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Viaje a Japón, 5
The Amuse Museum, Tokyo
Miranda Collet. 21.12.13 
The Amuse Museum, algo diferente.  ¡Vaya, un museo con vida!  Estaba a un lado del gran templo con las cenizas de Buda. Sabía que estaba cerca, me lo habían dicho en el hostal, pero no daba con este museo.
Enseñé la dirección, (que tenía escrito en japonés) a varias personas cerca del templo, y me señalaron con la mano en qué dirección debía seguir caminando. Nadie reconoció el museo por su nombre, y por lo tanto nadie me decía con seguridad dónde estaba. Lo desconocido del museo despertó mi curiosidad y mi simpatía.
Era un museo chico, con pequeños cuartos para las exposiciones. Ocupaba 6 pisos de un angosto edificio, y sólo ví a 3 personas más durante las horas que estaba felizmente viendo todo lo que había en el Amuse Museum.
Un letrero al principio de la exposición principal nos orientó: Un hombre, bueno y sabio, (que se había muerto este mismo año, 2013) había pasado muchos años de su vida coleccionando pedazos de tela y ropa provenientes de l@s campesin@s japones@s.  Estos textiles artesanales fueron elaborados en los últimos siglos, por los campesin@s mism@s.  Hasta hace poco estaban atesoradas en muchas familias japonesas, pero con la sociedad de consumo, la sociedad de prendas casi desechables, l@s japones@s las iban tirando. Y es ésto lo que rescató el hombre bueno y sabio, los iba coleccionando antes de que fueran tiradas a la basura.  
Comenzé a mirar y a tocar la ropa que estaba colgada.  Es permitido tocar, decía el letrero.
Eran camisas, pantalones y chaquetas, mantas y también montones de cuadritos cuidadosamente cortados, de tela.  Esta fue la colección.
La escasa ropa que tenían l@s campesin@s era heredada y pasaba en su larga vida de una generación a otra, siendo utilizado una camisa, digamos, durante 100 años o más.  
Prendas con parche, sobre parche, sobre parche.  Gruesas de tantos parches, calientes por tantos parches.  
Nos cuesta hoy imaginar cómo, después de una vida de una camisa de unos 150 años, la gente por fin y con dolor tomó la decisión de descartar la camisa como tal.  Pero aún entonces no la descartaron, no.  Le cortaron cualquier parte que no era gastado del todo, y con los harapos aparentemente inservibles, hicieron un relleno para un abrigo.  
Los cuadritos que se había rescatado de la camisa gastada era el tesoro de cada mujer: éstos eran los parches para remendar la ropa centenaria de la familia.  La ropa estaba tiesa con generaciones de parches de la tela  de cañamo.  Capa sobre capa de parches para abrigar a l@s campesin@s en los gélidos días del invierno japonés.  La gente que usaba esta ropa sintió conectada al pasado, y estaba físicamente conectada a sus ancestros al usar sus mantas y ropa.  Han de haber sentido una conexión reconfortante con los miembros de su familia, a l@s que se habían muerto.  Cada día, con llevar la ropa de la tartarabuela, vivían conscientes que sin los ancestros no exisitiríamos hoy.
Las ordenadas pilas de cuadritos de tela y la ropa parcheada era un tributo profundo a las mujeres.  El Amuse Museum era un lugar tan sensible, un lugar que te inspiraba y te enseñaba con ternura la vida de la gran mayoría del pueblo japonés antes de la segunda guerra mundial. Y ésto de poder tocar los objetos te conectó de manera instantánea a este lindo pueblo.
Cuando iba de salida, comenté al joven en la recepción lo mucho que me había gustado el museo.  “Pero me dio lástima que no había más gente”, le dije:
- “Sólo ví 3 personas en todo el tiempo que estuve”.
- “Es cuestión de gusto”, me contestó.
Al caminar de vuelta al hostal en Tokyo con una ampolla en el talón, quedé pensando en el museo y pensando en nuestra tragíca relación con las cosas.  Es un mundo materialista, se dice, pero en realidad no sabemos convivir y cuidar y apreciar y HACER los objetos que habitan nuestra vida.  Son ajenos a nosotr@s, van y vienen sin historia y sin conexión.  No tenemos ninguna relación con los productos que consumimos, ni con su hechura, ni con sus materiales, no cuestan más que dinero, y dudo que esta abundancia de cosas nos haga más completas, seguras, felices y conectadas a la tierra, a la Tierra.  Dicen que 90% de lo que se produce hoy día termina en la basura dentro de 6 meses.  Más tarde el hombre que cuidaba l@s cabras me iba a decir, “No sé qué tipo de animal es el ser humano. ¿Qué especie somos que no sabe ni siquiera producir su propia comida, sino que la compramos envuelta en plástico.  Será por ésto que estamos hoy día tan rar@s y sin entender ni siquiera lo más básico de la existencia.”

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