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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido- La carta rota
| | Cuentos y relatos globales. 08.02.15 | | Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- La tarde de un domingo de mayo, mi hermana Cristina y yo, con sigilo entramos a al patio de la alcaldía municipal a “robarnos” unos anones de sabor irresistibles que allí se daban y nos encontramos, dispersos en el suelo, los papelillos de una carta rota como en nueve mil novecientos noventa y nueve pedazos. La estancia estaba sola porque ese día no había despacho y, en paciente labor de costurero, dándole sabiduría a las manos, de acuerdo con lo que en cada trocito de papel leíamos, descifrando lo indescifrable, entre acertijos y designios, la armamos como pudimos ahogados de ansiedad por saber lo que decía. Lo primero de lo que nos enteramos fue que alguien hablaba de su corazón maltratado y que pedía el destierro si otra persona, por él o ella (aún no lo sabíamos), dejaba a su pobre vida sin porvenir pues, envejecido, al volver, ya no tendría edad para amarla o amarlo y el olvido le sería la peor desilusión. | “¡Dios mío! Por qué me condenas a esta espera” –decía otro fragmento de papelito y en uno más leímos: “Qué raras son las mujeres”; por lo cual advertimos enseguida que quien la escribía era un hombre que, en otro apuntó: “…no encuentro que otra cosa decirte…Se me pasa la vida…”. Dimos vuelta a otras fracciones y en esas se nos iba la tarde. Era una carta escrita con fina y excelente caligrafía que de lo que más hablaba era de rechazo, de heridas, porque a él, ella no conseguía quererlo y éste le confesaba ya no poder vivir sin tenerla.
“Por qué eres indiferente a todo y en quién piensas que no es mí”… logramos leer en tres pedazos despuntados a los cuales les vimos mucha relación con dos más que así decían: “No hagas nacer en mi corazón un rencor por ti”… en tanto en el otro se apuntó: “Ruego a Dios que no me arrastre al pecado de desearte la muerte si no me aceptas”. Durante un momento, como con veinte papelitos en la mano, persiguiendo el sentido fatalista de la carta, unimos posibilidades y así volvimos a leer: “Dispuesto estoy a darte lo que me resta de mis mejores años. Convéncete, me haré insoportable hasta la propia obstinación y te lloro en mi soledad”. Con mecanismos de quitar y poner, con hallazgos exitosos y añadiduras descabelladas, parte de la carta recuperamos y luego de once posibles conformaciones, esto llegamos a interpretar: “No seas pendeja Teresa… ¡Quiéreme! Comparte conmigo mi hamaca. Te estás perdiendo de lo mejor. Ven, es una orden; recuerda que soy el alcalde”. A las claras todo quedó evidenciado. Teresa, la telegrafista, era pretendida por la primera autoridad municipal pero ella, con todo y lo alcalde que éste era, no reconocía ni el amor que aquél decía tenerle ni mucho menos su autoridad. Un papel al que no lográbamos encadenar con los demás, así decía: “Qué irán a pensar los conservadores”… Buscando ilación a los revueltos papeles, dispusimos unos que con ausencia de letras desaparecidas nos dejaron conocer esto:” Si fuera más joven, me iría de cura ante tu rechazo; aún tú eres día y yo soy noche y, sin embargo, cuando te veo se me descompone todo”… Ocupándonos en otros trozos sueltos que no sabíamos dónde utilizar ni qué sentido darles en la escritura y la lectura; pero con una capacidad infinita de expresión, el enamorado escribió: “…lloro lágrimas vivas… tres meses de sufrimiento en secreto… nadie mejor que tú… seguiré esperando…economiza belleza y dámela… hasta el hierro sucumbe… recuérdame aunque sea con rabia… ahora espero”… La incertidumbre de no hallar el final de la carta, de momento, nos hizo desistir; la desigualdad de contenido entre uno y otro papel no nos ayudaba a definir nada ni a coordinar lo que continuaba. Habíamos perdido de vista unos fragmentos que el viento se llevó y, sin caer en la cuenta del grado de comunicación que de pronto los demás contenían, los ignoramos y los eludimos con el propósito de coger los anones que, en efecto, en cantidades, metimos en una bolsa de papel que previstos llevamos. -Nos van a fusilar aquí- dijo de pronto Cristina y agregó: Vámonos. Seguir armando la carta es imposible. Pero vi tan divertida aquella entretención que, retornando en el interés de enterarme de todo, junté los papeles que la briza de mayo llevó a un rincón del patio y, como pude, acerté en que cuatro de ellos le venían a la carta como conclusión y despedida plena de un derrotado en las cosas del corazón. Los dispuse en sentido parecido y cuando mi hermana ya salía por el portillo que habíamos hecho en la cerca, mentalmente leí: “…tan cercas y tan lejanos…” Y en la consulta de los restantes, esta decisiva declaración leía: “Tuyo del alma”…, y enseguida el nombre ambiguo de alguien al que podía dar más de una interpretación dudosa e incierta porque, justo allí, quien rompió la carta, la rasgó en la sílaba “Da”… Mayo y su brisa fuerte arrasaron los papeles adelantándose a mis predicciones y averiguaciones en el instante en que Cristina me dijo: -“¿Te quedas? Yo me voy”- y un olor a anonones maduros envolvió la triste y deshecha epístola del desengaño.
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