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"Más sabe el Diablo" Por Miranda Collet

Miranda Collet. 27.10.13 
CAPÍTULO V. El Aparecido Sandino
Murra, Norte de Nicaragua, 1987

-De vez en cuando las mujeres que lavan en el río hallan pepitas de oro, dice el diminuto alcalde de Murra.
Amanda salió de la boda para ver las estrellas, y se encontró con el alcalde. A cien varas de la casa nupcial están, y en la misma calle empedrada donde vive la novia. El cielo es una capa festiva adornada de estrellas. Adentro, una alegre fiesta matrimonial, en la calle, tranquilidad.
-Y hay quienes ciernen el río en busca de oro, dice el alcalde.
El oro de las estrellas que salpica el cielo brilla con una luz tenue que no alcanza el fondo del río. Pasa el agua murmurando a un lado de la calle donde están parados. La quebrada no es tan invisible ni tan negro como es el muro de empinados cerros que se levanta en un gran círculo alrededor de Murra.
El alcalde, que ha vivido aquí toda su vida, y que ve esta solemne belleza celestial cada noche, dice no cansarse nunca de este fragmento de la Tierra donde le tocó nacer.

- La fiebre de oro trajo a varios hasta aquí, dice el hombre. Y hay quienes dicen que Murra una vez fue Murray. ¿Y por qué no?, digo yo. Hay un pueblo cercano que lleva el nombre Robert, y otro que se llama California.
La voz del alcalde los acompaña en la oscuridad. Amanda escucha lo que dice con interés.
- Aquí en Murra estaba la Mina de Oro y Plata, dice él, y no muy retirado de aquí la mina de San Albino, donde trabajaba Augusto César Sandino en los años treinta; él que llegaría a ser el General de Hombres Libres del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional. Aquel hombre que logró, contra toda lógica, correr al temible marina de guerra estadounidense el primero de enero de 1933. El embajador de EEUUA, un mentado Bliss Lane, mandó matar a Sandino el 21 de febrero de 1934.

Cae un silencio entre los dos, y luego Amanda oye el seco golpe en la calle de cuarenta y cuatro herraduras que se les vienen encima. Son los caballos en que van montados Sandino y los primeros diez hombres que echaron su suerte con él. Vienen al galope, pero antes de alcanzarles, se desvían, bajando al río. Chapoteando, se meten al agua. El ruido fantasmagórico disminuye una vez que lo hayan cruzado, convirtiéndose en silencio. Sandino se aleja, apresurado en subir las cuestas para encontrar diez hombres más, y otros diez, y diez más.

- Hay una mujer anciana que en los años treinta tenía su edad, dice el alcalde. En una humilde casa vive, a dos tercias del cerro. Allá se hospedó Sandino una vez, y la mujer se enfrentó con valentía a los marines que llegaron a su casa, buscándolo.
- Aquí no está, ella les dijo.
Cuando se retiraron los marines, la mujer fue a avisar a Sandino que lo andaban buscando, pero éste ya se había marchado, y sin dejar huella.
La mujer cuenta que quedó pasmada: ¿Cómo era posible que hubiese estado tan llena de temor por un lado y tan valiente por otro? Lo más curioso fue que resultó ser cierto lo que les había dicho a los marines. De hecho no estaba Sandino. Ni nada de él, aparte del vivo recuerdo en la mente de la mujer.

Amanda no dice una palabra, sólo queda parada la lado del alcalde, escuchando su historia en la oscuridad, sin sabor hacia qué va.

- Sandino no reclutó los mineros de Murra de la noche a la mañana, sigue el alcalde. Pero aquí en Murra sucedió algo muy determinante en su futuro. Un Conservador de Jícaro, pueblo cercano, había seducido a una joven de Murra. Los mineros, incluyendo Sandino, querían matar al Conservador, y por eso viajaron a Jícaro a caballo. Dejaron a un lado su propósito al darse cuenta que el Conservador se había encerrado en una casa con su hija. Eso fue el momento en que Sandino y los mineros se dirigieron a la montaña, seguros de que la realidad merecía el cambio de todo el sistema, y no una venganza personal.
Amanda escucha.
- Los dueños de las minas eran todos extranjeros, pero fue éste, la vulnerabilidad y la inocencia de la hija, las que motivó a Sandino a emprender su batalla contra la injusticia, una batalla que duró siete años y que aún nos inspira, dice el alcalde.

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