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"Más sabe el Diablo" Por Miranda Collet
Miranda Collet. 29.12.13 
CAPÍTULO XIV
Mi Juan

Habla una mujer en la oficina de la Organización de Madres de los Asesinados, Desaparecidos y Presos Políticos de El Salvador, conocida como COMADRES, en San Salvador, en 1986.
Amanda apunta lo que una señora cuenta durante la visita de una delegación de maestros de EEUUA que trabajan en solidaridad con los maestros salvadoreños.  El país está en guerra.
Así es la situación.  Los maestros salvadoreños de ANDES y estos maestros de EEUUA están del lado del pueblo.  
Sólo doce familias son dueños de este pequeños país.  EEUUA mantiene esta oligarquía en el poder.  ¿Por qué?  Porque la oligarquía permite que EEUUA explote su país.  EEUUA escoge el gobierno de El Salvador y mantiene imperante el ejercito salvadoreño, cuya misión es proteger los intereses económicos de EEUU.  
-¡Ay, mi Juan!  Tenía diecinueve años y ya había estado dos años en el Ejército, basado en El Cifo, casi dos años fueron. El Ejercito salvadoreño lo reclutó cuando mi hijo tenía diecisiete años. Lo bajaron del bus en que viajaba, así nomás lo reclutaron, así reclutan.
Una vez en el ejército, lo pusieron a cuidar un camión del gobierno lleno de municiones, y fue allá donde los guerrilleros lo capturaron.  Durante cinco días lo tenían preso, y luego lo soltaron.
Juan Ramón Junques se llamaba mi hijo, y apenas tenía diecinueve años.
¡Mi Juan!
En seguida que lo suelten se reportó a su batallón.  Su jefe le dijo que podía tomar cinco días libres.  Por eso iba viajando a casa, para cambiarse de ropa.  Fue el veinte de abril de 1985.  Cinco militares emboscaron el camión en que viajaba.  Mataron a mi Juan.  Arrojaron su cuerpo por la Barranca de Comalapa.
Dos de los soldados que lo habían matado llegaron a su funeral para decirme por qué lo habían matado.  Era guerrillero, me dijeron.
¡Ay, mi Juan!
Cuando ya tenía cinco meses de muerto, fue el trece de septiembre de 1985, unos soldados llegaron a buscarlo.
¡Ya me lo mataron!, les dije, a través de la puerta atrancada.  Me escondí, entonces, en un lugar que tenemos para escondernos.  Mi madre y yo nos escondimos, y vimos cómo entraron los soldados.  Rompieron la puerta.
No nos vieron, pero mi papá tenía ochenta y siete años y era ciego.  No lo pudimos esconder.  Es sordo, así que no les contestó sus preguntas.
¡Ay, mi Juan y mi padre!
Mataron a mi papá con arma de fuego.  Mi madre lo vio conmigo, nosotras dos escondidas en silencio.
Luego los soldados se fueron, y mi madre perdió la razón.  Ni siquiera entendía que lo habíamos enterrado.
Llevamos a mi mamá al hospital, pero no podía recuperar la razón
¡Ay, mi Juan, mi padre y mi madre!
El veintiocho de octubre de 1985, mi madre se murió también.
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