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Pregón del periodista Alfonso Vázquez en las XIII Jornadas de Homenaje a Torrijos y la Constitución, en el Hotel Cortijo Chico
Torrijos 1831. 15.12.14 
(El pasado viernes 5 de Diciembre 2014, día histórico del apresamiento de Torrijos en el término municipal de Alhaurín de la Torre).
Mi primera imagen del general José María Torrijos no guarda relación con el obelisco de la plaza de la Merced. Ni siquiera con el famoso cuadro del fusilamiento que tanto me hubiera impresionado si lo hubiera descubierto de niño. Torrijos se presenta en mi vida por mi afición temprana a los periódicos.
    Yo tendría por entonces seis años y en esa época ya me gustaba hojear periódicos y revistas. Pero periódicos y revistas muy viejas, del año de Maricastaña, como La Unión Ilustrada o el Blanco y Negro que mi abuelo conservaba encuadernados de su padre. Me quedaba fascinado leyendo noticias de un pasado para mí remotísimo como por ejemplo: "Don José Echegaray nos recibe en el salón de su casa". Y ahí estaba ese señor, don José Echegaray, con el mismo nombre que el cine Echegaray de Málaga, luciendo unas gafas antediluvianas y unas barbas de chivo en un salón que parecía un decorado, repleto de muebles y con cortinas más propias de un teatro. Para eso era dramaturgo. 
En una de esas revistas me topé un día con la fotografía de una anciana achaparrada, con la cara envuelta en un pañolón negro. Debía de ser una revista de comienzos de los años 10 del siglo pasado. La mujer posa para el fotógrafo rodeada de un grupo de niños y adultos junto a una cruz, y a los lados, casas muy  modestas. El pie de foto decía: “Homenaje a Torrijos en la Cruz del Bulto. La anciana del centro conoció al general Torrijos cuando era una niña”.
    ¿Quién era Torrijos? Mi abuelo me lo explicó y me quedé fascinado. Pero lo que más me asombraba es que yo, un niño de los años 70, tuviera el privilegio de contemplar a esa señora viejísima que había visto con vida a ese héroe, el general Torrijos, asesinado por un rey nefasto en el remotísimo año de 1831. Tan remoto que, fijaros, no era ni el año de la polka porque todavía faltaban cuatro  para que este baile se pusiera de moda en Europa.
    Pasó el tiempo, la costumbre de hojear periódicos me llevó por la inestable pero apasionante senda del periodismo. Pronto tuve la suerte de salir a la calle a hacer reportajes, a tener el privilegio de contar cómo es la vida en este rincón del mundo. Y un sábado de diciembre de hace ahora 11 años, para mi sorpresa me topé con el general Torrijos de mi infancia en carne y hueso en la plaza de la Merced.
    Me había pasado lo que esa anciana cuando era niña: lo tenía delante de mis ojos. Y lo más sorprendente: José María Torrijos era real, un hombre con el pelo peinado a la moda de 1830, con un gabán de tela recia y ese porte distinguido e imbuido de una dignidad que a mí me sobrecogió.
    Estaba acompañado de sus hombres, muchos de los cuales iban a formar sin duda parte del futuro Gobierno de la nación como Manuel Flores Calderón, antiguo presidente de las Cortes en 1823 o  Francisco Fernández Golfín, uno de los padres de la Constitución de Cádiz. Todos iban vestidos de época, igual que el pueblo llano y las uniformadas fuerzas regulares de Fernando VII. Ni siquiera faltaba un personaje de mirada torva y fiera, el gobernador de Málaga que consiguió prenderle, Vicente González Moreno.
    Recuerdo todavía la estampa de unos turistas japoneses absortos ante el espectáculo. Cuando superaron la sorpresa se pusieron a tomar fotos sin parar, como si quisieran detener el tiempo con cada disparo de la cámara.
    Ni que decir tiene que al día siguiente titulé el reportaje: El general Torrijos vuelve a la vida en la plaza de la Merced. Fue la primera vez que pude ver en acción a los miembros de la Asociación Histórico Cultural Torrijos 1831; a Jesús Rivera, centro de todas las miradas, mientras lanzaba un emocionante alegato a favor de la libertad. Daba vida de forma memorable al general madrileño; a Esteban Alcántara, el historiador que más ha hecho por recuperar, metro a metro de archivo, pero también metro a metro de la provincia de Málaga, la figura de Torrijos y en especial sus últimos pasos y el de sus 48 compañeros, desde su desembarco forzoso en la playa mijeña del Charcón hasta el fusilamiento en las playas de San Andrés de Málaga.
    Con el paso de los años he tenido la suerte de acompañarlos en la mayoría de sus recreaciones históricas, de comprobar cómo Alhaurín de la Torre va respondiendo a la hora de dignificar y preservar esta figura de la Historia de España, aunque para ser sinceros, se puede hacer más. Y también he tenido la suerte de saber hasta qué punto la asociación se ha implicado en la defensa del patrimonio de todos. Porque en los últimos tres lustros, como todos sabemos, por desgracia hemos asistido en España al auge y caída de la construcción desaforada, con unas consecuencias –crisis y corrupción– que todavía soportamos.
    Por eso, no se puede olvidar que en 2006, cuando quienes más peso tenían en España eran aún los constructores y los concejales de Urbanismo, la asociación Torrijos 1831 fue el primer colectivo en denunciar la demolición por una constructora de la mitad del refectorio del convento carmelita de San Andrés, en El Perchel, donde el general madrileño y sus hombres pasaron sus últimas horas antes de morir fusilados.
    Ocho años después el refectorio sigue en ruinas, nadie lo ha reconstruido, pero la denuncia firme y la reivindicación de la asociación han logrado unas primeras medidas de reforzamiento del modesto convento. La asociación, por lo menos, ha evitado que desaparezca y que en su lugar se levante una anodina promoción de viviendas.
    Porque no hay que olvidar que en Málaga, el convento del Carmen estuvo siempre en entredicho en esos tiempos tan engañosamente prósperos. De hecho, un concejal malagueño del ramo  -del ramo de la construcción, claro- se permitió cuestionar el futuro del edificio al señalar que tenía nulo valor artístico. Hubo que explicarle al representante público que los carmelitas descalzos, fieles seguidores de las enseñanzas de Jesús como el actual papa Francisco, nunca fueron precisamente una orden religiosa amante del derroche. Los conventos carmelitas son pobres por naturaleza y eso no merma, ni mucho menos, su valor histórico ni justifica su demolición.
    Ojalá que cuando escampe la crisis, los primeros ladrillos que se coloquen sean para la reconstrucción del convento del Perchel y que el refectorio sea el esperado centro de interpretación de Torrijos y no me puedo olvidar de la alquería del Conde de Mollina y su torre árabe, donde fueron cercados y capturados el general y sus hombres. Su rehabilitación sería un verdadero regalo y un orgullo para Alhaurín de la Torre y ojalá que pronto la podamos disfrutar todos.
    Otro de los muchos aciertos de la asociación son precisamente estas jornadas, que llevan por título Torrijos y la Constitución, una oportunidad para reivindicar su figura y relacionarla con los valores democráticos de una España moderna, europea y plural. España plural, sí, pero en la que ningún ciudadano sea más que otro, haya nacido en Alhaurín de la Torre, en San Sebastián o viva puerta con puerta con el actual presidente de la Generalitat. Vivimos en un continente curtido por los siglos, repleto de historias cruzadas y de países en los que conviven varias lenguas  (Islandia, de hecho, es el único país europeo en el que se habla una sola lengua).
    Si quisieran, los dirigentes de la mayoría de regiones de Europa podrían levantarse un día y concluir, con una buena dosis de mitología, manipulación histórica y sentimentalismo, que son una nación milenaria con derecho a dictar su propio futuro, como está sucediendo en Cataluña. Llegar a esta conclusión es colocar al pueblo, a la tribu, por encima del individuo. José María Torrijos, sin lugar a dudas, no habría aplaudido esta reivindicación clasista de oscuros privilegios, más propia de los tiempos anteriores a la Revolución Francesa y que en Europa siempre abanderan las regiones más ricas y favorecidas frente al resto.
    Antes he hablado de mi afición desde niño por los papeles viejos. Mientras escribía estas líneas llegó a mis oídos una escena del pasado que me gustaría compartir hoy con vosotros. La profesora de la Universidad de Málaga Amparo Quiles, otra forofa de los archivos, al tiempo que preparaba este otoño un trabajo sobre el escritor malagueño Arturo Reyes, ha localizado una preciosa noticia, con motivo de la visita a Málaga, en mayo de 1910, del gran escritor Benito Pérez Galdós.
    Acudió a Málaga a acompañar a Rodrigo Soriano, un político republicano, y a asistir en el Teatro Cervantes al estreno de su obra Casandra. Pero don Benito, un poco harto de homenajes, aplausos y banquetes, pidió acudir a las playas de San Andrés a conocer la cruz que recordaba el sacrificio de Torrijos y sus seguidores. La prensa de la época inmortalizó al gran escritor en las playas de Andrés mientras repartía limosna entre los hijos de los pescadores. Qué lástima que el escritor no diera más protagonismo a Torrijos en sus famosos Episodios Nacionales, pero nos ha quedado la huella de su admiración por el general.
    Y como un pregón corto es mucho más de agradecer que uno largo, salvo que esté escrito por Quevedo, que no es el caso. Me gustaría terminar con las reflexiones de un sabio injustamente olvidado, el filósofo Julián Marías, padre del escritor Javier Marías, que hace ahora 30 años publicó el libro España ininteligible, que ha vuelto a reeditarse. En el libro reflexiona sobre la historia de nuestro país y concluye que el siglo XVIII fue un buen siglo para España.
    Pese a algunos puntos negros como la expulsión de los jesuitas o el motín de Esquilache, el país comenzó a recuperar el prestigio perdido después de 60 años de decadencia. Gracias a los Borbones se eliminaron las aduanas interiores, terminaron las rémoras del feudalismo, se fomentó el comercio con América y todo eso hizo posible la prosperidad de regiones como Cataluña o provincias como Málaga.
    Tuvo además ese siglo XVIII un rey magnífico y eficiente, Carlos III, y si miramos al otro lado del charco, los virreinatos americanos –pues nunca fueron colonias sino reinos– tenían tanto o más grado de desarrollo que las colonias inglesas de América del Norte. Y como recuerda Julián Marías, “desde el final de la Guerra de Sucesión, en 1713, hasta la invasión de Napoleón en 1808 apenas hubo violencia, luchas y represiones”.
    ¿Qué provocó entonces el atraso de España? , ¿por qué perdimos el tren de Europa a lo largo del siglo siguiente? Julián Marías da un nombre como respuesta: Fernando VII. El rey felón fue una auténtica calamidad para nuestro país. No se trató de un rey absolutista, como los reyes del XVIII, sino de un rey dictador y tirano que frenó con violencia las libertades y así ralentizó el desarrollo de España.
Sólo podemos imaginar qué España tan distinta habríamos disfrutado si hubiera triunfado la causa de Torrijos. Afortunadamente, muchos de sus anhelos se han hecho realidad y su ejemplo y sacrificio siguen vivos 183 años después gracias a personas generosas, desinteresadas y ejemplares como las que hoy formáis parte de la Asociación Histórico Cultural Torrijos 1831.
 
Muchísimas gracias a todos, de corazón
 
Alfonso Vázquez, 3 de diciembre de 2014
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