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CIUDADANOS vs CONSUMIDORES
“La historia es nuestra y la hacen los pueblos” *
Eduardo Saez Maldonado. 11.02.14 
A mi padre no le gustaba que le llamaran consumidor. Le molestaba incluso. Y a mí tampoco me hace gracia, la verdad (será por aquello del palo y la astilla). Y se extiende cada vez más la tendencia a referirse a nosotros, al pueblo, a la gente, desde los medios de comunicación y otros foros, como “consumidores”. Y no sólo cuando se trata de nuestra vertiente en la que nos podemos considerar como tales, sino como sustituto de alguna otra denominación más genérica: ciudadanos, por ejemplo. Esto no es de ahora, pero va calando cada vez más. 
Es cierto que somos consumidores, pero sólo en parte (y no la más importante, por cierto). Porque una persona es verdad que consume: consume comida, productos de limpieza, tecnológicos, coches, ocio… oxígeno, en fin... Pero también hace otras cosas que quedan fuera de su faceta de consumidor: camina por el campo, se baña en el mar, juega con sus hijos, charla con los amigos, piensa, ama…

Sin embargo es quizá el único aspecto de nuestra naturaleza que interesa al sistema. Un sistema que sólo aspira a crecer, a consumir más y más rápido, para generar más empleo. Empleo, a su vez, que sea lo más competitivo posible para que pueda producir más y más, consumir más y más, y crecer más y más…. ¿hasta cuándo? Nuestra identidad de consumidores es, desde el punto de vista macroeconómico, nuestra única faceta relevante. Sería mucho más deseable, pues, que viviéramos en una sociedad que no nos considerara consumidores sino, al menos, “ciudadanos”, en tanto que personas miembros de una comunidad. Pero la ideología imperante desde hace ya tiempo, basada en un neoliberalismo que cree sólo en el sagrado libre mercado y en su mano invisible, no tiene en cuenta otros aspectos que no sean cuantificables económicamente y que, por tanto, no entren en el juego de la oferta y la demanda. Así por ejemplo, para que los gobernantes neoliberales (los que guían el mundo desde hace unas décadas, incluyendo el PPSOE español) tengan en cuenta consideraciones medioambientales en sus decisiones, tienen que verse sometidos a una presión popular muy seria, ya que a los “mercados”,  estos temas no les afectan en tanto que no tienen relevancia económica, al menos a corto plazo, que es el que importa.

Pero es que a este sistema ni siquiera le afectan las consecuencias futuras de nuestra irresponsable actuación ambiental que, sin duda, llegarán en su día a afectar de lleno a la macroeconomía si no somos capaces de controlar, por ejemplo, el cambio climático, pero las medidas para controlar las emisiones de CO2 son irrisorias ya que, el neoliberalismo tiene las miras cada vez más cortas.

Y acorde con este criterio generalizado, los sistemas políticos “democráticos” tratan de mantenernos, no como ciudadanos librepensantes, sino como “consumidores de democracia” que vamos de vez en cuando a votar a los partidos que más salen en la tele, aunque lo que prometan sea mentira, que ya lo sabemos (de la misma manera que sabemos que son mentira los anuncios de Coca Cola o de Wipp Express pero nos los creemos). Luego nuestros votos son convenientemente aderezados para que los partidos mayoritarios (que defienden el sistema establecido) mantengan su hegemonía eternamente. Así, nuestros representantes “democráticamente” elegidos tienen 4 años para hacer lo que les de la gana (tenga o no que ver con el compromiso programático adquirido, que eso es lo de menos) hasta que se convoquen nuevas elecciones.

Últimamente, sin embargo, ha habido algunos esperanzadores ejemplos de “rebelión” de los ciudadanos (que no de los consumidores) que han conseguido algunas cosas como que se pare una construcción no deseada en Burgos, una privatización sanitaria en Madrid, y hasta una ley de represión ciudadana en Ucrania. Y esto a base de participar activamente con manifestaciones en las calles para desconcierto de los políticos que no entienden cómo los ciudadanos no son meros consumidores y tienen la osadía de cuestionar sus decisiones.

Acciones ciudadanas que nos producen envidia, por poner un ejemplo local, a los que llevamos aguantando canteras ilegales desde hace décadas en Alhaurín de la Torre (a causa de la voracidad del sistema, la desvergüenza de la administración “competente” y la desidia del pueblo). Renace pues la esperanza de que estos conatos de democracia se consoliden y tomemos conciencia de que no se van a ir del poder: los tenemos que echar nosotros. Porque se oye frecuentemente que democracia es algo más que votar de vez en cuando. Pues bien: ya tenemos ejemplos, y reivindicando justicia desde la calle, y desde las asociaciones ciudadanas (que no sólo consumidoras, ya digo), y pensando bien lo que votamos (esto también) podemos transformar este descontento generalizado que vivimos (y que se empezó a gestar en los tiempos del 15M) en otra forma de concebir la sociedad: más democrática, más ciudadana… menos “consumidora”.
Empoderarse, que se dice ahora.
 
Eduardo Sáez Maldonado. Febrero de 2014.

 
*Del último discurso de Salvador Allende, pronunciado momentos antes de suicidarse ante la inminente irrupción en el asediado Palacio de la Moneda, en Santiago de Chile, de las tropas golpistas de Pinochet.
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