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El término del vacuo
Por Sandra Perez Blazquez.
Cuentos y relatos globales. 20.10.13 
¡Bienvenida!. Ese es el nombre que decidí ponerle en la intimidad. Desde que la vi supe que sería bien recibida en mi vida, y así la llamaría en el subconsciente, aunque el real fuera más corto y femenino.
Eran las nueve de la mañana cuando el grupo se había completado, la mayoría asistíamos a la facultad: profesores y alumnos. El resto, al igual que mi deseo, graduados que mantenían el contacto participando en eventos que organizaba la asociación de estudiantes. En esta ocasión consistía en una excursión por el Monte Jarapalos, donde la naturaleza nos haría olvidar.
Sara hablaba con Julián, estaba interesada en formar parte del profesorado. Escribía para una revista de moda, y veía la posibilidad de llenar su tiempo libre con conocimientos que la enriqueciesen. No halagaba para llegar a sus metas, solo entablaba un diálogo con el que intentaba alcanzar unos objetivos y conseguir su finalidad. Mientras mis ojos seguían observando, mi mente más laboriosa se hacía elaborando un plan para que Bienvenida entrase en mi frívola vida, cambiando mi concepto de relación. Supongo que alguna saeta me atravesó.
Quise cerciorarme de sus tenues miradas y retrasé mis pasos hasta cambiar esa pareja en un trío, donde intentaría llevar la voz cantante. Mi compañero empezó a pensar que me había fijado en la nueva fémina, que pasaría a ser uno de mis objetivos. Gesticulé con la cabeza negando todo, leyendo su pensamiento. No era mi intención convertirla en un número, Bienvenida o Sara, como prefieran llamarla, iba a entrar en mi vida para transformarla en una más agradable, en una menos fría , en una más mundana, en una más apacible, en una más real. Siempre había conseguido la mujer que quería, y no dudaba que también formaría parte de mis conquistas, pero me preguntaba si le apetecería quedarse. Era consciente de todo, deseaba que la futura relación no fuera un pasatiempo, debía ser cauteloso, además de sacar al galán de cine que llevaba no muy escondido en mi cuerpo. Me despisté de la conversación porque no entendía como una simple imagen había creado una película en la que no veía claro el final, pero sí las escenas adecuadas, el desarrollo romántico y apasionado, muy apasionado, pues no eliminaba la sexualidad a la película, donde aparecía como productor, director y protagonista. Decidí dejar de pensar y comenzar a actuar, las primeras palabras serían importantes, no fallaría, no sería un acto estudiado sino una de mis improvisaciones, donde esperaba tener una situación de empatía con ella. Giré el cuello hacía mi izquierda, siempre a la izquierda, y comencé con la relación:

- ¡Mirad la ardilla!. Dejé unos segundo de descanso para que el sigilo fuera partícipe, y pregunté ¿Os creéis dentro del mundo animal, con religión, pero animales racionales y con instintos semejantes a muchos?. ¿O simplemente un ser superior al resto de la creación? ...Bueno dejemos los fundamentalismos y abreviemos. ¿ qué animal escogéis para identificaros?.
Quizás me situé en una de mis clases de la Universidad, me falló el galán, la excitación al tenerla cerca me traicionaba. Se cruzaron nuestras miradas y Sara afirmó:

- “ Quizás una gata persa: hermosa, cariñosa e independiente.“Terminando la frase con un gesto dulce que me derrumbó.
Quise que la charla se centrase entre los dos, me concentré y contesté rápidamente:
- “Yo sería un Tigre”: ágil, bello y fuerte…te dominaría, quizás te acecharía. Sería amo del territorio donde me encontrase.

Ese fue el inicio de todo, una conversación absurda pero con el suficiente contenido para conocer su voz, y lo que nos gustaría ser o ya éramos.
Bienvenida gozaba de juventud, rondaba los veinticinco, le quedaba mucha vida. Al concluir eso empecé a reflexionar sobre la mujer en que se convertiría, dudaba si llegaría a ser una madura y jovial, o la soledad la llevaría a tener un poco de amargura, a no disfrutar de cualquier simplicidad. A la vez recordaba mis años de mocedad, ya había pasado la cuarentena y la época de los veinte fue de las mejores. Creo que nada más verla me hizo añorar, me hizo ser más fuerte en mi virilidad y más seguro de que algo de ese chico quedaba. Entonces decidí convertirla en una nueva mujer, la haría sentirse la más guapa en cada orgasmo, la más afortunada en la convivencia: simplemente en una mujer FELIZ. Seguía sin verla como la única, pero si la que tendría la exclusividad de mi corazón. Cuanto más pensaba en todo, mi otro yo me advertía que me estaba precipitando otra vez: por un solo roce no se crea un vínculo, pero ya existía. No está bien utilizar los posesivos en una relación, pero así la veía: ¡ya era mía!. Solo tenía que concretar algunas cosas, como la forma de empezar a entablar la relación, aún quedaba trayecto.
Sara se fue apartando, mezclándose con los alumnos, desde lejos la luz amarilla de la mañana le hacía altiva, fingiendo una realidad falsa que la distinguía de los demás. Me quedé a solas con Julián y por supuesto pregunté por Bienvenida. Mi compañero la describió como una mujer un poco extraña, solitaria, culta y muy agradable. También aclaró que la veía así porque había pasado muchas desgracias en la vida y poco a poco se había hecho una coraza en la que casi nadie iba a entrar. Advirtió que no la conocía en demasía, era solo una apreciación desde la distancia. Pensaba que al no tener familia, le faltaba haber adquirido la seguridad de sentirse querida y valorada incondicionalmente, lo que la hacía vulnerable. Me explicó sus deseos de agradar siempre, no discutía por nada, solo sonreía y mantenía las distancias, evitando cualquier conflicto. No parecía tener un carácter fuerte, no era líder de nada, más bien se dejaba llevar. Creía que había pasado un tiempo perdida: muchos novios, ninguna obligación, ni ambición, pero ahora la veía más decidida y con aspiraciones que antes le faltaba, siempre pensó que era inteligente.

- ¡Te gustará! , exclamó. Pero te advierto que no es una chica fácil de trato, no es una de tus admiradoras de la Facultad.
Fijé la mirada en ella, a la que contestó con otra. Y le quise decir que todo iba a cambiar, iba a llenar su vida de tal forma que en cada caricia sentiría tanto placer y satisfacción que no necesitaría nada más. Y entonces dejé de soñar y de hablar, pasando a la acción, porque si te quedas en el análisis no sabes qué ocurrirá tras esos pensamientos.

Me acerqué, le cogí la mano apretándola suavemente por primera vez, y con esa simple caricia se erizó mi vello, podemos decir que empezó la película. La llamé por su verdadero nombre, le dije que me había enterado de sus planes de formar parte del profesorado, comunicándole mi deseo de conocer sus méritos académicos para barajar la posibilidad de ser mi adjunta. Tendríamos nuestra primera cita, sería en mi despacho donde yo podría mantener las distancias, y controlar los instintos de animal que guardo en mi apasionado cuerpo. Los restantes compañeros miraban extrañados a la vez que envidiosos, provocando lo que creo que muchas veces en su vida había producido: celos. No pensé en esa reacción, pero mis nervios por volverme a aproximar me fallaron, presentí que no se trataría del único error, aunque intentaría que todo fuese más meditado si decidía venir el Lunes, sería ese día: cuando comienza todo. Solo habría un breve descanso, unas horas para aclarar cómo debía actuar, cómo mi impulso sentimental me llevaría a tener algo diferente en mi vida, algo que me llenase el vacío que a veces sentía, colmando así otro ser, intentando que ambos llegaran a rebosar de plenitud.
Sara abrió la puerta de su casa, después del esfuerzo físico de la travesía realizada, tomó una ducha de agua caliente que la hizo sentirse aliviada de no saber qué. Se lio una toalla en el pelo empapado de una mascarilla y decidió, mientras ésta hacía efecto, escribir a una amiga. Tenía pocas, pero aún conservaba las suficientes para poder compartir los buenos momentos con alguien. Abrió el ordenador, buscó el correo, dio a nuevo, añadió como destinatario a Silvia, y comenzó a escribir.

-“¡Buenas tardes!, te escribo ahora que tengo un poco de tiempo libre para contarte que ha empezado una nueva etapa en mi vida. He ido a la excursión que te comenté, donde he conocido al profesor que siempre he admirado por sus ensayos en revistas de investigación. He actuado como si no supiera de quien se trata, de otra forma me sentiría débil a su lado. No es una atracción física, conozco su fama de mujeriego, pero sí una sensación de respeto hacia un hombre inteligente, por alguien muy superior a mí, por alguien que me podría aportar mucho en mi vida. Me ha citado mañana para tener una entrevista y conocer mis méritos profesionales, cree que hay posibilidades de trabajar con él. No es amor, es veneración, sabes lo difícil que es para mí. Quizás sea muy pretensioso mencionártelo, pero tengo la total confianza para saber que si lo intuyo es porque tengo los datos suficientes para no equivocarme, y no verlo como una posibilidad remota sino como una factible. Solo espero que me escoja, poder aprender de él todo lo que me deje y tener al menos una experiencia positiva en mi vida, una que me llene tanto que me haga posponer mi otro plan. Sigo pensando en la inseminación, sé que soy joven pero tampoco quiero ser una madre vieja, por mi experiencia en la vida me encuentro preparada para enseñar a vivir, y como el concepto de pareja en mi mente es solo transitorio, esa es la idea que creo que me hará sentir FELICIDAD, la idea que me colmará el vacío y la soledad que sabes que a veces siento, mi concepto de familia: mi bebé y yo, todo en un solo ser. Pero si se me presenta esta oportunidad puedo demorarlo una año más, aún puedo esperar y ocupar mi vida con cosas materiales que suplan lo que roza lo sobrenatural para una mujer. No te entretengo más, solo cuéntame cómo van las cosas por Madrid, si el trabajo funciona como aquí dicen, pero sobre todo cosas de ti.
Se despide una amiga que te quiere, que te echa de menos y que espera seguir teniéndote en su vida a pesar de la distancia”

Paró de escribir y dejó la mirada perdida a la vez que el tic tac del reloj la relajaba con pensamientos un poco románticos sobre un futuro prometedor. Presumía de mujer fría y calculadora, pero en su interior era una soñadora, una mujer con ilusiones que aún gozaba de juventud para pensar que todo era posible.
Llegó el temido Lunes y con él los nervios. Estaba en la sala de espera de los despachos, su pierna subía y bajaba sin detenerse. Conociendo su personalidad: no iba a seducirle, solo a mostrar sus escritos, su mayor tesoro. Pero se había puesto unos pantalones ceñidos que dibujaban su bonita silueta, una blusa con algún botón desabrochado, y el perfume que guardaba para los grandes acontecimientos: olor a madera mezclado con rosas. Era atractiva, aunque no se sacase provecho en todas las ocasiones, y esta vez se adivinaba la preocupación por su aspecto para la nueva entrevista o mejor diríamos cita. Bienvenida se estaba dejando llevar…
Salí de la guarida de mis instintos y le indiqué que pasase. Me burlé al caérsele todas las carpetas cuando se levantó, demostrando inseguridad. Ese no era un arma con la que debía jugar. Una vez dentro se calmó, utilizó su mejor dialecto, empezó la conversación demostrando una fingida firmeza dejando abierta su tesis, su mejor trabajo. Ojeé los papeles, haciendo como que estaba muy interesado, y pregunté.

- ¿ Qué quieres hacer aquí?, a lo que ella contestó
- Quiero aprender de un gran profesional, para poder enseñar todo a la mayor cantidad de alumnos posibles; una de las formas de dejar una semilla en este mundo.

Era joven para pensar en su final, pero era lista para saber qué contestar.
Había música clásica de fondo, y hubo un bello silencio con miradas añadidas que desembocó en una situación incómoda para Sara, empezó a subir y a bajar la pierna por segunda vez. Sonrió, me pareció encantadora esa forma de actuar ante mi presencia, pero a la vez sabía que debía endulzar la relación entre los dos, no quería que me viera como su jefe sino como un amigo, alguien semejante a ella con quien pudiera poco a poco compartirlo todo. La diferencia de edad sería apaciguada con un compañerismo, el físico no era desproporcionado y la admiración por una cosa u otra era mutua. Terminé con los nervios y deducciones al aceptarla como adjunta, sin ni siquiera haber visto toda su obra. Empezaría mañana mismo, no debía demorar más mi película. Ella se marchó mostrando alegría, le iban bien las cosas y aún le podían ir mejor. Soy un hombre con poder, dinero y contactos, si jugaba bien sus cartas: tendría un futuro prometedor.
Sara llegó al piso igual de alegre, puso un poco de Soul y empezó a bailar de una forma sensual, tocándose el pelo, acariciándose. Se pueden imaginar qué significaba ese comportamiento. Nunca bailaba en público, nunca luchaba por ser la más sexy de la discoteca cuando las demás se movían intentando demostrar quién era la mejor. Se mantenía al margen de esa competición pero era igual de femenina que las demás, y en la intimidad solía sacar todo lo que en público su timidez camuflaba. Se movía al ritmo de la melodía, imaginando cosas que la volvían hacer sonreír. No podemos entrar dentro de su ser para adivinar la razón de ese comportamiento, pero sí podemos intuir el motivo. Habían transcurrido meses desde la última vez que mostró sexualidad con un chico extranjero. Los solía preferir, no se quedaban, no había posibilidad de estabilidad, se marchaban y con ellos la opción de pareja que tanto la asustaba.
Mis pensamientos seguían siendo positivos sobre mi película, planeaba cómo debía demostrar que además de ser un hombre pasional, era un hombre válido para muchas cosas. Cada día le aportaría mis conocimientos, le daría clases de la vida que ningún libro le podría enseñar, y la llevaría a completarse como persona sin necesidad de ser un nosotros sino un solo yo tan vivo, tan real, tan sagaz, tan intenso que aunque se bastase sola para sobrevivir, sentiría el placer más gratificante al compartir toda su vida, por supuesto con quien la había creado.
Pasaron las semanas y tuvimos una relación totalmente profesional, nada de adulaciones ni servidumbres, solo datos intelectuales que llenasen su otro vacio. Nos íbamos entendiendo, compenetrando como personas, e incluso riendo y celebrando cuando algo salía bien. Estaba contento, mejor estábamos contentos…y deseando culminar la FELICIDAD que me había propuesto encontrar.
Llegaba la fecha, mi película no había dejado de proyectarse, y comenzó el segundo acto. Habían pasado las Navidades, no pregunté: sabía su situación personal, esas se convertirían en las últimas donde no fuera a sentir dicha. Se aproximaba Febrero, con él los Carnavales de Venecia, también el próximo estudio del antiguo comercio de seda y especias en dicha ciudad. Habría que visitarla, ya que dominaba el italiano. Miraríamos su documentación, pasearíamos por esas calles donde el sonido y olor del agua la haría relajarse de las presiones de la vida diaria. Habría que ir, y no iba a preguntar si podía o no, le daría su billete aclarando que tendría habitación individual. Y cuando llegó uno de esos Lunes, le mencioné las instrucciones con los datos del hotel, horario de vuelo, por supuesto rozándole la mano, volviéndola a apretar, transmitiendo mis mejores deseos para la nueva vida que le ofrecía. En esos meses no me había defraudado, me gustaba más como mujer: distante, inteligente, educada, ilusionada y a la vez delicada, todo lo que en un segundo me imaginé cuando la vi por primera vez. Pero había sido prudente, quería que todo fuera bello, que cuando envejeciese conmigo solo pudiera recordar historias hermosas a mi lado, que no hubiera ninguna ceniza que manchase sus recuerdos. ¡Recordad!, la película la estaba creando yo, y nada la iba a estropear.
Nos encontramos en el aeropuerto, vestía la misma ropa que en la primera imaginaria cita, poco pintada y el pelo recogido de forma informal, la hacía aún más sensual. Levantó la mano al verme, y se acercó. Yo me visioné alzando mis brazos, fundiéndome en un apasionado reencuentro. Controlé mis instintos, porque me veía más como un animal sentimentalmente, los retrasé para nuestro próximo viaje, podía esperar, llevaba toda la vida haciéndolo. Ya estaba a mi lado, se hizo un vacio agradable en el que desperté mis otros sentidos y la olí, tendría que preguntarle cuál era ese perfume, también la rocé al cogerle la maleta, y la besé, la besé de una forma dulce sin sexualidad, casi fraternal porque la iba a cuidar tanto que no me apetecía hacerla sentir incómoda. Creo que no sospechaba nada, porque estaba relajada, quizás un poco ruborizada pero conversaba sin titubeos, hacía preguntas de los planes, y quizás solo quizás no se preguntó qué haríamos tantas horas en el día, quizás solo quizás sí lo había deducido, pero no sabía adivinar su reacción, y quizás solo quizás se convirtiera en algo positivo para mí. Estaba más cerca que nunca.
Llamaron por el megáfono, nos dirigimos al embarque, no habíamos oído el primer aviso. Cogí el equipaje, comenzó el galán de cine, y mientras me subía al avión volví a meditar: hacía mucho tiempo que no me sentía tan FELIZ. Nos sentamos, y sin que se diera cuenta me tocó la pierna como señal de alegría, empezaba su gran aventura, creo que no había viajado mucho, y mi cabeza repetía:¡ debes esperar al día siguiente!. Estaríamos dos noches, la primera sola y la segunda conmigo, advirtiéndome mi posible fracaso, tenía que esperar un poco más. ¡Vamos Germán!, ¡no lo vayas a estropear!. El ser animal de mis instintos no comprendía los sacrificios de la religión, pero mi aún preciada razón frenaba lo que provocaría un mal principio.
Pusieron una película, no presté atención, prefería leer la guía que había adquirido para saber qué visitar. No soy de improvisar esas cosas, más bien estaba concretando el orden. Y de repente noté como su cuello se apoyó en el mío, respirando profundamente, a un ritmo que hacía bailar a mi corazón. Me dispuse llevar su mismo compás, contando y controlando mis sufridos sentimientos, le quité unos cabellos que le caían por la cara, y seguí ojeando sin concentrarme. Tenía una sensación positiva que no sabía cómo plasmarla en mis acciones, y otra vez concluí que debía esperar, debía esperar a que ella contase con la posibilidad de que podía ocurrir, que no fuese una sorpresa. Y faltaba poco, muy poco, creo que di unas cabezadas, me estaba agotando de tanto desear. Por fin pasó la hora esperada, con ella la azafata advirtió del aterrizaje, le sujeté la cabeza, incorporándola poco a poco, le indiqué que estábamos llegando. Se abrochó el cinturón, me echó una de sus sencillas sonrisas y miramos al frente esperando no sé qué, en silencio e inmóviles.
Cogimos un taxi y con el mismo silencio aparecimos en el hotel, solicitamos las llaves, y ahí fue cuando demostró que le faltaban experiencias fuera del hogar. Su habitación estaba dos números antes que la mía, cuando abrió la puerta tuvo que llamarme para avisar que no funcionaba la luz. Le cogí la llave de la mano, aprovechando para apretársela otra vez, aunque ella no gesticulase, como si eso no ocurriera, e introduje el plástico en el soporte para que la luz apareciese, la misma luz amarilla que me la enfocó cuando la vi por primera vez. Se avergonzó, estaba vez comencé el juego, le acaricie la cara resbalando la mano por su pelo y terminado con un nuevo apretón. Reaccionó bien, por supuesto sin ademanes, solo dio al interruptor del baño y preguntó a qué hora quedábamos en el vestíbulo, ahí le aclararía los planes. Le di una hora, suficiente para convertirse en mi diosa, por supuesto: Venus.
Me acicalé rápidamente, y me tomé un Spritz en el bar, hacía calor y quería relajarme un poco antes de verla, eran las ocho y no había tiempo para documentarnos, haría que me empezase a desear y cenaríamos de forma inusual, donde incluiría roces de manos y piernas, el comienzo de algo que aún no iba a acabar. La llevaría al Restaurante All´Angelo, pediría por ella, porque sé que cometería el error de elegir pizza o pasta, lo que tomaríamos al día siguiente por la calle. Esa noche cenaría algo típico de la ciudad como Risotto di pesce o Hígado a la Veneciana, la dejaría escoger pero limitando su paladar para que el mejor vino blanco que pidiera de la carta se mezclase con la sal de la comida, haciendo el cóctel exacto cuando la dulzura del postre terminase con el éxtasis de uno de los placeres de la vida que le estaba dispuesto a enseñar. Con el último sorbo apareció ella, se tomó familiaridad, rozó mi hombro desde la espalda para advertirme de su presencia. No me impresionó su ropa, ni su maquillaje, pero sí su expresión de relajación en el rostro. Siempre parecía estar excitada por algo, siempre estaba al acecho, y por supuesto de algo malo, como si en cualquier momento cualquier simplicidad fuera a estropearle su éxito. Pero esta vez no se vestía así, no estaba asustada, sus ojos estaban calmados, su boca se alargaba en alegría e incluso tenía un gesto que demostraba el cansancio del viaje junto al estímulo de su nueva experiencia, supongo que el encanto de la más mágica ciudad estaba haciendo el adecuado efecto. Le dije mis planes, asintió, y le advertí que no trasnocharíamos, al día siguiente tendríamos que visitar La Biblioteca Pública Pablo de Tarso y la de San Marcos, donde existían textos de importancia que nos aclararían las dudas, embelleciendo la mirada con sus dibujos y remates. Me cogió la mano para incorporarme, empezamos a andar hacia la puerta giratoria, que encuadraba muy bien con mi película. Fuimos paseando hacia el restaurante y como adiviné con anterioridad, el sonido del agua, las canciones de los gondoleros y nuestros pasos eran la banda sonora perfecta para la escena que iba a empezar: mi primera cena, no la última, el comienzo de nuestra travesía y el final del vacío de nuestras quimeras.
Nos sentamos en una mesa redonda con mantel rojo y unos farolillos que daban la luz adecuada para besarla, no era la amarilla sino una pasional como yo, pero oprimí los ojos y esperé, aún no era el momento. Pidió risotto, no le gustaban las vísceras, yo pedí el Hígado a la Veneciana, con el vino que mencioné, y pan de ajo, no la iba a besar… Se convirtió una velada tranquila donde las improvisaciones fueron continuas, donde brindábamos por todo y donde el gozo surgía sin necesidad de ninguna broma: otro momento de FELICIDAD, el principio adecuado. Pidió postre de chocolate, y yo un café, quería estar despierto para no perderme ni una sola de sus expresiones de bienestar.
Cuando ambas servilletas se posaron en la mesa, nos incorporamos a la vez dirección al hotel por el mismo camino, esta vez observando los puestos de artículos de regalo que había por las aceras, divirtiéndonos los empujones de los disfraces de los vecinos, y entonces hizo algo que me agradó: compró tres máscaras, tres tazas con dibujos del lugar y tres figuritas de cristal de Murano. Pregunté por qué tres de cada, lo aclaró especificando que era el número de la total compañía. Siempre compraba tres cosas de todo, incluso sus muebles tenían tres cajones, dejando dos vacios… ella sabría el motivo.
Subimos al ascensor, estábamos cansados, casi no hablábamos, y me despedí con un beso casi en el cuello mientras le volvía a apretar la mano, ya casi un ritual. Entró en su habitación, supo encender esa luz, y una vez dentro frente al espejo se miró, en ese preciso momento decidió no hacer las cosas para agradar a los demás, cometería errores y su única finalidad sería complacerse. Estaba agotada, pero sus sentimientos más despiertos que nunca, y con las emociones que se habían producido, se dio cuenta que jamás volvería a dejar que las reacciones ajenas fueran a dominar su comportamiento, ella iba a ser lo primero y lo último. Según me contó en el futuro, fue la primera noche que sintió eso: LA FELICIDAD. Pensando se acurrucó con la almohada dejando la ventana abierta, así la brisa y la luz amarilla de ese nuevo sol la despertaría, no iba a poner alarma, iba a descansar hasta que su cuerpo dijera basta, ya no necesitaba más.
Dormimos los dos, porque la sentía cerca, solo a dos puertas y un pequeño camino para decidir si todo empezaba. Comencé a dar vueltas en la cama, a percibir su olor, a reconstruir uno a uno los movimientos que habían desde que la besaba hasta que le apretaba la mano, me encontraba demasiado cerca de ella y eso me excitaba. Me incorporé, me volvía a ahogar, me puse un pantalón de lino y una camiseta, que me daban un aspecto juvenil, y en solo un segundo me encontré delante de su puerta. Llamé con un golpe que pedía auxilio para frenar el deseo que sentía. Abrió, la besé, la apreté fuerte entre mis brazos y la llevé a la cama con solo un paso. No la dejaba resistirse, ni pensar, ni actuar, salió el animal. No era el comportamiento meditado pero era el mío: apasionado, impulsivo, dominante…se tendría que acostumbrar. Le hice el amor con cada caricia, quizás un poco agresivas pero la pasión hacía que no controlase bien mis fuerzas, y cuando le agarré la cabeza para poder llegar hasta su pecho, empezó a participar. Ya no se resistía, incluso sentí un abrazo, y en ese mismo instante entré en ella de una forma intuitiva sin tener que esforzarme. Ya dentro supe que no saldría jamás. Sentí calor y temblor en mi cuerpo, junto al amor en mi corazón, nunca antes. Colaboró en los movimientos, los dos nos compenetramos como si de dos antiguos amantes se tratase, no necesitábamos grandes aullidos para saber que el placer se había colmado, y en un movimiento pausado supe que había pertenecido a ella, había creado el final y el principio a la vez.
Me quedé tumbado encima segundos, llegué a contar ocho, y se deshizo de mí dándome la espalda. Me dolió, casi grito del dolor. La acaricié el pelo y lloró…No sabía qué hacer, ni qué decir, porque para mí todo había sido perfecto. Empecé a dudar, quizás mis instintos me habían llevado al error más grande de mi vida. La quería, lo sabía, no había sido un capricho, y mi película, mejor la escena, no parecía la adecuada, pero estaba harto de tanto planear, necesitaba amar. Concluí que había sido egoísta, había hecho lo que le apetecía a mi deseo, sin saber o adivinar qué era lo que anhelaba, y así hacer que esa triste mujer se convirtiera en lo que ansiaba. Dejé de ser un ser racional, provocando mi mayor equivocación al dejar marchar al entendimiento. Paré las caricias, los besos, de amar, y me incorporé poniéndome solo los pantalones, cogiendo la camiseta, marchándome avergonzado, no había reaccionado como esperaba. Cerré la puerta, no la oía llorar, pero tampoco respirar. Cegué los ojos, y me hice tan pequeño que no me veían por los pasillos.
Me eché sobre la cama durante unos ochenta minutos, me duché cuando llegó la hora y bajé cerca de la puerta giratoria, para que en una de esos movimientos volasen mis actos. Esperé, medité, hasta recé pero nadie salió del ascensor. Al pasar una hora pregunté, efectivamente: el regreso lo haría solo.
Llegó de nuevo el comienzo de algo: el esperanzador Lunes, la nueva oportunidad, pero no fue así: el vacio me volvió a invadir, y también el remordimiento al haber creado otro molesto recuerdo en la vida de Bienvenida, porque así la seguía llamando. No perdía la NUEVA ESPERANZA de volver a cruzarme con ella en alguna escalera, y empezar la segunda parte de mi película, donde pudiera arreglar lo que había roto por unos segundos de excitación.
Pasaron meses, y uno de esos mencionados días tuve otro de mis impulsos: miré su dirección en el archivo, me dispuse a controlar sus movimientos para provocar un nuevo comienzo. No me daba por vencido, incluso en su ausencia mi vida estaba llena de ilusión por volverla a ver. Haría una segunda y última parte, era la continuación de un pequeño error que se olvidaría con otros actos. No lo demoré más, me fui frente a su casa y observé, observé cada abrir y cerrar del portal, donde mi cuerpo volvía a temblar recordando su femenino cuerpo bajo el mío. Y apareció el final del sufrimiento, cuando esa luz amarilla de la mañana me descubrió que mi nocturna improvisación había producido el fruto más hermoso y deseado de su vida. Mi dulce obsesión ya era parte de mi existencia, al advertir como su soledad terminaba en cuestión aproximada de seis meses. Mi película continuaba con una nueva escena: conquistando a la maga que había trucado mi alma, y educando a quien sería mi otro yo.
Terminé el acto poniéndome frente a ella, mirando sus melancólicos ojos que ahora brillaban, apretándole la mano, como siempre hacía, y Sara, Mi Bienvenida, mientras se acariciaba su vientre. Todos esos gestos se mezclaban a la vez que nuestras mentes festejaban EL TÉRMINO DEL VACUO, el final de unas vidas y el principio de otras, donde mi salvaje pasión dejó a la naturaleza salvar lo que hoy vemos como la más preciada equivocación.

Sandra Perez Blazquez
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