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Crónicas del otro Macondo Las gafas de Berrocal
| | Cuentos y relatos globales. 04.01.15 | | Walter E. Pimienta Jiménez.- Berrocal era todo un personaje de novela. Usaba gafas oscuras. Llegó al pueblo procedente de Lorica (Córdoba), envuelto en un manto de conjeturas muy propias de su oficio y masticando chicle. Parecía un londinense; su cabello rubio ondulado y sus ojos verdemar le permitían una vanidad de actor de cine que enseguida le ganó simpatías femeninas de otros ojos que, por las tardes, en todos los ventanales de las casas, al verlo pasar, hacían soñar a respetables señoras con conducta de carnaval y a inocentes señoritas de trenzas largas y rostros provincianos cuyos labios rojos aún no habían sido besados. Berrocal era policía afirmado en una apariencia que, cual agente de la Scotland Yard, modificó en el pueblo la historia de otros gendarmes sustentadores de la autoridad a punta de bolillo y que siempre perseguían a incapturables y tradicionales ladrones de gallina. | Con Berrocal llegó al pueblo otra forma de ser policía, su raigambre popular hacía de él que los episodios en que participaba, tuvieran el apacible trato y anuencia de dejarnos a los menores de edad jugar un chico de billar en la cantina de la Niña Sara, igual que nos permitía el discreto y silencioso episodio de fumarnos a solas, en el parque, los primeros Luckys de la vida entre humaredas de intrepidez sin castigo. Teníamos en Berrocal, más que un policía, a un amigo. Trajo en una maleta de cuero de babilla, cualquier cantidad de novelas del Oeste Americano olorosas a pólvora y que yo, prestadas por él, leí siguiendo por serie la luminosa trayectoria de pistoleros invencibles, tomadores de whiski resueltos a robarse todo el oro del mundo. Desde su llegada al pueblo, las mujeres suspiraban por sus ojos verdes y sus gafas Ray Ban con las que se acreditó varios amores del alma. Salía en su moto verde Auteco Lambretta a patrullar las calles tras el perdido ovillo del robo de la noche anterior y aquello, en lugar de ser un acto de autoridad y miedo, terminaba siendo para él algo así como darse un baño de sol y de popularidad por las calles de la opinión pública, sin dejar de ganarse el largo suspiro de mujeres que, con una tragedia amorosa en sus corazones, veían en él más vocación de amante que de policía. Nadie podía disputarle a Berrocal el orgullo de llevarse las miradas femeninas porque nadie como él, coqueto, hazañoso y presumido, mirándoles a través del instrumento de sus gafas, les estremecía el cuerpo y el alma, haciendo que todas se guardasen para sí, muy adentro suyo, un silencio desolado llamado amor. A decir verdad, muchas jovencitas en el pueblo supieron que el amor era cierto hasta cuando vieron a Berrocal engafado y, en medio de un penetrante olor a gasolina llevado por el viento del norte, sintieron en el corazón, el ruido ensordecedor de su Auteco Lambretta que reemplazó a sus enamorados de a caballo. Parado en el marco de la puerta de la alcaldía, Berrocal, el policía engafado, como un monarca, parecía tener más autoridad que el alcalde encerrado en el lugar común de su payasada, en tanto el alguacil vigilante, al arribo de una hermosa mujer que pide hablar con el burgomaestre, se quita a propósito las gafas para que ésta le vea sus ojos verdes en la seguridad de que la misma, mañana volverá no tanto para pedir otra cita sino para verlo a él. Fueron muchas las tarjetas y esquelas que a Berrocal le enviaron sus admiradoras con dibujos de corazones flechados y cintas doradas sostenidas por los picos de dos palomas. El hizo del parque, todas las tardes, su segundo puesto de policía donde con solo su presencia aromaban las flores de los jardines y, asediado de niños, pare vencer la ociosidad, jugaba con éstos a la candelita y a la lleva. Y así, así estuvieron las cosas hasta cuando Berrocal no fue más al parque. Sucedió lo que ya se veía venir; fue trasladado sin camino de regreso, sin adiós y sin despedida a donde nunca más se tuviera noticia alguna de su destino… Y prendiendo su Auteco Lambretta verde, se puso sus gafas, cogió su maleta y agarró camino por la Calle de la Iglesia la tarde de un viernes de noviembre… a toda velocidad las muchachas del pueblo le vieron pasar… Una de ellas dijo: “Se fue Berrocal”… y cinco más también; un total de veintisiete mujeres, entre casadas, viudas y solteras, dijeron lo mismo y éstas, sondeando el sentido de las tres tristes palabras que acababan de decir, oyendo el lejano ruido de la moto que se alejaba, por sus mejillas dejaron correr una sentida lágrima sucumbiendo en el delirio de un amor que se marchaba y que dolía y, entonces, se encerraron en sus casas a la espera de otro policía de ojos verdes que usara gafas.
Walter E. Pimienta Jiménez |
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