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"Más sabe el Diablo" Por Miranda Collet
Miranda Collet. 12.01.14 
Capítulo XV
Extraoficial

Es el día después de la visita a COMADRES. La delegación de maestros de habla español de EEUUA hace una visita de protesta a la embajada estadounidense en San Salvador, El Salvador, 1985.
Don Gato baja por la escalera para ver quiénes son. Les pica la lengua por decirle, ‘Sir Cat’, por lo cursi que suena. El joven Don Gato, neutral en extremo, parpadea cortésmente detrás de sus gruesos lentes. Este muchacho es un recluto dispuesto, un empleado ejemplar del departamento de Estado estadounidense: tímido, ilusionado, y muy trabajador, apenas comenzando.
Para esta fecha, habiendo pasado diez días en este país en guerra, los maestros estadounidenses están con los nervios crispados y su percepción se ha vuelto descomunalmente sensible. Parece que este Don Gato no tiene otra función más que llevarles a su reunión con Bob Robinson, agregado laboral de la embajada de EEUUA en El Salvador.
El Salvador está en guerra: los salvadoreños quieren gobernar El Salvador, en lugar de EEUUA.
EEUUA está entrenando y organizando los escuadrones de la muerte en El Salvador, pagándoles, y pertrechándoles, igual que el ejército salvadoreño, fiel a EEUUA. El gobierno de El Salvador y su ejército obedecen los ordenes de EEUUA. Los órdenes de cómo librar la guerra contra el pueblo llegan a través de la embajada de EEUUA en El Salvador, y en esta guerra ochenta mil salvadoreños han tenido que morir.

Ochenta mil almas. Esta cifra representa muchos niños de ojos brillantes, muchos guapos jóvenes y gente mayor, frágil y sabia. Allá van muchas abuelas y abuelos amorosos, muchos pintores, y un montón de obreros trabajando como autómatas en las fábricas de los extranjeros. ¡Cuántos intelectuales que planifican y escriben cómo se puede organizar El Salvador para el bien de la mayoría han muerto! En esta cifra van decenas de miles de familias campesinas que con su ingenio engatusan la tierra para que produzca una buena cosecha que no vale nada en el mercado internacional. En El Salvador hasta el ganado sabe refugiarse bajo los árboles cuando oyen el TLACTLACTLACTLAC de los helicópteros del ejército.

Entre los ochenta mil, habrán muchas personas de sentimientos tiernos y dulces, y unas que son valeverguistas, o sea, dispuestas a todo, también ha de haber los payasos ocurrentes que todo el mundo quiere, y unas personas con el corazón partido, y unos recién enamorados, también enfermos y gente cuya capacidad es limitada de una manera u otra, y gente hospitalizada, o con un bebé nuevo o a punto de dar a luz, a punto de casarse, en una celebración familiar o con amigos o en la vela de un pariente anciano, o gente con un trabajo nuevo, o buscando trabajo, o sin trabajo, o celebrando la misa, comiendo la ostia, o de visita con una vecina, o gente que está ayudando a alguien en una de las muchas adversidades que atraviesen el camino de los humanos. Algunas de las personas muertas tienen que haber estado impartiendo una clase a la hora de su muerte, o dirigiendo una escuela, o al borde de un colapso nervioso, o muriéndose, o escribiendo un libro o tocando música, o haciendo el amor o haciendo deporte, lavando la ropa en el río, consolando a un bebé que llora, o dormida, o bailando a la hora de su muerte. Otros cocinaban o pintaban o murmuraban o inventaban un poema. Nadie está a salvo aquí en El Salvador cuando EEUUA manda, y cualquier hora es buena para morir. No hay un tiempo específico para morir en El Salvador cuando EEUUA libra una guerra contra el pueblo, que dura doce años.

Toda esta gente tuvo que morir, porque EEUUA decidió que El Salvador tenía que seguir siendo su finca y su fábrica. La gente de El Salvador cuenta, sí, pero sólo en términos de su utilidad para EEUUA. Es tan sencillo. ¿Por qué hay personas que dicen que no pueden entender lo que pasa en el mundo, o que no entienden la política?

Bueno, aquí están, con Bob Robinson, en una pequeña sala de conferencias en la fortaleza que es la embajada de EEUUA en San Salvador. Hay un botellón de agua helada en un rincón y un aire acondicionado severo. Robinson es el Agregado de Asuntos Laborales de la Embajada de EEUUA en San Salvador, agente de la CIA, experto en destruir sindicatos.

‘Trabodoris’, dice Robinson, en lugar de ‘trabajadores.’ Ha de creer que ‘trabodoris’ es suficiente para las trabajadoras mal pagadas que cosen de pie durante diez horas la ropa interior que se venderá carísimo en una boutique de Nueva York. Ha de creer que no merecen más las que hacen el pantalón vaquero para una cadena en San Francisco, California: doblan, cortan, planchan, cosen, empacan entre el mucho polvo y una luz tétrica, manejan tintes tóxicos, maquinaria insegura, sin ninguna seguridad laboral, sin ningún seguro, sin sindicato, con acoso de toda clase, y con insuficiente pago para dar de comer a la familia cuando llegas a casa agotada. ¡Vamos! ¡Confiesa que no es justo!

-Aquí todos decimos ‘Roberto’ al Señor Robinson, dice Don Gato con timidez. Robinson lleva puesto el traje civil más militar que pueda haber.
-¡Los botones de latón en este puesto de trabajo, no!, le habrá dicho su superior. -¡Tampoco las charreteras! Somos ci-vi-les. ¡Acuérdatelo!

Con nerviosismo y de manera tentativa, Robinson pasa el pulgar por la cinturilla. Ayer fue Día de Acción de Dar Gracias, y quizá comió demás. Su cara lleva una expresión de intensa autosatisfacción. ‘Bueno, es un solo día al año’, está escrita en su inconsistente cara.

Antes de hacer sus pronunciamientos, Robinson habla a la delegación en tono confidencial, insinuándoles que, ‘aquí todos somos Meracanos’. No percibe el disgusto intenso de sus compatriotas, los maestros que tiene enfrente. Su ira es por la política de EEUUA en El Salvador.
-Todo lo que les voy a decir es extraoficial. Aquí en la ‘imbajada meracana’ sólo hay dos personas autorizadas a dar declaraciones, dice Robinson.

En la entrada los Marines les quitaron las cámaras y grabadoras, pero los maestros tienen sus cuadernos y plumas. La delegación se prepara para escribir, palabra por palabra, la versión de la realidad que Robinson le proporcionará, para luego denunciarlo con nombre y apellido hasta los cielos, y él lo sabe.

Los maestros de EEUUA le preguntan por qué dos mil quinientos sindicalistas han muerto en El Salvador en el último año.
-A los sindicatos les falta mucho, dice Roberto. No es como en ‘Amerca’, donde todos se sientan a discutir sus diferencias. ¡No, señor! Aquí en Salvador los sindicalistas no están dispuestos a conversar en la mesa de negociaciones y levantarse de la mesa y despedirse como amigos. No, no. Aquí en Salvador la gente no quiere discutir nada. Hasta parece que los ‘trabodoris’ de aquí y sus jefes no tienen una meta común
-Quizá no la tengan, dice Amanda. En el vacío desinfectado estas sencillas palabras se oyen anormales.
Silencio.

-Acerca de mi trabajo en la embajada, dice Robinson, como el ochenta y cinco por ciento de mi trabajo es periodismo, escribo sobre varios asuntos. Y el quince por ciento está relacionado con el entrenamiento de sindicalistas salvadoreños, por ejemplo, en este mismo momento tenemos becado a un joven salvadoreño en Cornell. Estudia relaciones laborales.
-¿Ah, sí?, pregunta Rosa, de Boston. ¿Cómo se llama?
-No les voy a decir, dice Robinson, con irritación. ¿Y saben por qué no? Porque ustedes lo contarán al sindicato de maestros, ANDES, y ellos contarán a todo el mundo que el muchacho haya estudiado en Amerca, y luego nadie creerá en él.
-¡Yo creo que sé quién es él!, dice Roberta de Seattle, la que le gusta tomar el pelo a veces.
-¡No!, dice Robinson, ¡seguro que tú no sabes!

Llega el momento en que el agregado laboral se inclina hacia la delegación y les habla con la suave voz de la conspiración.
-¿Saben qué?, si ustedes preguntan al secretario general de ANDES cuáles son sus ideas, ¿saben de qué se darían cuenta de este hombre? ¡Qué sus intereses van en contra de los intereses de EEUUA!
Silencio.

Según Roberto, sólo un civil ha muerto en la guerra.
-Y fue por error, dice Robinson. ¡Y ‘Amerca’ lo reconoció!

Los maestros de EEUUA le preguntan sobre COMADRES, la Organización de Madres de los Asesinados, Desaparecidos y Prisioneros Políticos de El Salvador. Explican que ayer su delegación se reunió con quince miembros, de corazón partido todas. Las quince mujeres han perdido una suma de sesenta parientes.
Roberto pierde la ecuanimidad cuando escucha la palabra COMADRES.
-¡Aquellas mujeres!, grita el alto funcionario gringo. ¿No lo ven? ¡Son subversivas! Pues, pues, ¿no vieron cómo usan gafas oscuras?
Silencio.

Amanda saca sus apuntes de la noche anterior y comienza a leer en voz alta:
Habla una mujer en la oficina de la Organización de Madres de los Asesinados, Desaparecidos y Presos Políticos de El Salvador, COMADRES, en San Salvador.
¡Ay, mi Juan! Tenía diecinueve años y ya había estado dos años en el Ejército, basado en El Cifo, casi dos años fueron.
Una vez lo pusieron a cuidar un camión del gobierno lleno de municiones, y fue allá donde los guerrilleros lo capturaron. Durante cinco días lo tenían preso, y luego lo soltaron.
Juan Ramón Junques, se llamaba mi hijo, apenas tenía diecinueve años.
¡Mi Juan!
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