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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
Mita sin mito

Cuentos y relatos globales. 25.01.15 
Walter E. Pimienta Jiménez.- Le decían cariñosamente Mita; su verdadero nombre era Margarita (o es,  si sigue viva), y de ella lo que inicialmente esta crónica dirá es que fue la primera mujer “chofer” que luciendo finos guantes blancos de seda, vi en el pueblo. Y también quien, previamente a otras, se atreviera a vestir de hombre y así ataviada montara a caballo haciendo los dos ejercicios con la pericia no de un varón (porque en el pueblo no todos los hombres eran choferes ni sabían montar  acaballo), sino de una mujer que restándole por completo importancia a los sometimientos fastidiosos de la sociedad de antes, pidiéndole más cordura en su forma de ser, de paso, le violentaba así el justo derecho a ejercer lo que ahora llaman la expresión de la libre  personalidad.
Mita, para entonces, estaba recién llegada de los Estados Unidos, país donde  sus padres la habían mandado a estudiar en tiempos en que no todas las mujeres estudiaban y mucho menos en el extranjero.
La verdad, de verdad, no pasaba para nada inadvertida en el pueblo la presencia de Mita a donde quiera llegaba; reconociéndose también en ella no solamente sobrados méritos de buen desempeño al volante sino, además, ese virtuosismo febril con que se desenvolvía  haciendo de mecánica cuando la GMC de don Santander, su padre, se le dañaba y ella, con altos conocimientos de retórica y práctica automotriz, precisa y acertada, la arreglaba dejando a los curiosos y entendidos con una invariable cara de sorpresa incontrovertible viéndola también, ayudada por nadie, desmontar y montar una llanta o, sucia de aceite y grasa, destornillador en mano, darle arranque al motor probando al vehículo la barra de cambios o limpiándole el carburador que, en mitad de la carretera, se le intoxicó por exceso de gasolina.
Mita manejaba a 120 kilómetros por hora; era una poetisa de la velocidad, diciendo con ello a muchos que el llamado sexo débil podía, en determinadas circunstancias, ir más lejos de lo que generalmente su camioneta andaba si en verdad deseaba ser una motorizada vencedora en la ardua competencia de la vida.
Morena clara, ni alta ni baja de estatura, de piel bien cuidada, de cintura como avispa, de cabello negro ondulado, de ojos negros expresivos, poderosamente hermosa y saludable, Mita, cierto, no tenía las maneras almibaradas y remilgadas de las señoritas fatuas y presuntuosas de ese tiempo; pero no por esto carecía de ese gesto femenino en su trato y su actuar sin dejar de darle curso a su peculiar forma de ser para muchos extravagante y para muy pocos normal e inofensivo.
Era que Mita, resistente a toda forma de rigidez social; capaz de modificar el régimen de las lluvias y de apresurar el ciclo de las cosechas,  sin limitarse al disfraz de las apariencias, con los pantalones bien puestos y montada  sobre cuatro ruedas no sólo fue un símbolo rebelde y anti machista de su época con derecho a ser quién, sino que, criteriosa y desavenida a las reglas, contrariaba así a la cursi opinión pública de aquellas calendas.
A la alcaldía, a sus fincas, a las tiendas, a los bailes, a todas partes, Mita iba siempre vestida de hombre, no con el propósito de hacer el ridículo como la gente creía, sino buscando con esto garantizarse la legalidad  de vestir invariablemente fiel a su conveniencia y como le gustaba y, así, en forma pacífica, transitar por las calles del pueblo en su caballo palomo, llevando fusta de castigo, polainas y zamarros puestos, inconsciente de que aquello rompiera la normalidad cotidiana y se le viera estrambótica en términos del inspector de policía que alguna vez quiso ponerla presa porque, además, fumaba, tomaba coca cola, conversaba con hombres, masticaba chicle en público y, “en nuestra perfecta sociedad”  aquello era una falta grave al respeto aparte  de que, según él, se le notaba amachada.
Hombres y mujeres, estremecidos ante el hecho, salían a la calle con el único propósito de ver a Mita vestida dizque con ropas sacrílegas; pero guardándose para sí el cobarde comentario de que así les parecía hermosa y le lucía…En tanto ella, orgullosa de la admiración que despertaba su espíritu moderno, gozando con lo suyo, lastimaba  a propósito la anticuada sobriedad pecadora del pueblo  ignorando el mal disimulo de aquellos corazones cicateros.
Prócer del vestir distinto y del pensar distinto, Mita, sabedora de que ninguna legislación terrenal le prohibía lo que hacía, de espaldas al mundo, fastidiando puritanos irredento con su indumentaria, alguna vez, para demostrar a todos quién era, a pie, luciendo fina falda de muselina azul  rey, salió a la calle vestida de decente mujer y entonces no fue su elegante traje la comidilla del día sino su colorida pañoleta y, siendo así, perdido por la gente el sentido de la normalidad, volvió a lucir de hombre en la seguridad de que era toda una mujer satisfecha de serlo, con secretos amoríos especulativos asimilados a la categoría de noviazgo con un miembro de la fuerza aérea, nativo del pueblo, capaz de fusilar a quien se metiera con ella…y en aquel estado de cosas simples y adocenadas, donde todo podía ser trivial a la falsa comunidad cristiana que se encargó de clasificarla como deshonesta y de modos poco edificantes, para Mita las cosas acabaron cuando el padre Hernández, con la iglesia llena, desde el pulpito, un domingo de abril, mirando a su feligresía con ojos acusadores, con voz de señalamiento y ordenado por Dios, a todos dijo este diciente sermón de seis palabras.
-El vestido no es el pecado.
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