sienta en el sardinel de la casa de Gollita, se le vea ese aire de Pitágoras que desde muy niño se ha gastado desde los tiempos de la escuela primaria y cuando él,  sin necesidad de calculadora, mejor que nadie, aprendió a sumar llevando, a restar prestando, a multiplicar  en forma abreviada y a dividir por tres cifras.

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