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"Más sabe el Diablo" Por Miranda Collet
Miranda Collet. 24.12.13 
CAPÍTULO XIII
La Gira
El Valle de Yelapa, en el Norte de Nicaragua, 1984


A primera vista el Valle de Yelapa puede parecer un dinámico e incomprensible revoltijo verde.  Para Maritza, promotora de cooperativas agrícolas, todo el Valle tiene sentido. Mientras pasan las labranzas rumbo a El Clavo ella va explicando de quiénes son y qué se está cultivando.
Maritza es una mujer de amplio criterio, con muchos estudios, que bebe y fuma.
Tiene un niño, pero nadie más que ella sabe quién es el papá.
-¿Fue un escándalo?, le preguntó un día Amanda.
-Sólo durante unos días, contestó Maritza, pero cuando estalló un nuevo escándalo a la gente se le olvidó lo mío.

Parados atrás, en la tina de una camioneta, iban tres técnicos con Maritza y Amanda.  Así pasa el día entero esta Toyota verde oscura que pertenece a Reforma Agrícola: zigzagueando el Valle.  En la mañana Moncho, el chofer, deja los técnicos, uno por uno, en el campo.  Y por la tarde se pone a recogerlos, cada uno en su cooperativa, a lo largo  del Valle.

Un técnico lleva a su lado cuatro arados nuevos, de color anaranjado.
-¿Donación?, pregunta Maritza.
-No, dice el muchacho.  Son franceses y cada uno costó siete dólares y medio.
-¿Con qué se jalan?  ¿Con tractor?
-Bueyes.
Cuando baja el técnico, lo ayudan con los arados.
-De vuelta arando con bueyes, se dice Maritza, quizá sea lo mejor, considerando que en Nicaragua actualmente no contamos con más que un día de reservas petroleras.

En un cruce que atraviesa las hermosas milpas, dejan el segundo técnico, una mujer de la Costa Atlántica.  Con su blusa de encaje blanco la joven se ve frágil, una impresión que aumenta mientras el jeep se aleja de ella.  Se queda sola en el cruce, su punto de encuentro con los cooperativistas.

-Oye, ¿tienes.....?, empieza Amanda
-¿No tienes....?, le interrumpe Maritza.
-¿Un Royal?, dicen las dos al mismo tiempo.

Pero ninguna de las dos tiene Royals.  Hay un avalancha de rumores acerca de por qué ya no se encuentran en Yelapa los cigarrillos Royal, que tienen filtro, y que todos prefieren.
-Se descompuso la máquina que hace los filtros, dice Maritza.
-No hay papel de cigarrillos: el bloqueo económico, dice Amanda.

El camino a El Clavo es tremendamente malo y el pueblo de El Clavo tiene fama de tener una población que trabaja doble turno: de día con los sandinistas, de noche con los contras.  Amanda piensa en el medio hermano de Ricardo que es de El Clavo, pero ella no expresa su pensamiento.  El medio hermano también se llama Ricardo, y está recién salido de la cárcel, donde lo mandaron por sus nexos con la contra.  
El camino es todo baches. La fuerte pendiente de los verdes cerros baja agresivamente por un lado de él, y por el otro, desciende de golpe.  La hierba basta que trata de atrincherarse en los bordes inconsistentes de la vía, más los pinos ladeados, dan a esta vía un aspecto provisional.

Cuando llegan a una curva cerrada Maritza dice:
- Buen lugar para una emboscada.
Amanda siente cómo se levantan los vellos del brazo.

Cuando la camioneta levanta una espesa cortina de polvo alrededor de ellos, todos hacen un esfuerzo para ver a través de ella.  No pueden parar de buscar con la mirada algo que no soportarían ver: los contras, uniformados de azul celeste, deslizándose, resbalándose hacia ellos desde los cerros.

Maritza dice:
- Los contras estaban en El Clavo la semana pasada.  
Amanda se figura cómo sería el impacto de la granada que acostumbran aventar a un vehículo para detenerlo, luego ve en el ojo de su mente cómo bajarían de los cerros para el remate. Ella ve la sangre que sus cuerpos dejan sobre la triste carretera.

Amanda se agacha y mira dentro de la cabina.
-Entre todos no tenemos ningun arma, dice.
No sabe por qué lo dice: no quisiera tenerla ella, ni tampoco cree que les serviría.   
-Así es, dice Maritza. Llega el momento en que da flojera andarla cargando todo el tiempo.

Una sombra de suspenso que enlaza los pasajeros ha subido a bordo de la camioneta.  Las mujeres siguen paradas, cara hacia adelante, sin mover ni manos ni cabeza, como si con esto se hicieran invisibles.

Sus ojos examinan con fascinación las arrugas en el paisaje, las dobleces, la piedras, los salientes, las sombras, los árboles y arriba, arriba, hasta la cordillera más alta, coronada de pinos.

-¿Cómo lo soportas?, le pregunta Amanda.
La respuesta de Maritza es sencilla, Durante semanas ni siquiera pasa por mi mente; si no me volvería loca.  Hay tantas cosas en qué pensar ahora.  Vamos a crear una sociedad nueva en nuestro país, una sociedad jamás vista en la faz de la tierra, y eso nos da mucho en qué pensar, nos da mucho qué hacer.
-Pero Maritza, es un hecho que tú corres el riesgo de ser emboscada por la contra cada vez que sales al campo.  A eso me refiero, dice Amanda,
-Tu te refieres a la invasión de EEUUA a nuestro país a través de los contras.  Si hay una emboscada, o me matan, o me secuestran.  Yo pido a Dios que me maten, dice Maritza.

Aún cuando el tercero y último técnico haya bajado de la tina para encontrarse con los cooperativistas, la camioneta sigue de frente, rumbo a El Clavo.  
- Moncho ha de estar buscando un lugar ancho para dar vuelta, piensa Amanda.  
Los cerros están más empinados que nunca. Se palpa una asechanza.

Pasan otros quinientos metros y Amanda cree que ya no puede más, pero puede, y Maritza, también.
-Una curva más, Amanda se dice a sí misma.
Al pasar la curva, Amanda pregunta, ¿Adónde vamos?
-A El Clavo. Dicen que allá tienen Royals, contesta Maritza.  Saca de su bolsillo el billete arrugado que ha guardado para la compra de los cigarrillos.
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